Seguridad y justicia

Es necesario repensar el lugar que la fuerza ocupa dentro del marco del derecho.

Sin lugar a dudas los más acuciantes temas de nuestro tiempo son la seguridad y la justicia; el ya largo combate al narcotráfico y la delincuencia organizada, han puesto a la vista las contradicciones más íntimas de nuestra convivencia histórica y la necesidad de modernizar nuestros paradigmas de pensamiento y nuestra relación con la legalidad; el alejamiento de la impartición de justicia, su necesidad ingente de trasparentarse y las impresionantes cifras negras de la impunidad, ensombrecen nuestra visión de futuro y desgastan las redes que sustentan la convivencia ciudadana.

Si hay un punto urgente en la agenda de la reforma política es precisamente esa: revisar la relación de la sociedad, la política y el Estado, con el régimen de legalidad democrática. Es necesario recuperar la legalidad como valor supremo de la convivencia pública. Pero sobre todo, es necesario repensar el lugar que la fuerza ocupa dentro del marco del derecho, la manera en que la proporcionalidad entre la pena y la ofensa pública no fatigue las finanzas públicas de modo que sean impuestas penas que reparen los daños.

Una reforma real debe recoger el principio de que no se puede transigir con la delincuencia; que la legalidad no se negocia; pero que el combate a la delincuencia no puede pasar por encima de los derechos humanos o civiles de las personas.

Más allá de la dimensión de las penas, lo que contribuye a combatir el delito es la supresión de la corrupción y la impunidad. Los ciudadanos debemos confiar en que la autoridad tendrá la capacidad y la voluntad de encontrar, enjuiciar, sentenciar y hacer cumplir la pena a todo aquel que atente contra otro ciudadano o contra el orden general del marco jurídico; que no habrá más criterio que ese y que ninguna otra consideración serán significativos.

En materia de seguridad, es necesario explorar formas de combate que no comprometan la convivencia pacífica, por ejemplo a través de la ruptura de las cadenas de enriquecimiento, el ataque a las redes financieras y la extinción de los espacios de corrupción.

Hemos llegado a un punto riesgoso en materia de seguridad y justicia: la fatiga de los ciudadanos. Pocos aspectos de la convivencia política hacen más volátil ésta como el cansancio que suele estar acompañado de pérdida de credibilidad y confianza en la autoridad. En la medida en que una sociedad se acerca a ese punto de riesgo, los ciudadanos y sus organizaciones comienzan a generar formas alternas para protegerse y librar batallas que tienen como objetivos tanto la legítima defensa como la promoción de sus propios intereses. Si el gobierno pierde el monopolio de la violencia considerada legítima en una sociedad, entonces lo ha perdido todo.

Es muy duro reconocerlo, hay que decir que, en algún momento los mexicanos debíamos enfrentar este momento, pero también hay que dejar claro que debemos aprender y enfrentar, con inteligencia y legalidad este reto.

        *Profesor de la Facultad de Derecho.       UNAM

            fserranomigallon@yahoo.com.mx

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