No es una novedad: las tiranías construyen a quienes las destruyen. Pero en el caso de la guerra de Independencia de las Trece Colonias que devendrían en Estados Unidos, Inglaterra lo hizo no sólo en el sentido negativo, generando a través de decisiones injustas el repudio y la rebeldía de los colonos sino, sobre todo, en sentido positivo. De hecho, resulta sorprendente que con el bagaje cultural y filosófico inglés, rebosante de ideas liberales y republicanas, la revolución independentista haya llegado hasta 1776.
Esta tradición viene desde la Carta Magna de 1215, llamada originalmente Magna Carta Libertatum (Carta Magna de las Libertades), mediante la cual se limitaron los poderes de la monarquía y al ponerle límites a su capacidad de decretar impuestos y, por el contrario, defender el acceso a la justicia de nobles y ciudadanos, se cuestionaba implícitamente el origen divino de la monarquía. Inglaterra tuvo experimentos republicanos breves y es, sin duda, el ejercicio parlamentario más antiguo que se conozca, aproximadamente desde 1688.
En el famoso segundo párrafo de la Declaración de Independencia, del 4 de julio de 1776, Thomas Jefferson escribe:
Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a alterarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.
Estos renglones abrevan generosamente de múltiples fuentes. La idea de que todos los seres humanos son creados iguales proviene de las grandes religiones, en particular, del cristianismo; el resto del párrafo casi repite palabra por palabra las tesis de John Locke, formuladas en Sobre el Gobierno Civil, con un cambio extraordinario. Tanto en la Carta Magna como en el texto lockiano se habla de la vida, la libertad y la propiedad como derechos inalienables. Jefferson sustituye el derecho a la propiedad por “la búsqueda de la felicidad”, quizá una de las propuestas políticas más arrojadas e inspiradoras que se hayan escrito. El texto rechaza implícitamente que el poder monárquico obedezca a un mandato divino y, por el contrario, plantea que el poder del gobierno civil emana del consentimiento de sus gobernados. E incluye el derecho a cambiar de gobierno o abolirlo en caso de que éste viole los derechos inalienables de los ciudadanos.
La propuesta revolucionaria del autogobierno, que plantea que las Trece Colonias no serían súbditos de ninguna otra nación, tuvo un impulso vigoroso con los escritos de Tom Paine y, sobre todo, con la experiencia cotidiana que vivían los colonos. En su Sentido Común, Paine se burla de la Corona y plantea la contradicción de un gran continente gobernado desde una isla lejana. Su ironía punzante, presente en todos sus escritos, tiene el mérito de desacralizar la figura de Jorge III y de que la propuesta de dejar de ser súbditos pudiera ser aceptable para las personas comunes que habían nacido y crecido bajo la monarquía. Más importante todavía fue la experiencia cotidiana del autogobierno. En las diferentes colonias, los colonos instituyeron reuniones comunitarias y asambleas deliberativas, los llamados +++town meetings+++, que todavía persisten. En la vida diaria y para las decisiones cercanas que les afectaban, ellos y no los ingleses tomaban las decisiones.
Independencia, gobierno civil, separación de poderes, su institucionalización fue desarrollándose. Lo que quedó pendiente por más de un siglo fue aquello de la búsqueda de la felicidad. El esclavismo y sus secuelas persistieron por demasiados años. Por ello, surgieron otras figuras tan trascendentes como las de los Padres Fundadores: Frederick Douglass, el brillante abolicionista, quien educara a otro grande, Abraham Lincoln, en el significado profundo de la igualdad y de la necesidad de abolir la esclavitud. Sufragistas como Susan B. Anthony y Elizabeth Cady Stanton, que, después de medio siglo de lucha, lograron la reforma constitucional en 1920 para que las mujeres pudieran votar. Martin Luther King y su poderoso movimiento cívico, arquitecto de la Ley de los Derechos Civiles en 1960 y la Ley del Derecho a Votar en 1965.
El trascendente experimento vivido por Estados Unidos desde hace 250 años no ha terminado. Ha tenido altas y bajas. En México lo sabemos. Pero confío en que la experiencia de la libertad y de la búsqueda de la felicidad, imposible sin la primera, continúen siendo la fuerza motora de su pueblo. Larga vida a Estados Unidos y a su democracia.
