Ruiseñor

Reír llorando, un poema que me impresionó de manera singular en la secundaria.

En los lejanos tiempos de mi secundaria, cuando un poema me impresionó de manera singular. Reír llorando. El nombre quizá lo confunda, leído lector, pero si le digo que es aquel que platica la situación de Garrick, actor de la Inglaterra.., es probable que acuda de inmediato a su mente. Garrick, el payaso triste, figura patética y desconcertante.

Con ella, el poeta Juan de Dios Peza se adelanta tres cuartos de siglo a las Noches de Circo, de Bergman; y a Los payasos, de Fellini. Peza fue, a justo título, un poeta. Un poeta mexicano de la segunda mitad del XIX, romántico, realista e ingenuo, normalmente considerado un escritor malo, “fácil”. Calificativos injustos a más no poder. “Fáciles”. Cercano, literaria y personalmente, a Bécquer, Campoamor y Acuña.

Para zanjar pronto, cuando otros más acá, alambicados y diagonales, se habrán podrido, embalados en bodegas, desvanes y traspatios, Garrick seguirá siendo recordado. No por fácil, sino por difícil.

Permítame recordarle, permisivo lector, las estrofas centrales de Reír llorando. La tipografía de mi columna no admite el formato poético. Ya lo he hecho en alguna otra ocasión, pero en este caso no es indispensable y prefiero no poner en aprietos a mis amigos editores y a los diseñadores. Así entonces, después de empezar y antes de terminar, Peza nos dice:

“Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: sufro —le dijo—, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío. Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte; en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única pasión la de la muerte.

“-Viajad y os distraeréis. -¡Tanto he viajado! -Las lecturas buscad. -¡Tanto he leído! -Que os ame una mujer. -¡Si soy amado! -Un título adquirid. -¡Noble he nacido! -¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas. -¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho! -¿Qué tenéis de familia? -Mis tristezas. -¿Vais a los cementerios? -Mucho... mucho.

“-De vuestra vida actual ¿tenéis testigos? -Sí, mas no dejo que me impongan yugos: yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos, mis verdugos.”

Bello en verdad. No le costará, dilecto lector, encontrar el poema completo, ya sea en su biblioteca de papel o en la de megas. Hay quien escribe “Garrick”, con ka, y quien prescinde de ella. No se deje sorprender. Da igual. Quién sabe cómo lo escribió Juan de Dios. Sólo Ídem sabe.

De todos modos, cuando llegue el momento en el que Garrick pronuncia su propio nombre, Garrick, interrumpa la lectura. El resto, la moraleja, no vale nada. Moralina pura. Juan podía muy bien habérsela y habérnosla ahorrado. Echa a perder el magnífico episodio anterior. Es como explicar un chiste, digamos. Broma explicada, broma arruinada.

En todo caso, al menos el nombre, no sé el personaje, está tomado de un célebre cómico y dramaturgo inglés real (real en el sentido de verdadero) del siglo XVIII, David Garrick, que jugó un rol fundamental en la evolución de la comedia inglesa —inglesa y mundial— post shakesperiana y post moleriana.

Se da, pues, el caso de que una de las réplicas del diálogo entre médico y enfermo, me inquietó mucho. Me inquietó entonces, hace medio siglo, y me sigue inquietando hoy. No la sé resolver. Es una idea tan atrayente como estremecedora.

¿Vais a los cementerios? Pregunta el galeno. Mucho, mucho, responde el enfermo. ¿Qué onda? ¿Es un síntoma de la melancolía de nuestro paciente o, al contrario, es un consejo para desembarazarse de ella? Todo el sentido, el vector en términos matemáticos, apunta a que ir a los panteones es bueno para el estado de ánimo. ¿Será?

Sea como sea, el “cemento” al que se refiere la raíz de “cementerio”, no se refiere al material con el que se construyen los monumentos funerarios, sino a la sustancia a la que quedan reducidos los cuerpos enterrados, al polvo que la tierra recubre.

El chiste, lúgubre, pero chiste al fin, es que el cementerio es el “lugar de los muertos”. No el lugar donde se muere la gente (no dudo que haya gente que se muera en los cementerios. Pero están fuera de lugar; pregúntenle si no a Edgar Allan Poe). La gente se muere, sobre todo, en los campos de batalla y en los hospitales.

Y resulta que la gente le tiene más miedo a morirse que a estar muerto. Y tiene razón. Morirse es gacho. En cambio, estar muerto es la buena onda. Y por eso Garrick y tantos otros se dan sus paseos por los cementerios y su paz, y no por los hospitales y los gemidos penetrantes, insoportables, de los que están muriendo.

Y es por eso que la perversa de P. D. James, la mayor sin duda de las autoras de novela negra en vida, sitúa la trama de su Shroud for a Nightingale, Sudario para un ruiseñor —título que juega con el apellido de la enfermera heroína de la guerra de Crimea—, en un hospital. Cuánta gente conozco que no entran a un hospital ni muertos. Y es que no hay nada más siniestro que una enfermera.

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