Reflejos parisinos
En los últimos 17 días el planeta se sumergió en alegría, emoción y admiración en la burbuja multicolor que aún emiten con intensos destellos los Juegos Olímpicos de la XXXIII Olimpiada moderna, en París. Cuántos cambios, cuántas interpretaciones en el espectro ...
En los últimos 17 días el planeta se sumergió en alegría, emoción y admiración en la burbuja multicolor que aún emiten con intensos destellos los Juegos Olímpicos de la XXXIII Olimpiada moderna, en París. Cuántos cambios, cuántas interpretaciones en el espectro global de las competencias que reunieron a más de diez mil deportistas de más de 200 países; cuántos episodios significantes en la palestra y en su entorno en la diversidad cultural, política, sexual, económica, de incorporación de nuevos deportes; con los enfoques de la Guerra Fría, el choque de siglos entre la cultura de Occidente y Oriente, con todos los contras o deficiencias, que se pudiesen señalar a los JO ahí están, poderosos, gigantes, con gran influencia en la sociedad. Adaptándose y actualizándose, transformándose, con rapidez, a los cambios de época y predilección de la masa deportiva. Y si no fuese así, penetrando y creando atención y gustos en la mayoría. Momentos estelares de lucha, de esfuerzo, que despiertan la emulación de niños y adolescentes y en otros la admiración por la perseverancia, el arrojo de los atletas por alcanzar la victoria. De las tantas aristas que proyectan los JO elijo primero la acción extremadamente difícil, dura, que representa la competencia. ¿Qué imagen tenemos de un campeón olímpico? Un hombre o una mujer que comunican la cualidad suprema en el deporte: la excelencia. Una mujer u hombre, hombre o mujer, de clase superior, capaces de lograr objetivos elevados, inaccesibles, en la cultura del esfuerzo y de la lucha, a la mayoría de los mortales. Y no obstante observe, amable lector, del ramillete de unas 24 pruebas individuales en el atletismo, sólo 4 o 6 repiten el oro. El resto muerden el polvo de la derrota. La competencia olímpica es de lo más incierta, hermosa y cruel. Perdurarán por muchos años las imágenes de esfuerzo y triunfo de Léon Marchand, Sifan Hassan, Novak Djokovic, Ariarne Titmus, Armand Mondo Duplantis, Simone Biles, la pugna en basquetbol entre Estados Unidos y Serbia, la victoria de Italia sobre Estados Unidos en voleibol femenil… Algunos actores necesitaron más de 20 años, día tras día, de tenacidad y esfuerzo diamantino. Presento unos datos sencillos y elocuentes de lo que representa el entorno deportivo, político, económico, cultural, en la tradición de algunos pueblos que cultivan el agón: ocho países dominan al resto del planeta: 1) Estados Unidos, 40 oros; 2) China, 40; 3) Japón, 20; 4) Australia, 18; 5) Francia, 16; 6) Países Bajos, 15; 7) Gran Bretaña, 14; 8) Corea, 13. Un total de 176 preseas contra 152 del resto del mundo. Sólo 84 naciones obtuvieron, cuando menos, una medalla de bronce. Y esto sucede, sin elaborar consideraciones subjetivas, cada 4 años. El lector conoce las razones. París deslumbró con la organización, arquitectura, con lo profundo y fresco de su cultura. En la ceremonia de clausura distinguió a un gran derrotado, en modelo de nobleza: Eliud Kipchoge. Rememoremos las palabras que Aquiles dirigió a Néstor en el funeral de Patroclo: “Toma, anciano. Te distingo porque no podrás ser parte ni en el pugilato ni en la lucha ni en el certamen de dardos ni en la carrera; ya que te abruma la vejez penosa”.
