En Washington, el adversario estratégico puede convertirse en invitado de honor sin que nadie tenga que explicar demasiado la contradicción.
La visita del presidente chino a la Casa Blanca, la primera en más de una década, dejó una imagen cuidadosamente construida: dos potencias capaces de sentarse juntas después de amenazarse económica y políticamente.
Las cifras ayudan a entender por qué siguen conversando. El intercambio de bienes y servicios entre China y Estados Unidos sumó cerca de medio billón de dólares en 2025 y los resultados anunciados de esta reunión muestran la escala real del acercamiento.
La tregua comercial se extendió dos meses, hasta enero de 2027, y ambos países plantearon reducciones arancelarias sobre mercancías por unos 60 mil millones de dólares. Conviene leer el anuncio correctamente: se trata del valor de los productos cubiertos, no de impuestos perdonados por ese monto. La diferencia puede parecer contable, pero, en dinero contante y sonante, es abismal.
China también se comprometió a importar al menos diez millones de toneladas de carbón estadunidense en 2027. El pacto ofrece a Donald Trump una imagen de recuperación industrial y apertura a los mercados chinos. Por su parte, a Pekín le ofrece una concesión comercial concreta. Las grandes rivalidades admiten transacciones bastante terrenales: mientras se discute quién dominará el futuro con inteligencia artificial, todavía hay carbón que vender y sueldos que pagar.
En materia de inteligencia artificial, ambos gobiernos acordaron establecer un canal para atender incidentes relacionados con esta tecnología y avanzar en comunicaciones para gestionar crisis militares. Competir por desarrollar sistemas cada vez más poderosos obliga también a conversar sobre sus riesgos. La carrera puede beneficiar a quien llegue primero; un accidente grave podría perjudicar a todos.
Taiwán sigue siendo el límite más delicado. Xi Jinping insistió en que Washington se oponga a su independencia y reclamó frenar las ventas de armas a la isla. Ahí, desafortunadamente, las diferencias no se resuelven comprando más mercancías ni ofreciendo cenas suntuosas; el resultado es de pronóstico reservado.
Para México, la lectura merece cuidado. Parte del atractivo de trasladar producción hacia nuestro país descansa en la búsqueda de alternativas a China. Una distensión entre Washington y Pekín podría reducir esa urgencia. Sería imprudente construir nuestra estrategia industrial esperando que los otros dos se peleen de manera permanente. Que las dos potencias tengan sus diferencias ayuda, pero para que la inversión caiga aquí necesitamos electricidad confiable, seguridad, infraestructura y certeza jurídica: razones para invertir aquí que sobrevivan al siguiente apretón de manos o fruncimiento de cejas.
La visita permite una interpretación menos espectacular que las fotografías, pero más útil: las dos potencias buscan administrar una rivalidad que resulta demasiado costosa para dejarla sin comunicación. Habrá acuerdos parciales, nuevas amenazas y otras cenas. Para quienes invierten, producen o comercian, lo decisivo será distinguir los compromisos reales y ejecutables de lo que es pura escenografía.
El mundo puede agradecer que sigan hablando. México debería aprovechar ese tiempo para hacer su tarea y mantenerse como una alternativa atractiva. En Washington, los manteles se cambian en minutos y el mejor amigo puede cambiar de un día para otro. Nuestra competitividad requiere algo más que ser espectadores de la relación de terceros.
Pa’l gordito… en CDMX hay que ir al Suntory y pedir los espárragos con carne de res, unas almejas a la mantequilla y unos tacos Checa estilo Suntory.
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