¿Por qué ese afán de compararnos cuando hacerlo no es procedente?

Es claro que en una democracia consolidada y en todo país que se considere serio, ese tipo de ejercicios tramposos son inadmisibles.

Uno de los recursos más gastados entre los políticos que privilegian la demagogia y sin rubor hacen a un lado la objetividad además de olvidar la responsabilidad adquirida cuando fueron elegidos por el ciudadano que confió en ellos o designados para un puesto, es comparar al país que mal gobiernan con otros en un ejercicio que carece del menor sustento porque, los comparados no son países semejantes.

Este elemento -determinante para desacreditar una comparación demagógica-, no sólo no es tomado en cuenta por el comparador, sino que al pretender vender su argumento no menciona cuáles son esos países que tomó como referente al intentar -sin éxito alguno por lo demás- colocar al suyo en un nivel más alto.

Las más de las veces pronuncian frases vacías como ésta: "Con Cetes directo México entra al selecto grupo de países, no son muchos, que permiten a sus ciudadanos tener acceso a papeles de gobierno."

¿Cuáles son esos países que "no son muchos"? Es más, si son pocos, ¿por qué no dar sus nombres? ¿Cuál es la razón para no mencionarlos? ¿Será acaso que esos países que forman un "selecto grupo", tienen características que de nombrarlos nos daríamos cuenta de inmediato de lo absurdo de la comparación y sobre todo, del intento improcedente de incluirnos en ese "selecto grupo"?

¿Qué mueve a un político a realizar estas "comparaciones"? ¿Acaso no sabe que no procede dicho ejercicio? ¿Qué pensar de un funcionario que por su preparación, sabe perfecta y claramente que lo que hace es una falta de honradez intelectual y exhibe una ética que no le favorece en modo alguno?

Por eso, cuando tiranuelos de pueblo como Chávez, Morales, Ortega y lo que queda de los hermanos Castro realizan ejercicios de "comparación" sin el menor sustento con países que se encuentran en lo político y económico a años luz de distancia del suyo, uno no les presta atención porque conoce la calaña del comparador pero, cuando el que realiza este juego perverso pasa por funcionario capaz y serio, la cosa se pone grave.

¿Podríamos imaginar a la señora Merkel o a David Cameron comparar a sus países con cuatro o cinco países latinoamericanos o africanos, para elogiar ésta o aquella medida por ellos propuesta? ¿Cómo juzgarían los ciudadanos alemanes o ingleses a ambos gobernantes? ¿Qué pensarían de ellos la clase política y los agentes económicos en el país que cada uno gobierna?

Es claro que en una democracia consolidada y en todo país que se considere serio, ese tipo de ejercicios tramposos son inadmisibles. En aquellos donde el primitivismo impera en el quehacer político y lo define, las comparaciones tramposas son la regla.

El político que así procede, apuesta a la ignorancia del que lo oye o escucha; además, sabe que sus palabras no tienen impacto alguno por la bajísima credibilidad del político en países como el nuestro y el nulo respeto que la sociedad les tiene.

¿Qué pensará de sí mismo el político que recurre a esas "comparaciones"? ¿Sentirá vergüenza porque sabe que no está siendo honrado pues sólo busca vender una mercancía de pésima calidad pero bien envuelta?

¿Con políticos que así proceden, podrá un país remover los obstáculos que le impiden crecer? ¿Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Cuba, resolverán sus graves y profundos problemas sólo con la mentira sistemática de sus gobernantes?

A todo esto, ¿qué sentiría el Secretario una vez que pronunció la frase citada? ¿Vergüenza? Por el bien del país, ojalá así haya sido.

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