Fender

La primera vez que escuché que, de niños, a muchos de mis amigos los habían llevado de paseo, con su primaria, a observar cómo fabricaban Gansitos y otros productos, sentí que mi infancia no había sido completa. A mí nunca me llevaron, supongo que mi primaria de ...

La primera vez que escuché que, de niños, a muchos de mis amigos los habían llevado de paseo, con su primaria, a observar cómo fabricaban Gansitos y otros productos, sentí que mi infancia no había sido completa. A mí nunca me llevaron, supongo que mi primaria de gobierno no alcanzaba esos grandes lujos. Algunos habían ido a ver cómo hacían los Doritos, a otros los habían llevado hasta Puebla a ver cómo se hacían los Vochos. Y yo: nada. Para cuando me enteré que ésta era una práctica común en algunas escuelas primarias de paga, yo ya estaba grande. Aun así les preguntaba cómo los habían llevado ahí, cómo era que se hacían esos y otros pastelitos, que habían comido. La mayoría no se recordaba bien, era una más de las tantas experiencias que habían vivido (Disneylandia, Sea World), no algo que fuera extraordinario. Como yo nunca fui a ninguno de los lugares antes mencionados, creo que para mí hubiera sido emocionante observar cómo se fabricaban las golosinas a las cuales era adepto. Veía mis Chocorroles y los deconstruía, los desenrrollaba para imaginarme una máquina, un robot, poniéndoles mermelada, cubriéndolos de chocolate y enrrollándolos para que tomaran su forma final, esa que les da el nombre. Hace años que no me como ninguno de esos pastelillos, pero sé que ya no saben tan rico como antes, aunque el fabricante me diga lo contrario. Mejor así: no quiero ganar el peso que ya perdí en estos últimos meses.

De esa experiencia que no viví, me hubiera gustado observar el proceso. Me fascina saber cómo algo fue construido, cómo es ensamblado. Estudié Diseño Industrial, pero no lo ejerzo. Soy un DI de clóset. Así que cuando por medio de Meme, tecladista de mi banda, llegó la invitación a que visitáramos la fábrica de guitarras Fender en Ensenada, sentí como si la vida me retribuyera con aquello que alguna vez me negó.

Aprovechamos que ese día, viernes, tocaríamos por la noche en Tijuana, en una de las fechas de Rockampeonato 2012. Emmanuel rentó un coche en el aeropuerto y junto con Luis Ledezma Children, salimos a carretera para después de, más o menos dos horas, estar a las puertas de una de las pocas fábricas que hay en el mundo de guitarras Fender.

No sé cómo transmitir las sensación que tuve al ver alineados cientos de cuerpos sólidos, de madera sin lijar ni barnizar, con la forma de mi amada Stratocaster. Allí estaba también la Telecaster, pura madera que después pasaría por diferentes procesos de lijado, laqueado, pulido, etc, etc. Nos llevaban de la mano, (bueno, no tanto) como niños en feria o más parecido: como niño en fábrica de Gansitos. Meme, Children y yo exclamábamos de asombro ante cualquier nueva sección que nos presentaban: los cuartos donde secaban la madera, en donde unían cuerpo y brazo, los cubículos donde las probaban. Suspiramos ante colores que nunca habíamos visto, modelos de guitarras que añorábamos, pastillas que quisiéramos sacarles sonidos nuevos.

Una parte de la fábrica parece sólo eso, una fábrica. Los trabajadores lijan y pulen como si estuvieran haciendo cualquier otro producto, pero poco a poco, conforme lo que va saliendo de la línea de producción va teniendo forma de instrumento, la cosa se va especializando, hasta el punto en que músicos hechos y derechos prueban las guitarras amorosamente. ¿Amorosamente?, supongo que eso ya fue mío, lo que yo haría en una situación así, pero no dudo que este sentimiento también surja de éstos a quienes no quiero llamar meros fabricantes.

Poco a poco los cientos de trabajadores nos comenzaron a ver y a pedirnos fotos, y uno de los músicos que probaba y checaba una guitarra, comenzó a tocar La Ingrata a modo de saludo.

Supongo que a los niños que visitan fábricas los atiborran de pastelitos. Aunque nos hicieron regalos (¡gracias!), no salimos de ahí con guitarras, aunque yo me hubiera podido llevar por lo menos tres que me encantaron. Para que Fender te regale guitarras tienes que pasar a otro nivel, en donde se firman acuerdos y demás trámites. Por lo pronto fui partícipe con mis compañeros de un recorrido que muchos músicos quisieran hacer.

Ahora, cada vez que toco mi Stratocaster en el escenario percibo el proceso, las piezas separadas y unidas por manos humanas. No doy por sentado el objeto, y siento que gracias a eso, suena mejor.

Hay quien dice que si quieres dejar de comer salchichas visites la fábrica en donde las hacen. A mí me pasó el efecto contrario: ahora me siento más unido a mis guitarras.

Temas: