La decadencia

Las consecuencias de la obsesión legislativa estadunidense para limitar a su propio gobierno son desproporcionadas.

A lo largo de la historia, las estructuras gubernamentales han tenido como constante un proceso de cambio permanente. No hay receta precisa para tener un gobierno funcional y exitoso. Los grandes imperios se han construido a través de mecanismos de decisión, que con el transcurso de los años (a veces siglos) se transforman y luego se vuelven obsoletos o simplemente inoperantes.

Hace más de dos mil años, siendo Roma una potencia de gran relevancia en el Mediterráneo, transitó de la república al imperio, marcando un cambio trascendental que la llevaría a dominar el resto del continente, pero también a modificar sus estructuras políticas hacia un sistema que estaba destinado a claudicar y descomponerse por sí mismo. Tal como sucedió con el Imperio de Occidente en el siglo V, d.C.

Lo mismo ha pasado con muchas otras civilizaciones.  Hace relativamente pocos años, la Revolución Francesa logró (precedida en cierta medida por la contención de poder que los nobles ingleses ya le marcaban a su corona y posteriormente con la emancipación de las trece colonias norteamericanas), limitar los sistemas monárquicos europeos (dueños del mundo en ese momento), sufriendo sus primeros estragos importantes e iniciando la transición definitiva hacia las democracias representativas.

Un común denominador en estos casos es el abuso de poder que las propias estructuras de dichos sistemas, y sus actores, cometieron en el quehacer político cotidiano. Se fueron encaminando ciegamente a su propia destrucción. La falta de visión y altura de miras de sus dirigentes y políticos devino en un sinfín de acciones cortoplacistas y mezquinas. La grandeza de sus antecesores y el coraje para hacer algo grande (y no sólo administrarlo) culminó después en la descomposición inevitable de sus formas tradicionales de gobierno.

Hacer un imperio no es fácil, consolidarlo y llevarlo a buen puerto es verdaderamente complejo. Las deficiencias en los aparatos burocráticos gigantescos son múltiples; la tentación y rapiña de muchos “dirigentes” es tan grande como el propio botín. Los huecos y ángulos vulnerables de estas estructuras están por doquier.

Así, poco a poco, estos personajes y las decisiones que toman se vuelven naturalmente contraproducentes para hacer que una maquinaria de esta naturaleza funcione con normalidad y eficacia.

Las reglas se multiplican, el resultado de la incontinencia legislativa sin rumbo se hace presente, la parálisis gubernamental permanente asecha y las transacciones para generar acuerdos son evidentes y costosísimas.

Cuando todo esto sucede, el sistema está en un franco proceso de crisis; pierde credibilidad y se percibe incapaz de tener la suficiente autonomía para poder afrontar con rapidez y contundencia las decisiones para las que ha sido creado. Se vuelve obsoleto.

Las consecuencias de la obsesión legislativa estadunidense para limitar a su propio gobierno son desproporcionadas.

Lo que el mundo ha vivido y presenciado en las últimas semanas sobre el acuerdo de endeudamiento del gobierno federal estadunidense hubiese sido un espectáculo atroz y ridículo, de no ser por las terribles consecuencias que esto tiene y tendrá sobre toda la economía global.

Todo este proceso, las calificaciones a la baja en la confianza crediticia de este país y el descontento generalizado que se ha ocasionado, son razones suficientes para que sus dirigentes empiecen a revisar con urgencia el funcionamiento de su sistema gubernamental. La historia se repite y una posible espiral de decadencia se hace presente.

Temas: