¿Así son los políticos por allá?, ¿Aceptarían a los nuestros?
Entre nosotros priva el epíteto que apabulla y destruye, junto con la calumnia sin control y una verborrea cavernaria.
¿Qué pensar de lo visto estos días en cuanto a la conducta de algunos miembros “distinguidos” de nuestra clase política? ¿Con personajes como ellos, es viable aspirar a modernizar México y a concretar, aunque sea una o dos de las reformas siempre pendientes? ¿Personajes así, permiten albergar esperanzas de un mejor futuro para este país?
Podría seguir con más preguntas y al final, no encontraría respuestas adecuadas; por eso, si me lo permite, planteo sólo una más: ¿En qué países, los políticos son como los nuestros?
Uno de los efectos de la globalidad —presente aquí desde hace años—, es la tendencia a uniformizar hábitos, aspiraciones y visión del mundo en amplios grupos sociales así como los planteamientos que los partidos hacen a los electores. Esto último presupone que los políticos caminan, como los grupos sociales, a la uniformización con sus homólogos de otros países.
Es tan fuerte este proceso, que oponerse a él es prácticamente inútil; sin embargo, siempre queda por ahí la aberración que viene a ser la excepción que confirma la regla. Así, mientras políticos y partidos plantean en todas partes la apertura económica, la integración a la globalidad y el libre intercambio de bienes y servicios así como métodos civilizados para el debate y la obligación de ofrecer soluciones en vez de ofensas, no falta el ejemplo de lo que no debe hacerse, de lo que debe rechazarse.
De lo anterior da prueba la clase política de los países europeos y la de no pocos países en América; por más enconado que pudiere ser el debate y profundas las diferencias entre los distintos actores, siempre está presente la intención de buscar el acomodo, el avance y el arreglo por parcial y limitado que éste pudiere ser.
Aquí, por lo que han dejado ver nuestros políticos estas últimas semanas, es todo lo contrario; el acomodo y la búsqueda del acuerdo brillan por su ausencia, no se diga ya de la propuesta y la voluntad de concretar lo que nos haría avanzar. Asimismo, escasea el diálogo respetuoso y las más de las veces, no se ve ni siquiera la simple voluntad de llevarlo a cabo o la de reunirse para intercambiar opiniones en torno a éste o a aquel problema.
Entre nosotros priva el epíteto que apabulla y destruye, junto con la calumnia sin control y una verborrea cavernaria. ¿Habrá país alguno donde cupieren los López, Moreiras, Lozanos y Molinares, sólo por citar los apellidos de algunos de los primeros actores de estos días? ¿Qué país tiene partidos donde pululan las Romeros y Padiernas con sus limitaciones evidentes, además de su propensión a la tontería y el rechazo a la mínima disciplina de partido?
Tal parece que la globalidad a la que debimos integrarnos como única salida ante la debacle total reconocida en 1987 pero evidente desde 1982, no ha tenido efecto alguno en los modos de hacer política y menos en la visión del desarrollo de los integrantes de la clase política.
Hoy, México es prueba irrefutable de lo sabido desde hace mucho tiempo: Podemos modificar las relaciones sociales de producción y hacer avanzar las fuerzas productivas pero, la superestructura ideológica permanecerá, por años, sin cambio alguno. Este cliché, desgastado y viejo, tiene hoy amplia validez entre nosotros.
Para decirlo claro, hoy tenemos actividades económicas de primer mundo y “empresarios” con mentalidad de la época de Los Picapiedra; igual con los partidos y la democracia: reglas de primer mundo con políticos del jurásico.
