Juan Pablo II, el amor expulsa el temor
En algo más de 26 años, el Papa, comenzando a sus casi 60 años de vida, visitó 127 países distintos; a ellos se suman 146 viajes en Italia
Para la Iglesia este pontificado ha sido una gran desilusión, un desastre”, fue el resumido juicio que pronunció el teólogo Hans Kung a la muerte de Juan Pablo II (ACE Prensa 09.02.11). Al mismo tiempo, miles y miles de personas en la plaza de San Pedro clamaban: ¡Santo súbito!
En una de las muchas entrevistas que se hicieron aquellos días por televisión aparecía una joven a la que le preguntaban si era católica, a lo que ella respondió: “No, pero siento que Juan Pablo II fue un gran hombre y tenía el deber de estar aquí”.
Estamos hablando de comentarios muy diversos sobre la vida de una misma persona, la que Benedicto XVI ha determinado beatificar el próximo 1 de mayo de 2011.
¿Qué nos dicen los datos? Nos hablan de una persona que en algo más de 26 años, comenzando a sus casi 60 años de vida, realizó 95 viajes internacionales en los que visitó 127 países distintos y 604 localidades (cf. ACI 18.10.11). A ellos se suman 146 viajes en Italia, recorriendo así un millón 247 mil 613 kilómetros o 3.24 veces la distancia de la Tierra a la Luna. Dichos viajes le sacaron del Vaticano un total de 822 días (dos años y tres meses).
Veintiséis años en los que también pronunció más de 20 mil discursos, leyendo con ellos casi 100 mil páginas. Tuvo, además, más de mil 160 audiencias generales en el Vaticano, con una asistencia superior a los 17.64 millones de personas.
Este tiempo le permitió publicar 100 documentos importantes, entre encíclicas (14), cartas apostólicas (45) y exhortaciones apostólicas (14), además de tres libros, y de reunirse con más de mil 590 jefes de Estado.
Pero la santidad del Papa Grande no la hacen los números, aunque olvidaba mencionar que además beatificó a mil 338 personas y canonizó a otras 482, más que todos sus predecesores en los últimos cuatro siglos juntos.
Su santidad provenía de una invitación que encarnó en su vida: “¡No tengáis miedo; abrid más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” (22 de octubre de 1979).
El Papa polaco demostró al mundo que en su corazón no se albergaban miedos y que, por el contrario, estaba lleno del antídoto contra todo tipo de temores desordenados: el amor; pues según palabras de san Juan, el amor verdadero expulsa el temor (cf. 1 Jn 4,18).
En el alma del Pontífice solamente se anidaba un temor, que brotaba del único amor de su corazón: el santo temor a Dios.
Pero este no es un tipo de temor al estilo hegeliano amo-esclavo. Hablamos de aquella actitud a la que la Biblia considera principio de la sabiduría (cf. Salmo 111(110),10), y que no es otra cosa, sino la que brota de la relación de un hijo con su padre, animada por el amor, el respeto y la veneración.
La transmisión de este amor a Dios, su Padre, fue una de sus principales tareas durante su pontificado: “¿Por qué no debemos tener miedo? Porque el hombre ha sido redimido por Dios. Mientras pronunciaba esas palabras en la plaza de San Pedro tenía ya la convicción de que la primera encíclica y todo el pontificado estarían ligados a la verdad de la redención. En ella se encuentra la más profunda afirmación de aquel “No tengáis miedo”; “¡Dios ha amado al mundo! Lo ha amado tanto que ha entregado a su hijo unigénito” (cf. Jn 3,16)” (Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janes, Barcelona 1994, p.214).
El Papa peregrino era consciente, y más de dos décadas le bastaron para mostrarlo, que “para liberar al hombre contemporáneo del miedo a sí mismo, del mundo, de los otros hombres, de los poderes terrenos, de los sistemas opresivos, para liberarlo de todo síntoma de miedo servil ante esa “fuerza predominante”, que el creyente llama Dios, es necesario desearle de todo corazón que lleve y cultive en su propio corazón el verdadero temor de Dios” (Ibid, p. 221).
Pero, ¿qué era el temor de Dios para el Papa Magno? No lo refiere también en su libro ya citado: “Ese temor de Dios es la fuerza del Evangelio. Es temor creador, nunca destructivo. Genera hombres que se dejan guiar por la responsabilidad, por el amor responsable” (Ibid, p.221).
El hombre al que cientos de miles de fieles hicieron fila por largas horas para darle el último adiós, se hizo santo por medio de este temor filial de Dios, que no es otra cosa que amor tenaz, gallardo, audaz, valiente…
El 16 de octubre de 1978, el mundo no se dio cuenta de que había sido llamado a la silla de Pedro un hombre de Dios “todoterreno”, que desafiaba al mundo con el reto de abrir las puertas a Cristo; que demostraba que la institución milenaria de la Iglesia era aún capaz de juventud y fantasía (cf. Zenit 17.02.11); y que, finalmente, enseñaba con su ejemplo que no hay nada más absurdo que tener miedo de la persona que más nos ama: Dios.
Casi seis años después de su muerte, el Papa de la juventud nos vuelve a invitar a no tener miedo de abrir las puertas del corazón a Cristo, y a abrazarnos a ese amor filial que “genera hombres santos, es decir, verdaderos cristianos, a quienes pertenece en definitiva el futuro del mundo” (Juan Pablo II, cruzando el umbral de la esperanza, p.221).
