Zona de confort

Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Rusia se adelantó, acaso al resto del mundo, al enfatizar, por instrucciones de José Stalin, la ciencia aplicada al deporte, con el objetivo puesto en los JO de Helsinki, 1952. El periodo posterior a la guerra fue, en la ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Rusia se adelantó, acaso al resto del mundo, al enfatizar, por instrucciones de José Stalin, la ciencia aplicada al deporte, con el objetivo puesto en los JO de Helsinki, 1952. El periodo posterior a la guerra fue, en la mayoría de los países, principalmente en Europa, Estados Unidos y Australia, de investigación en el campo agonal deportivo. Los conocimientos eran incipientes y podría considerarse que el talento natural de los atletas aún predominaba en la palestra olímpica. Se dieron importantes avances en atletismo y natación en cuanto a la fisiología del esfuerzo, distribución de cargas, descubrimiento de nuevas técnicas. El juego agonal se extendió al campo científico.

A medio siglo de los JO de 1968, bajo otro prisma y época se puede asegurar que las nueve medallas de México (3-3-3) fueron la consecuencia de la aplicación del conocimiento superior de entrenadores extranjeros en íntima conexión con la altura, sobre la que no había mayores experiencias científicas en lo deportivo.

En los J. Panamericanos de 1955 en la Ciudad de México se rompieron dos récords mundiales: el de salto triple por Orfeo Negro, Adhemar Ferreira da Silva, de Brasil, 16.56 el del 16 de marzo; y el de 400 m lisos por Lou Jones, Estados Unidos, 45.4, dos días después. De que la altura es un paraíso para los RM en ciertas pruebas queda el testimonio de que la Ciudad de México posee algo singular: es la única del planeta con siete RM en salto triple de los 27 que se han roto en la historia. Se sabía, además, que los nadadores de distancia podían mejorar en un minuto y más cuando competían a nivel del mar, pero no más allá.

Desde entonces, en 50 años ha corrido mucha agua bajo el puente. El talento natural y el entorno no son suficientes si no se cuenta con el respaldo de la ciencia y la tecnología, lo cual es equivalente a conocimiento y soporte de dinero.

En la actualidad, ocho países, los altamente industrializados, ganan más del 50% de las medallas de oro en JO y los 192 o poco más, las restantes. Diferencia sideral.

Sin la ciencia y la tecnología es poco lo que se puede hacer. Recuerdo la frase cruda, pesada, cruel, del entrenador húngaro Nicky Thierry, en su tiempo el más respetado estadístico del mundo en natación. Sin ciencia ni tecnología, “los países de América Latina están destinados al fracaso”.

Un análisis de nuestra realidad deportiva exige más que un comparativo de medallas. El triunfo de México en los J. Centroamericanos reclama mayor reflexión. De igual manera que una balanza no sirve para pesar sino para comparar pesos, las medallas muestran la diferencia entre dos o más conjuntos, pero no nos revelan la calidad del esfuerzo.

Federaciones como la de atletismo y natación no deben dejar a la interpretación lo que sucedió en Barranquilla. Tras la alegría pasajera, la situación no ha cambiado en nada. Seguimos siendo un país que no es capaz de formar un relevo de 4x400 metros, que, no obstante el esfuerzo digno, loable, de algunos nadadores y atletas, la realidad es que la velocidad de los RM crece año con año y las marcas mexicanas cada vez están más distantes. ¡20, 25, en algunas a 40 años de rezago! El crono no miente.

En los 90, la aspiración en algunas pruebas era que un nadador se colocara entre los 16 mejores en JO. Ahora, en zona de confort, nos muestran medallas y aquel objetivo es casi imposible.

Se requiere contratar técnicos o enviar a los deportistas al extranjero. Cambiar la visión política, social, comercial por la deportiva y competitiva. ¡Mayor esfuerzo!

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