Huella ambiental y daño urbano: el otro marcador de la fiesta del futbol

La Ciudad de México sabe celebrar como pocas. Cuando gana la Selección Mexicana, el Ángel de la Independencia se convierte en una enorme tribuna tapizada de banderas, camisetas, espuma, abrazos entre desconocidos, música y una alegría colectiva que por unas horas parece justificarlo todo. El futbol tiene la fuerza de unir, emocionar y lograr que una ciudad agotada por el tráfico, la falta de servicios y la rutina se mire a sí misma con entusiasmo.

Pero a veces la euforia también genera costos y para la capital del país algunos ya se reflejan sobre el pavimento, los camellones, las estaciones de transporte y la acumulación de basura. De acuerdo con estimaciones atribuidas a Expo Residuos y a la Agencia de Gestión Integral de Residuos, durante la justa mundialista, la ciudad podría alcanzar hasta 19 mil 700 toneladas diarias de residuos, resultado de sumar las cerca de 12 mil toneladas que ya genera cada día, con hasta 7 mil 700 toneladas adicionales asociadas al torneo. En conjunto, algunos cálculos proyectan más de 300 mil toneladas de desechos al cierre del Mundial.

A esa presión ambiental se suman episodios de otro tipo. La semana pasada, tras el triunfo de México sobre Corea del Sur, los festejos masivos en Paseo de la Reforma, el Ángel de la Independencia y el Centro Histórico dejaron alrededor de 40 toneladas de basura, además de daños visibles en infraestructura urbana y áreas verdes.

Desde luego, sería absurdo pedirle a la gente que no celebre. Contar con un evento deportivo de esa magnitud en casa tiene un valor simbólico, cultural e histórico enorme; se trata de un momento de esos que no se repiten fácilmente y, en un país como el nuestro, que es mundialmente conocido por su inigualable espíritu festivo, la victoria nacional no puede pasar desapercibida. Las personas tienen derecho a vivir esa fiesta.

Sin embargo, celebrar no puede significar destruir. Una celebración no se mide sólo por la cantidad de personas reunidas o por la intensidad del festejo, sino por la capacidad de responder con responsabilidad a lo que esta ciudad nos brinda. Los camellones no son gradas improvisadas; la infraestructura del Metrobús no es mobiliario desechable; las jardineras, señalamientos, estaciones, banquetas y monumentos no son parte del festejo, son bienes públicos.

Y si bien las autoridades han respondido con medidas como operativos de seguridad, regulación de venta de alcohol y llamados a festejar con responsabilidad, especialmente después de disturbios y acumulación de basura en celebraciones previas, el reto exige más que acciones reactivas.

Desde mi particular punto de vista, lo primero que se necesita es responsabilidad y conciencia colectiva, aunado a una serie de acciones como la instalación de contenedores suficientes, mejorar las rutas de evacuación y asegurar la protección de áreas verdes, con vigilancia focalizada, sanciones claras por daños y una corresponsabilidad directa a patrocinadores y organizadores.

Por supuesto que no se trata de apagar la alegría, sino de lograr una forma de vivirla sin afectar nuestro entorno. Las mexicanas y los mexicanos tenemos la capacidad de cantar, alegrarnos, ondear banderas y festejar sin destruir nuestras áreas verdes ni saturar servicios o dejarle al personal de limpieza la peor parte de la celebración. La Ciudad de México puede ser una sede vibrante sin convertirse en un basurero.  

En esta fiesta deportiva, el verdadero triunfo no será sólo que México avance de ronda en ronda, sino demostrar que la emoción colectiva puede convivir con respeto ambiental y cuidado urbano. Porque ningún gol debería celebrarse dejando una ciudad más sucia, más dañada y más descuidada que antes.