París era una fiesta de 75 años

Visitarla con el hombre de Manhattan puede ser la promesa para ir al cine

Annie Hall resulta la elegida por la Academia para el premio Oscar a la mejor película, 1979, y Woody Allen no asiste a la ceremonia de premiación. Dirá después que “se le olvidó”. Se sabe, eso sí, que estaba abstraído tocando el clarinete, su otra pasión. Neoyorquino que jamás consigue vivirse tal y se busca por ello incesantemente, de esas personas que de manera a veces tácita, otras abierta, abjuran de su nacionalidad y se vuelven universales. Tal vez en vista de su identidad judía, y no tan alejado de la realidad, se pretende desamparado por sus compatriotas americanos y vuelve la vista a Europa, donde resultará laureado con el Premio Príncipe de Asturias en 2002. Manhattan como espacio estético esencial y él mismo como su personaje imprescindible, van cediéndole aquellas tomas larguísimas de la ciudad, que han hecho a Allen parte de la historia del cine, a otras como Londres, Barcelona y finalmente París. Migrante Allen con su prodigioso manejo de cámara, sus guiones que cuentan cualquier historia, es igual de lo que trate porque sólo importa la manera en que lo narra, su dirección precisa, de escritor más que de cineasta, que hace olvidar siempre que uno mira una película porque pareciera que se está leyendo una novela.

A sus 75 nos ofrece su película número 43. Europa de nuevo, como en 2010 la londinense Conocerás al hombre de tus sueños, alternando con Whatever it Works en New Jersey (2009) y Vicky Cristina Barcelona en la tierra catalana (2008). Nadie muestra las ciudades como Woody, nadie habrá mostrado hasta hoy la Ciudad Luz como la recién estrenada Medianoche en París. Woody Allen fue en principio un humorista, hay años de películas que dan cuenta de ello, y conserva siempre esa naturalidad para burlarse de todo y de todos con enorme gracia. Esta vez toma a un insulso comediante hollywoodense (Owen Wilson) y lo convierte en Gil Pender, guionista de esa ciudad que vacaciona con su novia en París, pretendiendo transformarse en escritor de novelas. El filme relata la fantasía del propio Allen, que consigue que Wilson piense, hable y actúe como él, para protagonizar la metamorfosis, posible gracias a uno más de esos metafísicos engaños suyos en los que no hay presente ni pasado, ficción ni realidad. A la medianoche, Pender aborda un Peugeot de los años 20 y se traslada al mundo que nos narraba la novela de Ernest Hemingway: París era una fiesta. En la fantasía aparece el propio Nobel norteamericano, y en el ambiente festivo nos encontramos a Cole Porter cantando uno de sus clásicos, a Jean Cocteau el novelista, pintor, cineasta, modisto y adicto al opio, a Gertrude Stein (Kathy Bates) que será quien revise los textos de Pender por encargo de Hemingway, a los esposos Fitzgerald, Francis y Zelda, procedentes de la Generación Perdida, a Luis Buñuel, que no entiende entonces del surrealismo que le propone Gil para filmar su Discreto encanto…, y a un Salvador Dalí mucho más atractivo que el de verdad (Adrien Brody).

El collage per se no hubiera bastado aunque no pueda uno negar lo mucho que se disfruta por el ingenio tramposo que conlleva. Visitar París con la cámara del hombre de Manhattan puede ser la verdadera promesa para ir al cine.  

Woody Allen, poseedor del récord mundial de tratamiento siquiátrico continuo (52 años) nos ofrece a algunos de los enfermos mentales más creativos de la historia: Cocteau, Dalí, Fitzgerald, Hemingway, conduciendo a su alter ego, Pender, a vivir una fantasía que asombrosamente conserva el propio cineasta a sus tres cuartos de siglo. Envidiable.

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