9/11: Una fecha que nos cambió la vida

A la locura de Bin Laden hay que sumar la incompetencia de Bush, que amplificó para todo el mundo, las consecuenciasde ese día.

Era el 11 de septiembre de 2001, a mediodía y cuando se dio la noticia un grito estremeció las gargantas mayoritariamente masculinas. Era un evento en Sao Paulo, organizado por la Confederación Nacional de Industrias (CNI). Gilberto Dupas (qepd), académico de la Universidad de Sao Paulo, anunciaba que el PIB de México había superado al de Brasil. Consternación en la audiencia. Profundamente crítico del TLCAN, Dupas mencionó la prueba última de la americanización culpable del país al que yo representaba como embajadora: en un encuentro con una colega mexicana en Londres, ésta se había empeñado en pagar la cuenta. En mi mente se formaban los temas para rebatir a Dupas, desde los económicos hasta mi promesa de siempre dejar que los hombres pagaran la cuenta, cuando toda la agenda pareció esfumarse: uno de los organizadores interrumpió la sesión,  anunció que había habido un atentado en Nueva York al parecer con miles de muertos. Pero no era posible captar la dimensión del hecho que pondría esa fecha en el calendario de la historia  sino hasta con el paso de las horas. Seguimos con la agenda hasta que CNN se convirtió en el principal orador.

Nadie entendió bien a bien de qué se trataba ni cuando en la televisión vimos una y otra vez, obsesivamente, el derrumbe de las dos torres. Con el atentado a la segunda torre se desvaneció la esperanza de que hubiera sido un accidente y se multiplicaron las peores expectativas. Según CNN había en los cielos de Estados Unidos varios aviones  fuera de ruta. Llegó entonces la noticia del que se estrelló contra el Pentágono y después la del sacrificio de los pasajeros que impidieron que un cuarto avión se estrellase quizá contra el Capitolio o la Casa Blanca. Durante horas se esperaron nuevos ataques pues la información que venía de los controladores de vuelos era caótica.

Al día siguiente, en el vuelo de regreso a Brasilia, la sobrecargo dejaba abierta la puerta de acceso a los pilotos por varios minutos. Qué contraste con lo que seguramente pasó en cada uno de esos cuatro aviones que sirvieron de armas de destrucción masiva. Imposible dejar de intentar imaginar la angustia de los pasajeros, el desconcierto de las personas que trabajaban en el World Trade Center: las que lograron salvarse, las que prefirieron saltar al vacío, las que captaron que no habría salida para ellas. Por favor, que los terroristas no hubieran entrado por México, fue la plegaria silenciosa que elevamos muchos diplomáticos mexicanos, creyentes o no.

Semanas después, conforme fluía la información y se identificó a Osama Bin Laden como el artífice del atentado, el punto en el que Brasil, Argentina y Paraguay se reúnen en la llamada Triple Frontera se convirtió en motivo de escrutinio y vigilancia. Se descubrió que años antes, Osama Bin Laden vivió algunos meses en Foz de Iguazú, parte de la triple frontera, aparentemente en una misión religiosa o de petición de fondos entre la rica comunidad árabe que vive en Brasil. La Triple Frontera y el desorden que privaba especialmente en el lado paraguayo, con la proliferación de contrabando de todo tipo, volvió una y otra vez a las primeras planas de la prensa brasileña.

Aunque la consecuencia directa del 9/11 para una embajada como la mexicana en Brasil parecía reducirse a un mayor rigor en la tramitación de visas, en realidad el mundo había cambiado y para peor. Menos de un mes después del atentado, el 7 de octubre, se inició la invasión aliada a Afganistán. De ahí en adelante, Afganistán y luego Irak, serían noticias tan importantes que seguíamos al detalle hasta llegar al no respaldo mexicano a la invasión a Irak, que Borgues o no Borgues, le debemos a Vicente Fox, a su canciller de entonces, Jorge Castañeda, y a su embajador en la ONU, Adolfo Aguilar Zinser (qepd).

Es probable que la crisis económica que tiene atenazada a la economía de nuestro vecino —y que tanto daño le ha hecho a México— tenga como una de sus causas, no sólo el dogma antirregulatorio de Alan Greenspan, sino los costos de las guerras en Afganistán e Irak, costos calculados por el premio Nobel J. Stiglitz en por lo menos 3 billones de dólares. A la locura de Osama Bin Laden hay que sumar la incompetencia del gobierno de George W. Bush, que amplificó y para todo el mundo, las consecuencias del 11 de septiembre de 2001. Nos vemos en Twitter @ceciliasotog.

        *Analista política

            ceciliasotog@gmail.com

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