La catedral
Un verdadero privilegio ha resultado mi viaje relámpago al Masters de Augusta, Georgia, el pasado viernes, para llegar a la pequeña ciudad que se encuentra a unas dos horas y media de Atlanta por carretera. Hubo que volar a esa ciudad olímpica y, de ahí, rentar un auto ...

Pablo Carrillo
La neurona
Un verdadero privilegio ha resultado mi viaje relámpago al Masters de Augusta, Georgia, el pasado viernes, para llegar a la pequeña ciudad que se encuentra a unas dos horas y media de Atlanta por carretera. Hubo que volar a esa ciudad olímpica y, de ahí, rentar un auto para llegar la tarde-noche del jueves. El viernes a primera hora llegué al Augusta National Golf Club, por primera ocasión como aficionado, pues las otras cinco ediciones que tuve el privilegio de acudir fueron acreditado como prensa.
Realmente resultó muy emocionante llegar en punto de las ocho de la mañana a las puertas de la entrada norte, caminar a un costado de la hermosa práctica y observar unos instantes a los mejores golfistas del mundo calentando para afrontar su segunda ronda en el torneo de mayor importancia y solera del mundo, vaya belleza que es ese campo, inmediatamente se presentó la lógica emoción, muy diferente al acceso de prensa, que es por el hermoso centro informativo, pero ingresar por la puerta que en inglés denominan de los patrons, es decir, los aficionados, resultó un momento de mucha alegría. Francamente que se me llenaron los ojos de lágrimas, más aún cuando en el enorme marcador contiguo al hoyo 1 estaban los nombres de Abraham Ancer y Carlos Ortiz, así como el lábaro patrio ondeando con primor junto a todas las banderas de los participantes; por primera ocasión en los 85 años de ése, el gran evento del golf, dos compatriotas tomaron parte en la misma edición.
El precioso campo diseñado por Bobby Jones, mancomunadamente con el escocés Allistar McKenzie, en 1934, es un espectáculo por sí sólo, y cuando se adereza con los grandes exponentes del deporte de los bastones, el asunto es increíble.
Caminar durante los dieciocho hoyos siguiendo por la mañana a Carlos Ortiz y por la tarde observando a Abraham Ancer, ha sido una inolvidable experiencia, máxime que tuve la fortuna de hacerlo con amigos y familiares de los mexicanos, aunque la etiqueta sólo permite aplausos, nos dejamos las palmas rojas de tanto aplaudir los buenos tiros y putts de los nuestros.
Una gran fortuna resultó también poder observar durante dieciocho hoyos al que, a la postre, resultó campeón, el japonés Hideki Matsuyama, que era parte del threesome de Ancer, jamás imaginábamos, los que lo seguimos el viernes, que el domingo pasaría a la historia, al privilegio de ser miembro honorario vitalicio del Augusta National Golf Club, un privilegio que no sólo se limita al uso del saco verde con el logotipo del club en la bolsa del pecho, sino ser una leyenda viviente del golf.