Lo dado y lo construido1

Lo que las mujeres necesitan: Primer paso

Admiración impávida es lo que merece la osadía de tantos y tantas de defender, con suma seguridad, que lo que necesitan hoy las mujeres es subir su autoestima o, en su caso, y por motivos de exceso mal entendido, bajarla. La autoestima se ha convertido en una especie de antídoto todopoderoso que sustenta al alza o a la baja cualquier tipo de circunstancia femenina.

La autoestima es el vocablo por excelencia para justificar todas las actuaciones, pensamientos, razonamientos y emociones. Es como una tabla de valor moderno sobre la que se clasifican acciones y omisiones. La autoestima femenina y el valor que se le da desbanca por completo cualquier otro valor existente y juzga sin cesar a una en materia tan importante como su propio ser. Así de duro, así de claro.

Ver ese despliegue de autoestimas tan desarrolladas no deja de maravillar el entorno. Es curioso porque la autoestima, además de ser el elixir del éxito, parece que se gana, se pierde, se recupera y hasta se mata. Se recomienda, se persigue, se trabaja, se analiza, se recrea, se supera y hasta se miente y se solapa.

Sin restar importancia y respetando en totalidad a quien piense lo contrario, acuñando el vocablo como arma de gente estudiada, la autoestima no es algo que se adquiera como quien acude a un establecimiento y solicita pedido a granel, o en presentación individual. No. Y contrario a lo que se piensa, conseguir una sana autoestima implica muchas más cosas que un buen par de zapatos y un excelente trabajo de imagen física.

La autoestima es tomar conciencia de que uno posee los instrumentos para enfrentar la lucha que implica vivir en función del bienestar propio. La autoestima es la experiencia fundamental de que podemos llevar una vida significativa y cumplir sus exigencias. Más concretamente es: la confianza en nuestra capacidad de pensar y de enfrentar los desafíos básicos de la vida y la confianza en que podemos triunfar y ser felices, dignos, respetados, seguros en el esclarecimiento de nuestras necesidades y carencias y firmes para alcanzar nuestros principios morales y sintiéndonos con el derecho de disfrutar, en todo momento, de los resultados de nuestro esfuerzo2.

En resumen, la autoestima es la eficacia personal y el respeto a uno mismo. Dos acciones que conllevan en la historia del desarrollo de la mujer en el mundo, siglos de inexistencia, inoperancia y peor aún de incultura y analfabetización. Porque, desde el primer momento que la mujer empezó a vivir en los mundos y espacios masculinos por excelencia, todo ha empezado a cuestionarse. Esto último, la capacidad de cuestionarse, es lo más rescatable que tenemos en la lucha por la equidad, porque siempre será mejor cuestionar que imponer o, peor aún, subordinarse.

Cuestionarse, dicen los expertos, se sostiene en una nueva exigencia social. Cuestionarse tiene que ver con la responsabilidad y deja de lado lo comúnmente aprendido de la ciega obediencia. Lo que hoy representa la autoridad o el valor de la misma está sujeto al escrutinio humano, tanto en el ámbito privado como público. Entiéndase que a la mujer se le han impuesto siempre muchas más autoridades que las que comúnmente entendemos como tal, y más que imponer, se les ha subordinado.

El que hoy tantas personas hayan incluido en su breviario discursivo el vocablo autoestima, queda medianamente claro, que es —más que producto de una experiencia personal, un estímulo— reflejo social, una moda. Esto se deduce fácilmente porque una sana autoestima requiere en primera instancia de enfrentarse a uno mismo y cuestionarse. Y no todos se atreven, pueden y o lo hacen…

Cuestionarse implica, por sobre todas las cosas, primero el reconocimiento de una insatisfacción personal, no aceptación de algo que se impone, se inculca o se exige en lo personal, en lo social o en lo político; y segundo, la confrontación del miedo que le impide a uno seguir adelante con el razonamiento y el sentimiento. Cuestionarse es, de alguna manera, hacerse consciente de uno mismo, autoafirmarse.

Y he ahí lo que las mujeres necesitan: autoafirmación3. Ésta es la antesala de la autoestima, el génesis de aquello a lo que con tanta asiduidad se incita. Por eso no se alcanza y por no ser, ni siquiera se toca la autoestima. La ignorancia con atrevimiento es feroz. Y las mujeres han sido sometidas una vez más al cumplimiento de una cura a sus males a la que no se le explica el inicio. Lo que se les ha enseñado en los últimos tiempos de autoestima, denigra la dignidad de los seres humanos, los cosifica y clasifica a partir del estar, y no del ser y del existir.

Ver una mujer o un hombre bien armados, prediseñados y producidos no es sinónimo de seres con alta autoestima; que la higiene y el orden visual ayudan, sí, pero eso sólo conforma una milésima del arduo empeño de lograr el objetivo de autoafirmarse y tener autoestima. Lo que no es en esencia no se podrá mantener en el tiempo. Y éste es un ejercicio individual que no admite más de lo que uno es y tiene potencialmente.

La autoafirmación es propiedad individual. La autoafirmación es, dicen los expertos, respetar nuestros deseos, necesidades y valores y buscar su forma de expresión adecuada en la realidad. Es la disposición a valernos por nosotros mismos y ser quienes somos abiertamente, tratándonos con respeto en todas las relaciones humanas. Autoafirmarse es ser auténtico, actuar y desenvolvernos desde nuestras propias convicciones y sentimientos más íntimos. Es la elección de lo real.

La autoafirmación es tener conciencia y llevar a la práctica la vida que por derecho nos es propia y vivirla de acuerdo con nuestras expectativas y no con las ajenas. Es tener el valor de respetar nuestros deseos y pelear por ellos.

Y esto que nos es claro y necesario como lo que más ¡mire qué poca ejecución real tiene! Porque sucede que en la educación femenina se inclina más hacia el silencio y la ley del no conflicto, hacia la pasividad y hacia el vivir en función de otros y no de una misma, porque parece como si todo el mundo tuviese que ser y existir antes que una. ¡Como ejércitos de apoyo sin fusil! Ahí se lanza, antes de la opinión, el silencio perturbador que consume y termina por asirse a un submundo de inapetencias, subordinaciones y conformismos. Y esto último se aplica también a muchos hombres de empresa —o no— que se someten al silencio o la insaciable labor de agradar a lo que consideran la autoridad. Porque lo normal desde la escuela es no preguntar, no cuestionarse, asumir lo que a uno le dicen o evadirse de la realidad por lo que dure el momento.

Así es difícil de creer que el común pueda asumir con tanta liviandad la afirmación de que lo que las mujeres necesitan es autoestima. De nada valen las afirmaciones sin un cuestionamiento profundo, fundado en un razonamiento universal de que todas y todas tenemos derecho de vivir nuestra vida conforme a nuestros valores y creencias y no otros. Los tiempos de la sumisión y la rebeldía barata deben claudicar en función de la responsabilidad que implica vivir nuestra propia vida.

No es tanto el miedo a lo que el otro diga, sino el miedo a reconocernos diferentes y defender esa elección.

La autoafirmación y subsiguiente autoestima pertenecen a lo dado, son de origen biológico y pertenecen al instinto de supervivencia, esto no quiere decir que lo construido como la cultura no pinte en este cuadro. Todo lo contrario. Si bien la autoafirmación y la autoestima son ejercicio del ámbito personal interno, lo externo influye, y mucho, sobre todo en la formación del inconsciente cultural, o la memoria colectiva —en lo que nos atañe. Por ejemplo, lo sería el conjunto de creencias implícitas sobre la naturaleza de las relaciones hombre-mujer, lo bueno y lo malo, que reflejan el conocimiento, comprensión y valores de una época y lugar histórico. En definitiva nadie está exento por completo de la influencia de nuestro entorno social.

Así, las posibilidades de que podamos llevar al cabo las necesidades innatas de autoafirmación se constriñen tanto para los unos como para las otras. Y de nuevo —y sin afán incisivo— la mujer sale perdiendo —o más bien enfrentando— más obstáculos sociales y culturales que los hombres.

Per sécula seculórum a las mujeres se les ha considerado como seres inferiores a los hombres, y no sólo en México, sino en todas las culturas globales —y claro, a todo hay quien gane. Esta instauración mental y mundial del concepto de inferioridad, incapacidad y debilidad femenina nada ayuda a la autoafirmación y menos a la autoestima, eso seguro.

Los hombres, por su parte, sufren al tiempo de una idea paralela a la anterior, a ellos se les ha medido su valía por la capacidad personal de ganar dinero, con ser un “buen proveedor”. En esto es obligación de quién escribe continuar la idea de los expertos que dicen, se copia: Si tradicionalmente la mujer “debe” obediencia al hombre, el hombre “debe” obediencia a apoyar financieramente a la mujer (y prestarle protección física)4.

Así, de alguna manera, en la conquista de la autoestima del género humano, las estructuras sociales y culturales —creadas y reafirmadas por ellos mismos, dicho sea de paso— dificultan el desarrollo personal por igual, porque por igual, se encuentran subordinados a firmes cautiverios que les hacen identificar su valor personal, con algo que nada tiene que ver con la autoestima, y mire por dónde, una vez más lo que nos detiene la vida nada tiene que ver con el objetivo que nos ocupa el vivir: valorarnos a nosotros mismos.

Ante este panorama, como sociedad nos quedan pendientes varias tareas. La primera, educar en función de lo que es y no la autoestima; la segunda, replantearnos una vez más las estructuras sociales en las que vivimos inmersos y condicionan nuestro desarrollo, y tercera, establecer las normas y medidas institucionales necesarias para respetar y proteger ante todo el derecho que tiene el otro y la otra de autoafirmarse.

* Egresada de la maestría en Periodismo de la Universidad Anáhuac México Sur. Licenciada en Derecho por la Universidad Iberoamericana. Maestra en Ingeniería en Imagen Pública.

Twitter: @paolaboullosa/Email: paolaboullosa@hotmail.com

1 Este título hace referencia a la obra de Simone de Beauvoir, El segundo sexo, 1949, de donde nace su frase: “No se nace mujer, se llega a serlo”.

² Esta definición se tomó de explicaciones sustraídas de Nathaniel Branden, Los seis pilares de la autoestima. Ed. Paidós. México, 2010, y Walter Dressel, Toma un café contigo mismo. Ed. Zenth/Planeta. 14º edición. España, 2010.

³ Op. Cit N. Branden

4 Véase: “Historia de los hombres”, de Warren Farrell. The myth of male power. Nueva York. Simon & Schuster.

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