Náufragos, en balsa

El elegante héroe deportivo francés Léon Marchand tomó del pebetero, en forma de globo aerostático, la lamparita de metal dorada y de cristal con la simbólica llama sagrada de Olimpia. Rota la tensión, sus pasos, al caminar del jardín de las Tullerías al estadio ...

El elegante héroe deportivo francés Léon Marchand tomó del pebetero, en forma de globo aerostático, la lamparita de metal dorada y de cristal con la simbólica llama sagrada de Olimpia. Rota la tensión, sus pasos, al caminar del jardín de las Tullerías al estadio olímpico, eran serenos; su rostro expresaba alegría. En el estadio, junto con el célebre keniano Kipchoge, que probó el polvo de la derrota en el intento de un tercer oro en maratón; Thomas Bach, presidente del COI, y otros deportistas, apagaron el fuego votivo con un soplo que irradió para los televidentes nostalgia, un dejo de tristeza. 17 días de acción, lucha, grandeza, habían terminado. La luz se desvaneció gradualmente como la del Sol en el ocaso. Todos los componentes de la organización de los JO —que algunos conspicuos comentaristas confunden con olimpiada— funcionaron con exactitud sideral. Arrojaron una pluralidad de significados, percepciones, reflexiones, contradicciones. Al despertar el lunes, regresamos a la realidad, acompañados de un vacío. Las televisoras desenchufaron los JO. Cuestión social y cultural: un partido de futbol intrascendente lo repiten varias veces hasta el hartazgo, aun acaso, para los fanáticos. Existe algo o mucho de simulación e indiferencia cuando durante dos semanas y pico elevaron a los campeones olímpicos a lo más alto del pedestal y, de súbito, bajan el telón. Y hasta dentro de 4 años; a otra cosa mariposa. Nada les llamó la atención como para dedicar algunos minutos y subrayar las excelencias. Un breve tiempo a los momentos estelares. (Marchand en los 400 m combinado, Ledecky con su novena medalla, las náyades mexicanas, el récord mundial (6.25 m) de Duplantis,… un universo para elegir). Se alejó con rapidez en nuestro país el deporte olímpico universal. Allá va, muy lejos, como náufragos en balsa en medio de un punto desconocido del océano. Desaparece para dar paso a la cultura del golazo y del golazazazazo, donde todo es histórico y la razón la tiene el que grita más fuerte o se indigna con intensidad en el micrófono, en la pantalla de cristal, en la tinta embarrada en papel que todo lo aguanta. Este fenómeno refleja la cultura y sociedad del país. Sociedad, política, pueblo, como vasos comunicantes. Las comparaciones del deporte tan hermosas, desvirtuadas. “Mejor” en logros que en los últimos JO del siglo XXI. “Los programas a largo plazo”. La realidad es otra: el reloj se detuvo en los JO de 1968. La causa principal, la ausencia de un núcleo de entrenadores de altísimo nivel que llegaron, en 1965 y 1966, sin conocer la idiosincrasia del mexicano: Jerzy Hausleber, Ronald Johnson, Tadeusz Kepka, Lester Lane, Gabriel Cherebetiú, Enrique Nowara, Casimiro Marzek… Edificaron un deporte olímpico que no ha sido superado en 56 años. Los JO dejan mensajes inspiradores en alcanzar la grandeza y el perfeccionamiento mediante el entrenamiento diario. Reorientar el deporte-competencia y la educación física es una tarea muy difícil; aquél exige dureza, al alcance de muy pocos, y ésta requiere la formación de una cultura dirigida a la salud al alcance de la mayoría.

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