Los amigos: ayer,hoy

Sabías que ella, él, estaban allí esperándote siempre, enlujándote con sus inteligencias incomparables.

Hace muchos años escribí una serie para mi periódico titulada” Los Amigos”, era muy interesante pues en el brillor de la juventud todavía ese accidente de la vida te parece sobresaliente en tus imaginarías para subsistir los accidentes diarios ineludibles en el trajín de la existencia. Aún crees en “los amigos” como la gran cueva del tesoro, el resumen del abracadabra placeroso y honroso, esa dicha de gozar de tus amigos escogidos algunos desde la adolescencia y colocados en una hornacina esquinera de la fachada de tu casa antigua. Sabías que ella, él, estaban allí esperándote siempre, enlujándote con sus inteligencias incomparables, iluminándote, compartiendo tus lecturas, oyendo devotamente a Wagner las horas enteras, recitando a Rilke para aprenderse los versos con los cuales se despedirían de ti frente a la tumba respectiva. Nadie como ella en la escritura de fino hilado,  la otra, sobrina de un escritor de fama, era digna de recibir sus órdenes a fuer de describir una gaviota volando sobre las olas. El otro ya había publicado su primera novela y viajaba por Europa; aquel era perfectísimo en el caudal asombroso de sapiencias, idiomas, cultura memorable.  Sólo en el arte descollaban tus adorados: una era la incomparable hacedora de todo lo extravagante y novedoso para dar a conocer hasta una piedrita del camino, hubo otros cuantos, pocos es verdad, llamando la atención con inmarcesibles conocimientos pintiparados cual manjares inalcanzables.

La vida es injusta quizá, traidora o simplemente vengativa: todos crecimos, envejecimos es cierto y nuestras existencias están allí para probar si cumplimos con las expectativas o nos quedamos chiflando en la loma… Nos emparejamos con jolgorio o no, tuvimos hijos superdotados o no, fuimos leales a nosotros mismos y a nuestros amigos escogidos para la hermandad, pudimos vencer esa veta negra de la envidia bajo los pies o siquiera nos acompañamos en desdichas, muertes y honores compartidos. ¿Por qué los premios de los otros son altos como pinos y los nuestros de maceta que no pasa del corredor?...¿Por qué nosotros vamos a felicitar y ellos, los de las hornacinas nos dan la espalda? ¿Nosotros perdonamos y ellos jamás? En nosotros cabe el regocijo por el sol ajeno de “ellos” y si nos visita la alborada hay desdén, desprecio, disimulo. Aburren esas “amistades” probadoras nada más de simples desamores. Mi padre decía, inmerso en su circunstancia de enorme herencia y múltiples ambiciones: “yo no tengo hermanos, tengo amigos”…¡Qué equivocadísimo estuvo hasta la hora de su muerte!... nos dejó una historia y ser cuatro hermanos unidos como piña, en la lealtad, en la oportuna compañía, en la ausencia cuando debemos, y luchando por respetarnos en nuestras decisiones, muchas equivocadas, claro está. Al final de cuentas para eso somos hermanos, ese misterio de la infancia donde un grupo infantil crece, piensa, juega, con iguales derechos y dolores compartidos. Sacramento destinado…

*Periodista y escritora               

marialuisachinamendoza@yahoo.es

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