Obama y su proclama

Un retrato de claroscuros muestra su éxito y su fracaso: logró eliminar al terrorista que más daño le ha hecho a Estados Unidos pero no ha podido sacar la reforma migratoria que proclamó, controló la crisis económica pero no ha metido en cintura a la anárquica élite financiera que la provocó

Mientras Barack Obama observaba en Washington las imágenes del operativo contra Osama bin Laden, el Congreso georgiano cocinaba en Atlanta un embate más contra los inmigrantes. Estos dos acontecimientos podrían pintar al presidente estadounidense de cuerpo entero, en un retrato de claroscuros que muestra su éxito y su fracaso o, mejor dicho, el cumplimiento y el incumplimiento de sus promesas: logró eliminar al terrorista que más daño le ha hecho a Estados Unidos pero no ha podido sacar la reforma migratoria que proclamó. El cuadro rembrandtiano tendría varias pinceladas más —controló la crisis económica pero no ha metido en cintura a la anárquica élite financiera que la provocó, consiguió la aprobación de su plan de salud pero no ha logrado disminuir el desempleo— pero me quedo con ésas. Sus críticos dicen que el problema es su afán de conciliar posturas opuestas y su falta de voluntad política para jugársela con su proyecto, su obsesión de quedar bien con tirios y troyanos y su consecuente tendencia a quedar mal con todos. Yo no estoy tan seguro de eso.

Hagamos memoria. Las expectativas que generó Obama fueron enormes, como lo muestra el consenso de hace algunos años en una considerable franja de la opinión pública hace algunos. Yo escribí en este espacio (“EU necesita un Gorbachov”, 6/10/08) algo con lo que no pocos analistas coincidían: “Barack Obama tiene frente a sí la oportunidad con la que sueñan todos los políticos de estatura y ambición. La de echar a volar juntas la imaginación y la realidad, la de pensar y hacer en grande, la de cambiar el rumbo de la historia… A buen entendedor, pocas señales. Una crisis económica demostró el fracaso del sistema soviético y llevó a Gorbachov a transformarlo radicalmente. Los liberales aplaudieron entonces la visión y el pragmatismo del líder ruso, quien superó los dogmas socialistas. Es hora de que otro estadista con conciencia histórica deje atrás el nuevo dogmatismo y cambie sustancialmente el sistema financiero norteamericano. Ojalá que Obama sea ese estadista y que, de paso, ayude a domesticar esta globalidad salvaje que nos amenaza con más desigualdad e inestabilidad”.

Seis meses después (“Carta a Barack Obama”, 13/04/09) me referí en el mismo tenor a la relación bilateral: “Bastará con que siga dejando atrás la soberbia con que muchos de sus antecesores imponían sus pretensiones y esté dispuesto a negociar para que siente las bases de un liderazgo que le abrirá un promisorio horizonte en México… La reivindicación del Estado que… ha hecho frente a los templarios de la mano invisible nos ha hecho a algunos creer en la viabilidad de una suerte de Globo de Bienestar, y su declaración de que el desarrollo de nuestro país es la mejor solución a la migración indocumentada nos ha dado esperanzas de que la relación bilateral pueda recomponerse. Aunque enviaría una buena señal anunciando que impulsará la prohibición a la venta de armas de asalto o la reinstalación del programa de transporte transfronterizo, sería más importante que su visita sea el preludio de avances concretos en torno a un acuerdo migratorio… Sé que hay quienes le aconsejan mesura… Permítame recordar a Tocqueville: en tiempos de cataclismos, hay que escuchar a los locos”.

Hoy puedo afirmar que Barack Obama está a medio camino entre la realidad y sus promesas. No es su culpa que tantos hayamos esperado tanto de él, sin duda, pero sí lo es el no haber tenido el arrojo necesario para cumplir lo que él mismo dijo que haría. Me remito esta vez al ámbito de la reforma migratoria, que por obvias razones es el que más nos interesa a los mexicanos. La verdad es que no quiso usar su capital político para impulsarla cuando tuvo una oportunidad de ganar, que la pregona ahora a sabiendas de que no pasará y que lo hace para ganar votos hispanos para su reelección con el “por mí no quedó”. Y mientras tanto, los republicanos y uno que otro demócrata se dan vuelo aprobando leyes antiinmigrantes, discriminatorias y francamente racistas, como la HB87 de Georgia. Pero para mí, el problema de Obama no es tanto su “centrismo” cuanto un mal cálculo. Tengo la impresión de que, particularmente en momentos críticos, subestima su margen de maniobra y teme al poder del establishment. ¿Acaso no era posible desafiar a Wall Street e imponerle un régimen normativo más estricto después de la debacle financiera del 2008, con la sociedad norteamericana inmersa en una ola de indignación? ¿De veras no era viable sacar al menos el Dream Act? Poner en orden la migración con normas realistas, regularizar el estatus de los millones de indocumentados no sólo le conviene a México, también es bueno para Estados Unidos. Si se reelige y lo hace, la legión de obamistas desencantados aumentaría su base social y empujaría el gran cambio que fue su proclama. Su actual repunte en las encuestas debe darle la confianza que necesita para pasar a la historia como algo más que un hombre de buenas intenciones. Yo, lo confieso, todavía no pierdo la esperanza.

        *Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana

            Twitter: @abasave

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