El Beverly

A la Poposahui, que no lo va a leer. Pero cuya risa incomparable quisiera tanto escuchar. El de hipster es un término moderno, es decir antiguo, es decir moderno. De la inmediata posguerra, diría yo. Guerras ha habido muchas, ...

        A la Poposahui, que no lo va a leer.

        Pero cuya risa incomparable

        quisiera tanto escuchar.

El de hipster es un término moderno, es decir antiguo, es decir moderno. De la inmediata posguerra, diría yo. Guerras ha habido muchas, pero posguerras menos. Y “la inmediata” no deja lugar a confusiones. El caso es que la palabrita en cuestión, y el concepto que se esconde detrás (según la perversa y cobarde costumbre de los conceptos) debe datar de los últimos cuarenta o primeros cincuenta, digamos, bastante anterior al de hippie, que corrió con mejor fortuna.

Como tantos otros neologismos es intraducible. A menos que considere usted una traducción remitirlo a snob. Lo cual sería, más que abusivo, necio. Ni aunque le pongamos la e delante como exige la MRMFALE, la “Muy Real y Muy Franquista Academia de la Lengua de Ellos”, esnob, no funciona. El hipster no es ni el snob ni el hippie.

La idea procede de aquella gente bien a la que le gustaba el jazz, música de pobres, de marginados. De jodidos, pa’entendernos. Hip, en inglés quiere decir “cadera”, “ancas”, y quién sabe por qué, uno nunca sabe nada, de ahí vino a representar a los ejecutantes y amantes del jazz (¿por qué uno las movía, las caderas, al escucharlo? Dudoso). Y engendró, sin embargo y sin duda, el hip-hop, la música y la “subcultura” nacidas en el Bronx y en los barrios marginales, y por ende populares, del Nueva York de finales de los sesenta.

El término hipster cayó en desuso durante 30 años y resurgió, como si nada, en los noventa. Una vez agotado el maremágnum. Y hoy, si es que ha sobrevivido al salto de los siglos, remite a eso: el pirrurris al que le gustan los nacos, codearse con ellos. Que le gustan o que le gusta creer, y que los otros crean, que le gustan. El júnior que se las da de amante de la pobreza, de la vulgaridad, del hacinamiento y de la mugre.

Y, en el mejor de sus sentidos, representa al burgués amante de la cultura y las costumbres populares. Nuestros mejores hipsters tapizan las paredes de su casa con máscaras otomíes y/o zacatecanas, poseen los discos del INAH (que no escuchan tan a menudo) y la colección completa de Lila Downs, la hipster por antonomasia (que luego sí escuchan) y se regodean con un buen de cerámica de Yutanduchi y de Tlayacapan. Los más pudientes presumen de piezas que les vendieron como prehispánicas y que, en general, prefieren no validar con la opinión de un experto.

Es común que tengan su sirvienta, lo más india posible (“indígena”, dicen rigurosamente ellos), que les eche las tortillas. Los más acá, una que incluso se las aplauda.

Y a la que le pagan hasta 200 pesos diarios si es de entrada por salida. Si es de planta con 100 basta. Y las tortillas se las echa ella misma, faltaría más.

Obviamente un hipster auténtico no se referirá jamás a su sirvienta como “sirvienta”. Es siempre la “señora” o, mejor, la “señora que me ayuda”, en una figura retórica, una ironía, ejemplar. Bien estuviera que ellos la ayudaran de vez en cuando, pero no suele acontecer. 

Es raro que un hipster se aventure a comer en un mercado, a no ser en el de Coyoacán o el de San Ángel. Y normalmente le echan harta salsa a sus platillos, aunque les arda hasta el culo, ante la mirada indiferente, escéptica e incluso divertida, no por ello menos habituada, de la ñora. Es más común encontrarlos en los templos de la “nouvelle cuisine” mexicana (¿será idóneo llamarla “mexicaine”?), con Martha Chapa en Polanco o con Mónica Patiño en Plaza Loreto.

Pero, para variar, no es de los hipsters de los que quiero hablar, sino de su contrapuesto, su negativo, a los que en este preciso momento decido, después de varios escarceos, llamarlos beverlies, así, sin intentar traducirlo ni adaptarlo. Total, esa madre está en California, y California es nuestra.

Se trata de una buena aproximación, sin duda. Tanto en su versión original, los beverly hillbillies, maltraducidos y peordoblados al español como Los Beverly Ricos, como en su brillante adaptación mexicana, Los Beverly de Peralvillo, obra del memorable y malogrado Mauricio Kleiff. Aprovecho para rendir un homenaje, tan modesto como sentido, a este menestral del humorismo mexicano de la segunda mitad del siglo XX. A él debemos no sólo Los Beverlies, sino, también y sobre todo, Los Polivoces, cumbre indiscutible de la comicidad televisiva. Hace casi un año lo perdimos. Gracias, muchas, muchas gracias, y descansa en risa, querido Mauricio.

No es necesario que se lo explique, adelantado lector, y sin embargo se lo explico. El beverly es el naco al que le gusta codearse con los pirrurris, hacerse el pirrurri. Los beverlies y los hipsters se encuentran en los comederos de Martha Chapa y de Mónica Patiño. Tampoco hace falta que se lo diga, y también se lo digo, pues, que para ser beverly hay que tener algo de lana.

En fin, aterricemos. En fin y al fin. Resulta que un beverly acaba de ser postulado (“nominado” dicen los beverlies) como candidato del PRD a la gubernatura del Estado de México. Alejandro Encinas. Si mis infalibles fuentes no me engañan, vive en Coyoacán. Nada menos que en la Colonia de Carmen. Digo, pa’que no nos hagamos bolas.

Encinas fue destapado, no por el jefe de Encinas, sino por el adversario del jefe de Encinas. A ver quién lo entiende. El Pejelagarto llama “señor” a Encinas, a la manera de las sirvientas. Pero quien lo lanza al estrellato es exactamente Marcelo Ebrard. Y lo hace nada menos que en El Cardenal del Hilton. Donde los hipsters ni se acercan. Menos mal que son de izquierda. Me pregunto dónde se reunirán los de derecha.

En otras palabras, el PRD en el Edomex ya perdió. Ni la más mínima posibilidad de que el PAN apoye esa candidatura. Y si lo hiciera daría igual. Si hay alguien, en México, cuya aguja de carisma marca cero, ese es Encinas. No sé qué le pasó al precandidato en estos dos años. Coyoacán no le ha sentado bien. Dobló no sus votos sino sus kilos. “Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”, apotegma que en el caso de Encinas, como en el de Carstens, se cumple al dedillo. Uno sólo las puede unir en la espalda y el otro sólo sobre la cabeza. Metáfora perfecta.

¿Quién ganó? ¿Ortega? ¿Ebrard? ¿López Obrador? A saber. Lo que es indsicutible es que Encinas, El Beverly, perdió.

        *Matemático

            bruixa@prodigy.net.mx

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