Hablar de la pobreza

El estar abiertosa una nueva forma de relacionarnos exigiría un nuevo pacto político-social.

Las últimas semanas han sido escenario de un debate público en torno al número de pobres que hay en el país, y sobre qué partido es el responsable de la catástrofe social que implica la existencia de casi 50 millones de personas que carecen de los recursos necesarios para vivir en un marco de dignidad y con la posibilidad de satisfacer sus necesidades como seres humanos.

Lo primero que debe decirse ante esta discusión es que el hecho de poner el énfasis en el número, revela desde ahora la incomprensión de las partes sobre el fenómeno al que nos enfrentamos. Así, el que Humberto Moreira haya impuesto la agenda a los precandidatos Cordero, Félix y Lozano, centrando la discusión en los escasos datos de que disponemos, implica la evasión, tanto del PRI como del PAN, a discutir un modelo de desarrollo que se ha sustentado en la desigualdad en las últimas décadas.

Preocupa que, ante este escenario, Eduardo Sojo, presidente del INEGI, haya tomado partido en la discusión. Sostener que en México hay mayor bienestar, en medio del uso político que se está dando a este debate, constituye un error porque pone en duda la imparcialidad del Instituto; asunto lamentable porque si algo requerimos es que los organismos autónomos se mantengan al margen de cualquier compromiso con las partes en disputa política en el país.

Por otro lado, es cierto que el Coneval ha avanzado en la generación de una poderosa metodología que nos da una noción más amplia de la multidimensionalidad de la pobreza. Empero, todavía nos hace falta pasar del diagnóstico a la construcción de una nueva generación de políticas sociales, porque las que hemos desarrollado no son capaces de orientar el crecimiento económico, ni los mecanismos de acceso universal a servicios elementales y, por supuesto, al trabajo digno.

La discusión sobre la pobreza pierde seriedad cuando se somete a los “dimes y diretes”. La simplificación que se ha hecho del tema, hasta situarlo como un asunto absurdo, impide asumir que en el fondo se trata de un problema sobre cómo hemos asumido lo que son las relaciones entre las personas.

Es de fundamental interés para la nación asumir que, detrás de la discusión en torno a las desigualdades y la miseria en que viven millones, se encuentra la relación fundamental sobre la que cimentamos la integración o, en su sentido opuesto, la destrucción, de un “Nosotros”.

El estar abiertos a una nueva forma de relacionarnos exigiría un nuevo pacto político-social que pusiera, en el centro de las decisiones sobre el desarrollo, la cuestión elemental de cómo ser más justos, y no exclusivamente sobre cómo ser más eficientes en el aparato económico.

El filósofo Heidegger nos dice: “Ser pobre quiere decir: no carecer de nada, salvo de lo no necesario”. Reflexionar así, sólo por citar una tradición de pensamiento distinta a la imperante, requiere tener la capacidad y la humildad para reconocer, que todavía sabemos muy poco sobre cómo resolver el mayor reclamo ético del siglo XXI.

Por lo anterior, es dable sostener que el debate que estamos padeciendo sobre la pobreza en nuestro país no es sino justamente el reflejo de la fractura espiritual que nos llevó a permitir que millones carezcan casi de todo. Y, eso, es lo que lo vuelve aún más intolerable.

                *Director del CEIDAS, A. C.

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