Panteón de San Fernando, ejemplo del arte fúnebre
Desde su fundación como museo ha albergado a distintos personajes; las dedicatorias en las lápidas hablan del romanticismo del siglo XIX
CIUDAD DE MÉXICO, 13 de junio.- En vida fueron oponentes, pero a su muerte, liberales y conservadores que lucharon en la Guerra de Reforma, comparten tumbas y nichos en el Museo Panteón San Fernando.
El Panteón de San Fernando abrió sus puertas en 1832 para las personas de abolengo que podían pagar sus altos costos, pero años después por disposición el entonces presidente Antonio López de Santa Anna, fue abierto para todos tras una epidemia de cólera.
En el mausoleo principal, que conserva símbolos masónicos, reposa Benito Juárez en compañía de su esposa Margarita Maza y cinco de sus 12 hijos que murieron antes de los nueve años.
Aunque los restos mortuorios ya no continúan aquí, los nombres de Melchor Ocampo y Sebastián Lerdo de Tejada quedaron grabados en letras de oro, al haber sido en compañía de Juárez los líderes de las Leyes de Reforma.
Aquí también se puede conocer la vida privada de quienes la historia ha retratado como hombres solemnes, como el caso José María Lafragua, conservador moderado quien abrió la primera biblioteca pública en el país, y yace en compañía de Dolores Escalante, mujer a la que amó y con quien jamás pudo llegar al altar, ya que ella falleció de cólera a los 27 años.
Laura Matilde Castro Díaz, encargada de Servicios Educativos del museo, explicó que el arte fúnebre está presente en cada una de las tumbas.
La especialista explica que los epitafios inscritos en el Muro de los Párvulos, donde niños y niñas reposan, es un ejemplo del romanticismo que marcó la época.
Los epitafios son una parte muy importante y relevante en el panteón. Son la expresión del sentimiento de los familiares, y las dedicatorias son un ejemplo del romanticismo del siglo XIX. Hay uno en especial de un niño que lo demuestra; dice: ‘Aquí duerme Miguel Badillo Bernal, mi querido hijo, hablad bajo, no le despertéis’”, señala.
Aquí también terminaron los restos de los aliados de Maximiliano con quienes fue fusilado en el Cerro de las Campanas en 1867: Miguel Miramón y Tomás Mejía.
De este último cuentan que su viuda, Agustina Castro, no tenía dinero para enterrarlo así que lo vistió con su traje de militar y dejó su cuerpo sentado en una silla de su casa hasta que los liberales se apiadaron para darle un lugar en San Fernando.
Aquí se encuentran también Vicente Guerrero, Ignacio Zaragoza, Mariano Otero, el periodista Francisco Zarco, Ignacio Comonfort y Juan de la Granja, quien introdujo el servicio de telégrafos en México y terminó en una fosa común al no contar con familiares que pagaran su perpetuidad en el panteón.




