Teng Tsiao-ping no fue a Davos, sólo hizo lo que debía. ¿Y nosotros, a qué vamos cada año?
Sorprende la ingenuidad de nuestros peregrinos; piensan que ir a Davos es una experiencia religiosa.
Como hace un año, las opiniones que parecen profundas, pero se quedan en el trillado cliché, inundaron los espacios mediáticos con notas e intervenciones radiofónicas y televisivas. Aquéllas, como ayer y anteayer, fueron la interesada justificación de un viaje que nada aporta.
Esta nueva Iglesia —que incluye a no pocos jefes de Estado cuya comprensión de las causas del crecimiento es prácticamente nula—: los adoradores de Davos, convirtió a este pueblo en La Meca que debe cada fiel visitar. Este numeroso ejército de los que no entienden que la concreción de las reformas al andamiaje jurídico que hoy impide su modernización y el crecimiento, no pasa por Davos; festinan lo que allá oyen porque no son capaces de escuchar por su reducido conocimiento en materia económica.
Van a Davos, como quien va a un concierto de rock o ve la oportunidad para admirar —babeante— a quienes han llevado la corrección política a extremos del ridículo como ese viejo cincuentón que de la música saltó a las causas políticamente correctas, las cuales no tienen efectos prácticos en las condiciones materiales de los millones que sirven de pretexto a quien como en este caso, sólo quiere vender más discos.
¿Se han preguntado nuestros peregrinos a Davos, si Teng Siao-ping debió ir ahí para comprender que “no importa el color del gato con tal que cace ratones”? ¿Lo necesitaría Cardoso, Felipe González o la señora Thatcher? ¿Cómo hizo Adenauer para adquirir la visión del futuro que dio por resultado el milagro alemán, si en esas fechas el señor Schwab aún no había creado su redituable negocito? ¿El hombre que llevó a Singapur al nivel en el que se encuentra, abrevaría en las “reuniones serias” de Davos antes de empezar a aplicar las políticas que muchos hoy admiran pero no se atreven a poner en práctica?
También, para ubicarlos en la realidad de lo que representa su viaje anual, ¿por qué no se preguntan desde cuándo han ido por ahí nuestros políticos, y por qué aquí las cosas siguen igual? ¿Cuántos de los nuestros han pasado por Davos —acompañados de interminable lista de gorrones—, sin haber materializado cambios que en aquellas reuniones se plantean como indispensables desde hace años?
Sorprende la ingenuidad de nuestros peregrinos; piensan que asistir a Davos es una experiencia religiosa que convierte a los herejes. No pocos de ellos creen que un político que favorezca la participación del Estado en la economía, regresaría —una vez que participare en “las sesiones”—, convertido en adalid (“Guía y cabeza, o muy señalado individuo de algún partido, corporación o escuela”) del libre mercado y la reducción del papel del Estado en la economía.
El World Economic Forum ha perdido relevancia entre los think tanks que se dedican a analizar la competitividad de los países —entre otros temas— y publicar las calificaciones respectivas en trabajos como The Global Competitiveness Report; sin embargo, los adoradores de Davos creen —todavía— en su poder “curativo”.
¿Por qué no promueven entonces la asistencia de los 628 integrantes del Congreso? ¿Imagina usted las nuevas leyes que aprobarían a su regreso, ya “convertidos”? Como plan piloto podrían invitar a López, Fernández y Castillo y al “muy buen equipo económico” de la señora Paredes.
Es cierto, cada quien tiene su atajo al crecimiento; unos lo sueñan sin reformas y otros, con el VTP a Davos. (Coincido con usted, qué jodidos estamos).
