El parto de Cinematógrafo no fue fácil ni breve. Su madre, Fotografía, quedó embarazada de Teatro, un viejo aventurero de poco fiar, cuando era aún una chiquilla inexperta que no sabía gran cosa de la vida. Inútilmente se esforzó su padre, Daguerrotipo, por inculcarle los valores de la modestia y las virtudes del recato. La frívola Foto, como le llamaban sus cada vez más numerosos allegados y admiradores, no dudó ni tantito, pues, en embarcarse en lances para los que no estaba preparada. Y fue así como tuvo a Cine, como rápida y cariñosamente fue rebautizado el pequeño.
Y el muchacho salió atrevido, créame. Incorregible. Pronto empezó a realizar proezas con las que sus padres ni habían soñado. Fue capaz de capturar y mostrar imágenes que Teatro no hubiera podido jamás montar sobre un escenario. No bien aprendió a caminar con cierta soltura salió a la calle. Y de la calle pasó a los campos y a las selvas, sobrevoló los mares y se adentró en las cavernas.
En sus correrías se hizo compinche de un tal Libro, mala compañía. Libro le presentó a dos damas de dudosa reputación: Novela y Poesía, que parecía no pudieran andar la una sin la otra, pero que en el fondo no se llevaban bien. Para decirlo con todas su letras, se detestaban. Ya sabe usted, vivido lector, cómo son las mujeres. Es algo más fuerte que ellas. Por debajo de los arrumacos se repelen como los polos del mismo signo de un imán.
Teatro se escandalizó. Él que toda su vida había trabajado con su socia inseparable, Obra, no concebía que su retoño se atreviera a colaborar con esas dos miserables advenedizas venidas a más. Poesía demasiado vieja, una auténtica carcamana que no podía, a pesar de sus ridículos esfuerzos, ocultar sus siglos.
Y Novela demasiado joven. Sus logros destacados eran contados y recientes. Nada que ver con el rancio abolengo de Obra, cuya incomparable e interminable trayectoria se confundía con la suya propia. ¡Ah, qué dirían las tías Tragedia y Comedia, si se enteraban de las correrías veleidosas de su nieto Cinito! ¡Y el venerable Drama, pobre, no se repondría, puede usted jurarlo, de un tal disgusto! Valía más, sobre este punto, guardar el más estricto silencio.
¡El silencio! ¡He aquí el silencio! Se exclamó Teatro frotándose las manos con fruición, codicia y satisfacción malsana. ¡Por supuesto, el silencio! Era ese el As que Teatro guardaba bajo la manga y que Cinematógrafo, el hijo pródigo, nunca podría subsanar. Porque Cine, como su madre, era mudo.
¡Ahahá! Nunca podrían con él. Ni la inválida ni su retoño turulato competirían con la brillantez de la música, la expresión de las voces, de las miles de voces, con las que él contaba. El público acudía a verlo, atraídos como la mariposa por la llama de la vela, cierto. Pero también llegaban, a escuchar, a entender y a deleitarse con las voces melodiosas, con los acordes embelesadores, como fieras que se dejan amansar.
Eso no lo tenía ni lo tendría nunca ese engendro con capacidades diferentes. La suya era una propuesta para sordomudos, que debían tragar, atragantarse, entre secuencia y secuencia, esa infame sopa de letras, para que todo ese movimiento caótico cobrara algo de sentido. Inútil.
Es cierto que a Teatro no le hizo ninguna gracia cuando se enteró que el desleal de su primogénito le copió, a él, a su propio padre, la idea genial de llevar músicos a sus representaciones. Era un gesto que envilecía a Cine, indigno de la noble estirpe de la cual, pese a todo, procedía. “No tiene importancia”, se dijo, mientras sorbía un té de pasiflorina bien caliente. “Se trata de un recurso artificial sin porvenir”. Y tuvo que ahogar la risa para no atragantarse al pensar que a lo mejor también llevaban los instrumentos a la filmación con tal de que los protagonistas oyeran la música mientras actuaban. Satisfecho de su hallazgo, don Teatro se quedó dormido entre bambalinas, con una cobija sobre las piernas, junto a la sala vacía y en penumbras.
Pero el día infausto no podía no llegar. Y llegó. En una de sus parrandas habituales, Cinema, como lo llamaban sus compinches esnobs, se topó con un tipo extraño. Fonógrafo se llamaba. Después de platicar un rato con él, a Cine le brilló el objetivo, tomó a su amigo por el brazo de la aguja, y lo llevó aparte. “Fono, tú y yo tenemos que hablar de negocios”. La suerte estaba echada.
Pronto los pianos y los violines desaparecieron de las salas. E incluso Fonógrafo mismo se enredó en una relación indecente con Proyector. Y el colmo: como si Cine hubiera pasado por el foniatra, sus personajes planos como lenguados, nunca mejor dicho, empezaron a hablar. Lo que Foto nunca había conseguido, su ya no tan pequeño retoño lo logró de manera brillante. Menos cicatera que su ex amante, Foto se sintió orgullosa.
A Teatro le costó reponerse, pero acabó resignándose. Al fin, se dijo como último consuelo, me queda el color. En eso, ni la boba de Foto ni el ladino de Cine podrán competir conmigo. El color es mío, sólo mío. Y de mi compadre Pintor, bueno.
Deberemos reconocer que Teatro ha ido soportando sus contrariedades con bastante galanura. A base de abnegación. Y pasiflorina. Hoy sigue digno, activo, nomás viendo, mosqueado, qué nuevo disgusto le depara a esta saga interminable.
