El teatro en la era del exterminio
Ahora que la descomposición en México se recrudece, que aumenta sin cesar la cifra de desaparecidos, torturados, ejecutados, ¿qué papel está jugando el teatro mexicano? El teatro tiene el poder de representar realidades, de crear ficciones, las que bien afirman un ...
Ahora que la descomposición en México se recrudece, que aumenta sin cesar la cifra de desaparecidos, torturados, ejecutados, ¿qué papel está jugando el teatro mexicano? El teatro tiene el poder de representar realidades, de crear ficciones, las que bien afirman un orden, refuerzan prejuicios y estereotipos, formas de imponer el poder, o bien cuestionan la realidad y le abren la posibilidad de otros horizontes.
Hace unos días asistí a un homenaje a Héctor Mendoza en la Universidad Nacional Autónoma de México. En un juego imaginario le pregunté qué recinto teatral le gustaría que llevara su nombre. Al salir de esa ceremonia y en los días siguientes he lamentado haber formulado esa pregunta —que ante la realidad que vivimos resulta cuando menos banal— y no otra directamente lanzada a los vivos. Lo que debí preguntar es qué podemos hacer hoy desde el teatro para enfrentar la grave, extrema emergencia nacional en que nos encontramos. Esta degradación generalizada tiene que ver con la indiferencia ante el dolor de los semejantes, con la esquizofrenia entre lo que dicen y hacen los gobernantes y su incapacidad para asumir en lo elemental sus deberes, tiene que ver con el adormecimiento de la población ante los peligros que la acechan.
Si los gobernantes encargados de la seguridad han sido incapaces de registrar siquiera los nombres de los miles y miles de muertos, ¿cómo lograr que encuentren a los culpables de los crímenes y los castiguen? Brindar seguridad a los ciudadanos es una de las razones elementales que justifican la existencia de los gobiernos. La insensatez que atraviesa el país y el teatro tiene que ver con la desarticulación de las respuestas sociales, con la bruma que cubre el tránsito entre causas y efectos, con la podredumbre de nuestros referentes éticos y la extrema degradación de la política y los políticos.
En las varias conversaciones que tuve con Héctor Mendoza me dijo de distintas maneras que el teatro para él era un camino de conocimiento, ¿por qué una de las más grandes ausencias en nuestro teatro es la lucidez? Un signo de esta falta de lucidez lo da el silencio de la mayoría de los teatreros ahora, la abundancia de propuestas difusas, banales que pueblan la cartelera, en la que encontramos sólo como excepciones puestas en escena que dialogan con la realidad en que vivimos. Otro signo de la falta de lucidez es la evidente desarticulación de la cadena desde la educación artística en los niños y jóvenes, hasta la gestión de los proyectos teatrales y la llegada al público de las puestas en escena. En este proceso son variadas y antiguas las condiciones de inequidad y el silencio ante los abusos y las incongruencias. Las conquistas para el mejor funcionamiento del teatro se pierden en la discontinuidad que imponen los relevos de los funcionarios cada periodo y la ausencia de una política cultural de Estado fortalecida por la participación ciudadana. Es común el reclamo de mayores recursos para la educación, la cultura y el arte, ¿pero qué educación, qué cultura, qué arte? Ningún recurso podrá funcionar si no se invierte con rigor y claridad de objetivos, en busca de la revolución educativa y cultural que exige la crisis en la que nos encontramos. El reclamo de la comunidad teatral de justicia, equidad en el país, si se da, será más eficiente y contundente en la medida en que la propia comunidad vaya conquistando esas condiciones para el desempeño de su trabajo.
El terror es campo fértil para el autoritarismo, ¿cómo salir de esta encrucijada si no fortaleciendo el poder de los ciudadanos, nuestra participación para reclamar nuestros derechos? Como personas dedicadas al teatro, como ciudadanos, nos estamos tardando para exigir el cumplimiento de ese derecho esencial, primario a la vida, a la seguridad, a la dignidad que en México hemos perdido con signos cada vez más inhumanos, cruentos, delirantes, absolutamente inaceptables. ¿Cuántos muertos, cuántas aberraciones más han de venir para que de todos los escenarios del país se escuche un rotundo y eficiente NO MÁS SANGRE, no más complicidades, no más impunidad? Los criminales merecen el más enérgico repudio, pero es a las autoridades a quienes toca, por sentido común, exigirles justicia, porque es a ellas a quienes pagamos para que cumplan con ello.
