La estrategia bélica de los mexica

Este pueblo se valía de cercos, murallas y fortificaciones; también se organizaba para realizar emboscadas para vencer a sus rivales.

Segunda y última parte

En algunas ocasiones, y siguiendo la táctica de hacer una huida falsa para atraer al enemigo, los mexica hacían caer a éste a emboscadas, de tal forma que los envolvían en el lugar escogido de antemano con fuerzas que tenían ocultas en los flancos. En la guerra contra los cuexteca se valieron los tenochca de uno de estos ardides.

Cuenta la crónica que los maestros de campo tomaron a los valerosos quáchic, los acostaron en una hondonada con sus rodelas y sus macanas en las manos y los cubrieron de tierra y paja, ocultando así a dos mil hombres. Trabada la refriega, fingieron ceder los mexica y se fueron retrayendo hasta donde estaba la emboscada de los quáchic, perseguidos por los cuexteca y cuando ya estaban bien adentro, salieron por la retaguardia los que estaban ocultos en la hondonada de tal forma que muy pocos se escaparon de morir o de ser apresados.

Es claro que estas tácticas eran frecuentes entre los mexica. Pero no sucedía siempre que los contrarios presentasen batalla campal, sino que confiaban más bien en su salvación a las poderosas fortalezas inmediatas a sus ciudades o a las fortificaciones en éstas levantadas. Entonces los mexica tenían que cambiar su táctica y emplear el asalto, el cerco o el sitio. En ocasiones los pueblos tenían una fortificación permanente.

La base de la fortificación era la estructura de la albarrada, el terraplén y la pirámide. Esto, apoyado a veces en defensas que proporcionaba la misma naturaleza, levantando las fortalezas sobre cerros como la de Xochicalco, en peñas aisladas como la de Mitla o a orillas de un río como el Copán.

En una de las campañas más conocidas, la de Tototepec, la defensa de la ciudad y el mayor peligro para los mexica, era el río Quetzálatl, el cual iba crecido y entraba al mar con mucha fuerza: los guerreros tenochca hicieron muchas balsas y puentes de raíces de árboles y de carrizos, que en náhuatl se llama aca-

tlapechtli, las que propiamente eran redes de una raíz llamada cuauhmátlatl, que a su vez significa red de árbol, y hechas las balsas durante el día, las botaron al agua por la noche, y pasando por ellas el ejército cayó por sorpresa sobre la ciudad. Estos puentes de balsas, formados de bejucos, y el paso de los ríos frente al enemigo, indican no sólo audacia sino talento en el arte de la guerra.

 Se ha dicho que el primer elemento de la fortificación permanente eran las albarradas o murallas. Estas formaban un recinto cercado que quedaba defendido por todos sus lados. Las ruinas de La Quemada, en Zacatecas, son un buen ejemplo. Existe todavía en ellas la muralla que guardaba el recinto.

La descripción de la campaña de Tototepec suministra datos para apreciar cómo podían utilizarse esos muros y cómo se formaban para defensa de las ciudades. Se hicieron en la ciudad cinco cercas, las más fuertes que podían hacerse, todas de piedra y tierra apisonada y de maderos grandes y de todo género de fajina, en las cuales pusieron sus guardas y centinelas; obstruyeron también el camino con trozos de madera, estacas, espinas y abrojos. Estas cercas se llamaban tenámitl, que significa piedra que rechaza las

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