Luchador creativo

Los hilos de la comunicación corrieron por el plane­ta y extendieron un velo de duda sobre la sede de los Juegos Olímpicos de 1968 en cuanto a la capacidad organizativa de México. Era la segunda ocasión en que los JO salían de Europa y la primera a la región de ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

 Los hilos de la comunicación corrieron por el plane­ta y extendieron un velo de duda sobre la sede de los Juegos Olímpicos de 1968 en cuanto a la capacidad organizativa de México. Era la segunda ocasión en que los JO salían de Europa y la primera a la región de América Latina, con algunos países que proyec­taban inestabilidad política, económica, social. Las agencias internacionales divulgaban voces adversas y sombrías perspectivas en las competencias por los 2,240 m de altura del Distrito Federal. Las versio­nes debieron llegar a oídos de Gabriel Cherebetiu Domsa, entrenador y notable jugador que había ob­tenido con la sexteta de Rumania la tercera posición y medalla de bronce en el Campeonato Mundial de Voleibol celebrado en Moscú 1962. Un año después había sido designado auxiliar del equipo rumano a Tokio 64, pero la Federación de su país cambió de planes al aceptar, para él, la invitación de un técni­co por parte del COM, que dirigía el general José de Jesús Clark Flores, quien, además, era vicepresi­dente del COI. Su primera experiencia, al observar que la mayoría de las mujeres no eran aptas para el voleibol, pues no rebasaban del 1.60 m de estatura, y los hombres del 1.70, reflejó la naturaleza de su carácter; un hombre de fortaleza espiritual acos­tumbrado a enfrentar y a resolver situaciones ad­versas. El doctor Cherebetiu estaba preparado en el campo del deporte, de la técnica, de la ciencia. En acción de apostolado, como el que se lanza a buscar agua en el desierto con la seguridad y cer­teza de encontrarla, recorrió los estados norteños. Aquel extranjero que tan sólo disponía de tres años para su propósito olímpico, poseía la capacidad de persuadir de hacer creer que lo imposible era posi­ble; invitó y convenció a jóvenes altos, que ignora­ban lo que era el voleibol, los JO, la competencia; a que dejaran familia, amistades, el terruño. El doctor Gabriel Cherebetiu como un escultor que cincela en el cuerpo y espíritu de aquellos jóvenes, a los que hace entrenar horas y horas como esclavos de la pe­lota, la red y la duela, les da forma y talla; no sólo los moldea físicamente, sino, además, les comunica la chispa de la competencia que los llevó a mirar con mayor detenimiento y proximidad la cumbre olím­pica. Se rodeó de entrenadores y médicos mexica­nos, enseñó e intercambió experiencias. Ideó un programa para desarrollar la fuerza y las cualida­des neuromusculares; influyó en la medicina depor­tiva y se formaron centros de investigación. Con el fisiólogo e investigador rumano Miron Georgescu y los doctores mexicanos Joel Cervantes y Ricardo Villalobos creó un sistema (Michecevi, acrónimo) de valoración en saltos, tiempos de reacción, eva­luación. La presencia del doctor Cherebetiu, en las últimas décadas director de fisiología cardiovas­cular en el Hospital Ángeles del Pedregal, significó una conjunción de esfuerzos que dieron al deporte y al voleibol de México trascendencia de magnitud olímpica. Sus manos crearon de la nada.

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