Víctimas de las víctimas: los pretextos de la violencia extrema
Los expertos coinciden en que la violencia extrema se reinventa pero nunca se agota. “El terrorismo suicida no es fanatismo, es estrategia”, advierte Robert Pape
El terrorismo no nace en el vacío. Se alimenta de dolores previos —guerras, exclusiones, represión, pobreza— para multiplicarlos en nuevas tragedias. Sus actores se justifican en ideologías, en discursos religiosos o en causas de justicia, pero al final todos los pretextos conducen al mismo saldo: más víctimas, siempre inocentes.
Desde 1970 hasta 2019 se registraron más de 182 mil ataques en todo el mundo, con un saldo superior a 500 mil muertes acumuladas. Solo en 2023, los episodios violentos dejaron 8,352 fallecidos, la cifra más alta desde 2017. Y en 2024, el panorama global cambió de forma inquietante: según el Global Terrorism Index 2025 de Vision of Humanity, el Sahel africano concentró casi la mitad de todas las muertes relacionadas con esta violencia. Cinco de los diez países más afectados —Burkina Faso, Malí, Níger, Nigeria y Chad— pertenecen a esta franja del continente. (visionofhumanity.org)

Los expertos coinciden en que la violencia extrema se reinventa pero nunca se agota. “El terrorismo suicida no es fanatismo, es estrategia”, advierte Robert Pape. Walter Laqueur lo define con crudeza: “El terror siempre se disfraza de libertad o justicia”. Para Malcolm Nance, exoficial de inteligencia, “el vacío de poder es el oxígeno del terrorismo”. En cambio, Alex Schmid apunta que la verdadera defensa no son las armas, sino sociedades fuertes y resilientes.

Las formas también se multiplican. El terrorismo religioso, con Al Qaeda e ISIS a la cabeza, convive con movimientos separatistas como ETA o el IRA, ideologías extremas de izquierda y derecha, la violencia ejercida desde los propios Estados y hasta la amenaza de armas químicas o biológicas. A ello se suma un frente silencioso: el ciberterrorismo, que puede paralizar países enteros sin disparar un arma. El costo global oscila entre 1.2 y 1.5 billones de dólares anuales, con proyecciones de hasta 10.5 billones en 2025. Un ataque como NotPetya o WannaCry bastó para colapsar sectores enteros de salud y transporte.

Hay aspectos menos visibles pero igual de reveladores. El término “terrorismo” nació en la Revolución Francesa (1793-1794) para describir al propio Estado cuando gobernaba por el miedo. Hoy existen más de 100 definiciones en leyes y academias, pero ninguna universal. Otro dato: más del 80 % de los ataques históricos han sido “pequeños”, con bombas caseras o asesinatos selectivos. Y, sin embargo, han tenido un efecto expansivo desproporcionado: infundir miedo, la materia prima del terror.

La memoria reciente está marcada por episodios que paralizaron al planeta: Múnich 1972, con 11 atletas israelíes asesinados en los Juegos Olímpicos; Beirut 1983, cuando camiones bomba mataron a 241 marines estadounidenses y 58 soldados franceses; el 11-S en Nueva York, que dejó casi 3 mil muertos; o los atentados de Madrid en 2004, Londres en 2005 y París en 2015, con decenas y centenas de víctimas en cuestión de minutos.

Cada 21 de agosto, el Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo, no solo recuerda nombres y fechas. Reivindica el derecho de las víctimas a la justicia y la reparación, y coloca en el centro lo esencial: que la violencia, con cualquier bandera, deja siempre la misma estela de dolor. El rostro cambia, la retórica también, pero el resultado no: familias rotas, comunidades marcadas y sociedades enteras sometidas al miedo.

Nada, absolutamente nada, justifica la violencia.

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