Del mundo... mundial III
Honestamente es un deleite ver esos partidos mundialistas donde imágenes maravillosas nos deslumbran con momentos cumbre de nuestras selecciones en los pasados mundiales. La magia empezó en Estados Unidos 94, cuando después de un pésimo inicio del equipo que entonces ...

Pablo Carrillo
La neurona
Honestamente es un deleite ver esos partidos mundialistas donde imágenes maravillosas nos deslumbran con momentos cumbre de nuestras selecciones en los pasados mundiales.
La magia empezó en Estados Unidos 94, cuando después de un pésimo inicio del equipo que entonces comandaba Miguel Mejía Barón, se logró lo que hasta ese evento había sido imposible, avanzar a una segunda ronda. Hasta entonces era sólo un sueño, un hecho que fuera de casa jamás se había conseguido.
Valdrá la pena recordar aquel primer partido donde hasta el minuto 84 el marcador ante Noruega estaba empatado a cero, para nuestra mala fortuna llegó el gol de los nórdicos, que cayó como cubetazo de agua helada, Kjetil Rekdal nos hacía un gol tan espantoso como su nombre.
Todo parecía cuesta arriba hasta que vino aquel triunfo en Orlando ante la República de Irlanda que, por cierto, había ganado a Italia su primer encuentro en ese torneo. Dos goles de Luis García enderezaban el rumbo y el ánimo cambiaba notablemente.
No olvidemos a aquel equipo donde destacaban Jorge Campos, Claudio Suárez, Nacho Ambriz, Ramón Ramírez, Hugo Sánchez (que no hizo gran cosa), Luis García, Marcelino Bernal, Benjamín Galindo, Luis Miguel Salvador, El Jaibo Del Olmo, entre otros.
Sin embargo, el platillo favorito para quien esto escribe en los siete mundiales en los que he tenido el privilegio de trabajar siguiendo el TRI, es ese partido donde México lograba empatar en el estadio RFK de Washington D.C. a Italia con un golazo, aquel cañonazo de Marcelino Bernal.
¡Vaya emoción!
Se escribía una página imborrable en la historia de nuestro balompié, pues se lograba romper con el maleficio que por una u otra razón impedía a nuestra selección avanzar a una segunda ronda.
Parecía un sueño aquel festejo en plena capital estadunidense de todos los mexicanos, los de aquí y los de allá, que no podíamos creer ese inmenso resultado, sobre todo porque se perdía con los azzurri y la gallarda reacción no se hizo esperar para conseguir el empate y el boleto a la segunda ronda.
Después vino aquel partido infame en los octavos de final en el que se tenía al equipo búlgaro prácticamente en la lona, y entre que Mejía Barón se guardó los cambios y que a Hugo Sánchez le temblaron las piernitas para entrar a definir el partido, se perdió espantosamente en los horrorosos penales que patearon los nuestros.
Lo sustantivo de ese torneo es que se avanzó, se logró estar en la segunda ronda y se debió estar, por lo menos, en los cuartos de final.
A 20 años recuerdo ese gran Mundial, el del cambio, el del crecimiento.