El lince

Los acorazados de bolsillo se convirtieronen una verdadera pesadilla marítima.

En los años 30, la superioridad bélica alemana en todas las armas, pero en particular sobre los siete mares, era incontestable. El tratado de Versalles les prohibía construir naves de gran calado, así que tuvieron que ingeniárselas para botar navíos poderosos que no infringieran las disposiciones. Fue así que nacieron los cruceros pesados clase Deutschland, más conocidos como “acorazados de bolsillo”. A pesar de la denominación, se trataba de buques ligeros, con gran maniobrabilidad y potencia de fuego.

Los acorazados de bolsillo se convirtieron en una verdadera pesadilla marítima. Aparecían por todos lados y hundían cuanto objeto navegara. Atacaban tanto navíos de guerra como mercantes, aunque tenían órdenes expresas de evitar, hasta donde fuera posible, enfrentarse con fuerzas enemigas.

En enero de 1936 en los astilleros de Reichsmarinewerft de Wilhelmshaven, el acorazado de bolsillo Graf Spee, bautizado en honor al almirante homónimo que había muerto en la derrota de su flota en la Batalla de las Malvinas en 1914. Al frente del flamante juguete nombraron al joven capitán Hans Langsdorff.

Estaba claro que la guerra estallaría en cualquier momento. Al menos Hitler lo tenía claro. Ante el peligro ingente que representaba la Alemania artillada, en cuanto ésta ocupó militarmente el Corredor de Dansk —Danzig para los alemanes— con tal de conectar Königsberg al Reich, el Reino Unido, el 1° de septiembre de 1939, en una decisión controvertida, declara la guerra a Alemania. Había llegado la hora de actuar del Graf Spee.

Desde días antes, los marinos, que ya se encontraban acuartelados, en estado de alerta, recibieron la orden de embarcar; sintieron la piel erizarse. El 21 de agosto debió zarpar. Las novias y esposas acudieron al muelle para mirar aunque fuera de lejos a sus jóvenes amados. Más de una sospechó que no los volverían a ver. Los últimos en embarcar fueron los oficiales. Y al final el capitán Langsdorff.

Se formaron todos sobre cubierta, haciendo el saludo militar nazi, mientras se izaba la bandera de Alemania con la cruz gamada en el centro, las máquinas del elegante y atemorizante acorazado aceleraban su cadencia mientras la banda entonaba el Deutsche Über Alle. Las amarras fueron soltadas, el navío giró lentamente a estribor, separándose del muelle; la tripulación, después de agitar sus manos en última despedida a los suyos, ocupó sus puestos. Los motores rugieron al máximo, y la silueta casi invisible del Graf Spee salió del puerto y enfiló rápidamente mar adentro. Muchas de las mujeres permanecieron ahí, tratando inútilmente de vislumbrarlo hasta el último momento. Otras se habían ido retirando, los ojos bañados en lágrimas.

Su misión, como la de los otros de su clase, fue la de convertirse en un “barco corsario”, que dificultara el comercio británico y, de ser posible, lo impidiera. La zona que se le asignó fue el Atlántico del Sur. Sin embargo, su trayectoria inicial fue una gran parábola hacia el norte con tal de evitar las aguas controladas por la home fleet británica.

Rápidamente se encontraron frente a las costas de Brasil, donde dieron con su primera víctima, el carguero británico Clement, de cinco mil toneladas de desplazamiento. Siguiendo la costumbre que mantendría hasta el final, el capitán Langsdorff ordenó abordarlo, inspeccionarlo y disponer que todos los marinos del Clement abandonaran el barco y ocuparan los botes salvavidas. Como no había lugar para todos, hizo subir al Graf Spee a los restantes. Acto seguido torpedeó y hundió al mercante.

Cuando los marineros llegaron a tierra firme, contaron que un “barco fantasma” alemán los había atacado. Que no lo vieron llegar ni desaparecer. El primer asombrado fue el almirantazgo británico, al que la acción tomó completamente por sorpresa. Se iniciaba la leyenda de los “ataques relámpago”, dignos de un auténtico lince.

En su periplo el Graf Spee hundió ocho naves más, sin causar una sola víctima. A principios de diciembre el telegrafista del Doric Star logró transmitir las coordenadas de su encuentro con el acorazado alemán, minutos antes de ser evacuado y de que su barco fuera hundido. Esa fue la perdición del lince germano.

Localizado, fue acosado y bombardeado por una numerosa flota británica que le infligió graves daños y mató a 38 marineros. Logró refugiarse en Uruguay, país neutral, pero el gobierno oriental le dio sólo tres días para abandonar el puerto, y le negó cualquier reavituallamiento. Los marinos muertos fueron enterrados en Montevideo, y al cortejo asistieron los marineros de los barcos hundidos y que habían sido llevados a bordo del Graf Spee, como señal de agradecimiento por el trato que habían recibido.

Afuera lo esperaba amenazante la flota inglesa reforzada. Ante la imposibilidad de presentar batalla y ante la orden perentoria de Berlín en el sentido de no permitir que el enemigo capturara el barco, el capitán ordenó llevar su buque hasta el centro del Río de la Plata y en secreto, de noche, evacuarlo.

En la madrugada la multitud que se había agolpado en ambas orillas de la desembocadura, con cámaras y largavistas, para presenciar en vivo la gran batalla, se quedaron con un palmo de narices, pues poco después del amanecer del 18 de diciembre, el Graf Spee, el lince de los mares, voló por los aires, gracias a las cargas que los marinos habían depositado antes de abandonarlo. Todo el mundo salió ileso.

Tres días después, Hans Kangsdorff, kapitän zur see, escribió el siguiente mensaje al embajador alemán: “Me enfrento a mi destino conservando mi fe intacta en la causa y el porvenir de mi Patria y de mi Führer. Dirijo esta carta a Vuestra Excelencia en la calma de la tarde, después de haber reflexionado tranquilamente, para que usted pueda informar a mis superiores y, si es necesario, desmentir los rumores públicos. Capitán de navío Langsdorff Comandante del acorazado Admiral Graf Spee.

Acto seguido se envolvió en la bandera alemana y se disparó un tiro en la sien.

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