Ricardo Legorreta

“La vida privada de belleza no merece llamarse humana”, Luis Barragán, 1980. La arquitectura es la reina de las artes. Sólo ella puede convocar en forma magistral a las otras manifestaciones del quehacer artístico: pintura, escultura, ...

        “La vida privada de belleza no merece

        llamarse humana”, Luis Barragán, 1980.

La arquitectura es la reina de las artes. Sólo ella puede convocar en forma magistral a las otras manifestaciones del quehacer artístico: pintura, escultura, paisajismo y al mismo tiempo ser casa de la música, del cine y de la gama completa de las artes visuales y plásticas.

Escritores y poetas contemporáneos escriben en espacios arquitectónicos que los comunican o los aíslan del mundanal ruido. Somos, desde el predominio de lo urbano hace ya varios siglos, una sociedad en la arquitectura, una sociedad en comunión con lo bello y lo horrible que organiza o desorganiza los espacios que son nuestra referencia. No hay arte más íntimo para el especialista o para el lego que la arquitectura y su intervención en el diseño urbano, en el muro que nos protege del exterior o el cristal que nos une con la calle y el caos de la ciudad al tiempo que nos separa a voluntad. En los muros de una casa, bajo los techos que son piso de los vecinos, techos de concreto o techos voladores como los de lámina, asegurados por piedras redondas de río, hacemos nuestra vida: amamos, crecemos, ansiamos salir, regresar. Nuestra memoria es también arquitectura. Es más fácil recordar aquello que asociamos a un espacio, a un ambiente, a una forma en cómo la luz daba vida a un muro.

La obra de Ricardo Legorreta es un legado de gran belleza y de vigor cultural de la arquitectura mexicana. Tuve el privilegio de conocer al arquitecto Legorreta en Brasil y de apreciar nuevamente la obra de Oscar Niemeyer en Brasilia a través de sus ojos. Los espacios delicados, blancos, leves y predominantemente curvos de Niemeyer, logrados a través del uso de muros que aparentan ligereza y vocación por lo aéreo, contrastan con la arquitectura de muros gruesos, térreos, firmemente implantados en el suelo, con grandes líneas rectas y de colores vivos, de la arquitectura mexicana de Legorreta. Recuerdo su deleite al conocer al edificio del ministerio de Relaciones Exteriores, Itamaraty, en especial el patio interior de la planta superior, embellecido con esculturas modernistas, algunos ángeles coloniales y un ingenioso sistema de drenaje pluvial que permite que funcione como espacio semiabierto.

Legorreta conocía bien la obra del gran arquitecto carioca porque formó parte del jurado internacional del Premio Pritzker que en 1988 recomendó otorgar ese galardón a Niemeyer.

Después pude ser testigo ocasional pero privilegiado del proceso intelectual que permitió el diseño y posterior construcción de un casco de hacienda en Matao, en el estado de Sao Paulo, estimulado por el extraordinario gusto de la familia que lo buscó. La hacienda reúne una suma fértil del estilo de Legorreta, sus líneas rectas, corredores con celosías que crean juegos de luces y muros de colores contrastantes al tiempo que no es una obra mexicana trasplantada a Sao Paulo sino un espacio de gran belleza plenamente integrado al paisaje local. La decoración interior aprovecha la gran tradición de diseño moderno brasileño y de arte contemporáneo. Aproximadamente en 2005, varios integrantes del jurado del Premio Pritzker visitaron Brasil para conocer las obras del arquitecto, seguramente como parte de una evaluación que ahora, con la partida de Legorreta, ha quedado sin resolver.  

Independientemente de los reconocimientos oficiales tanto en México como en el extranjero, el mayor reconocimiento proviene del estremecimiento que se experimenta al conocer alguna de sus obras de Legorreta: el primer Camino Real, con el prodigioso despliegue de arte y paisaje que reunió, el Museo MARCO de Monterrey y la reinterpretación radical del patio colonial y el chorro de agua tan de Barragán, la biblioteca de la Universidad Autónoma de Nuevo León y sus espacios casi conventuales, la EGADE y la EGAP también en Monterrey, la hermosa plaza del nuevo edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, por no hablar de la obra en Santa Fe, Nuevo México, en Los Ángeles y en Arizona.

Ricardo Legorreta, un hombre generoso y bueno, construía con la convicción de que la belleza es tan necesaria como el pan de cada día. Su obra que embellece muchas de nuestras ciudades es un legado que hace su partida menos dolorosa pues es una presencia que inspira, enamora y embruja. Que en paz descanse. Nos vemos en Twitter: ceciliasotog

        *Analista política

            ceciliasotog@gmail.com

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