¿Entre la ludopatía y el terror?

Desde hace tiempo la bandera nacional tendría que haberse mantenido a media asta.

El atentado terrorista en Monterrey nos dejó atónitos. La conmoción internacional por el aberrante suceso indica que la globalización del crimen organizado ha instalado a México en el catálogo de zonas altamente peligrosas. Es tremenda la ubicación de Monterrey, Nuevo León, en ese bloque de “ciudades prohibidas” localizadas en los estados fronterizos:  Chihuahua y Tamaulipas. En otras latitudes, Morelia Michoacán; Cuernavaca, Morelos; Acapulco, Guerrero, entre otras ciudades  que se han vuelto temporalmente “no recomendables” para cualquiera que no tenga una poderosa razón para visitarlas, ciudades de las que emigran familias enteras por la zozobra.

Monterrey y su empuje se ha trocado en destino de atentados cada vez más ostentosos y trágicos, plaza subvertida a la violencia y sus espeluznantes efectos, la involución de la calidad de vida es impactante.

Resulta difícil concebir  que hace unos años “la Sultana del Norte” era el referente del progreso industrioso del país, el emporio que transformó el semidesierto en un vergel de oportunidades económicas: magneto de los negocios, urbe fenicia que a la vez proyectaba vigorosa vocación cultural, comercial y educativa  con base en el esfuerzo laboral y la tenacidad empresarial de sus moradores.

El cobarde ataque  revela otro rasgo de la precariedad pública de nuestros tiempos, la creciente adicción social a los juegos de casino refleja que esos giros han proliferado como “antídotos” a la frustración existencial que afecta a capas importantes de la población “económicamente activa” en la era del desempleo masivo y los riesgos añadidos de la modernidad.

Por la inseguridad humana se llega a la ludopatía y de ella al peligro inminente de perderlo todo e incursionar por desesperación en las cadenas progresivas de la delincuencia menor que tarde o temprano se torna mayor. Acaso los sociólogos puedan explicar el lado lamentable de este nuevo comportamiento social y si fue un acierto la apertura a los establecimientos de apuesta a los que por alguna razón se les conoce coloquialmente como “giros calientes” .

Por lo pronto, las reacciones oficiales  han sido atajadas por la crítica mordaz. Al gobierno local se le imputa la tentación huidiza de situar la causa de la tragedia en la negligencia permisiva de los giros de juego de apuestas (casinos) y al gobierno federal lo acusan de parecer mustio por decretar tres días de luto nacional cuando respecto de otros lamentables acontecimientos no se hizo lo propio. Algunos dicen que, en congruencia, desde hace tiempo la bandera nacional tendría que haberse mantenido a media asta.

*Especialista en derechos humanos

fjacuqa@hotmail.com

En Twitter @f_javier_acuna

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