Sobre percepciones y realidades

La contienda electoral no será un asuntode programasy propuestas...

Las encuestas recientes de  Mitofsky refieren que los mexicanos estamos divididos en  nuestra percepción del “principal problema” del país: 50% que es seguridad, 47% que lo económico. En la encuesta de la semana anterior la relación, en el mismo orden, fue de 50%/49 por ciento. Lo primero que llama la atención es lo repetitivo de los datos: hay dos percepciones encontradas y, por ende, existen profundas diferencias acerca de la ruta que habría que seguir para dar solución a los retos inherentes a cada “problema”. En ello es perfectamente lícito tener opiniones diferentes acerca de las soluciones practicables en cada caso. Lo preocupante ha sido la manifiesta incapacidad de los actores centrales involucrados por hallar rutas de solución a ambas grandes y lacerantes preocupaciones nacionales.

Junto con las dificultades para establecer una clara jerarquización de los retos, existen profundas diferencias con relación al análisis de cada uno de los temas, tanto los principales como los secundarios. Por ejemplo, en el análisis del combate a la delincuencia organizada existen tantos enfoques como actores.  Las opciones oscilan de sus extremos —entre comandos secretos dedicados a exterminar a delincuentes, por un lado y, por el otro, contra quienes prefieren ser gobernados por los cárteles— y en medio una diversidad de políticas públicas y privadas que buscan atajar, primero, y destruir, luego, a los cárteles dedicados a la delincuencia organizada. Entre la “guerra necesaria” de unos y la “estúpida guerra” de otros.

En materia económica sucede algo parecido.  Se ofrecen soluciones a los problemas productivos más diversos y provenientes de la más amplia diversidad de intereses.  En general, la oferta va acompañada de críticas duras a la gestión gubernamental, al mismo tiempo que se cabildean exenciones y tratos preferenciales.

No sólo hay distintas percepciones acerca del problema general, sino también sobre los específicos. Y estos “específicos” son la temática del debate entre fuerzas políticas. Por ejemplo, tanto el PRI como el PRD aseguran tener soluciones reales al problema de la delincuencia organizada así como a la problemática económica. El asunto se obscurece debido a que, en demérito del esclarecimiento nacional, no dicen cuáles son sus soluciones. 

Este hecho —el no decir públicamente cuáles son sus propuestas— no sólo denigra el debate nacional, sino que lo convierte en un callejón sin salida. Enrique Peña Nieto critica la política actual de combate a la delincuencia organizada instrumentada por el gobierno del presidente Calderón, pero no ofrece salida alguna al asunto. Andrés Manuel López Obrador ni siquiera menciona el tema, por lo que es de suponerse que carece de una política alternativa al respecto. Así que, al parecer, tanto partidos como personajes quieren apostar, electoralmente, a la opción de criticar sin ofrecer soluciones reales. Esto difícilmente ayudará al país a salir de su marasmo.

En la lógica del momento actual de la nación, el juego político se reduce a convencer al país de que la percepción popular corresponde a la realidad, sea ésta cualesquiera que sea. Y que el candidato que vende “percepción” será, inevitablemente, el ganador de la contienda. La contienda electoral no va a consistir, por tanto, en un asunto de programas y propuestas, sino de la venta de “percepciones”. Nada le hará más daño a México que esta dinámica.

        *Especialista en análisis político

            ricardopascoe@hotmail.com

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