FIFA de Literatura
Desde hace más de un siglo vivimos en un país de simulación. En la década de los 40, los maestros de primaria enseñaban: “Un esclavo al llegar a México, con tan sólo poner un pie en nuestro territorio, es hombre libre”. Aunque no se tuviese precisa la noción, el ...
Desde hace más de un siglo vivimos en un país de simulación. En la década de los 40, los maestros de primaria enseñaban: “Un esclavo al llegar a México, con tan sólo poner un pie en nuestro territorio, es hombre libre”. Aunque no se tuviese precisa la noción, el corazón se llenaba de alegría y admiración, pues se intuía que al extranjero se le daba un bien duradero.
Años después, al leer México bárbaro, de John Kenneth Turner, se conoce la realidad. Los hermosos edificios de Paseo Montejo, en Mérida, Yucatán, en la época del oro verde, se edificaron con la sangre, el sudor y la injusticia de indios yaquis y mayos de Sonora. Firmaban un contrato, los casan, los obligan a pagar por el traslado en ferrocarril y barco, de Sonora a Veracruz, y Yucatán; heredaban la deuda a sus hijos.
En los albores del pasado siglo, Turner, en sus visitas al país, descubre un pueblo regido por la Constitución y leyes justas... que no se cumplen; un país “en el que un hombre grande y bueno todo lo ordena bien para su tonto, pero adorado pueblo”. Que no se reconociera la esclavitud es distinto.
Hace unos días, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, entregó a Donald Trump el Premio FIFA de la Paz, en uno de los actos más despreciables que se hayan presenciado en el gradual desmoronamiento del concepto deporte y otros elementos que lo ensombrecen y corrompen. Impensable que algo paralelo suceda en la esfera de los Juegos Olímpicos o campeonatos mundiales, esencialmente por lo hueco, banal y falso del reconocimiento público.
En 2015, la Comisión de Ética de la FIFA suspendió por ocho años a Blatter y a Platini por actos de corrupción; un tribunal suizo los condenó con una veintena de años de cárcel, pero se les concedió clemencia por ser ancianos; absolución al estilo Fujimori. La CE debe actuar.
El titular de la FIFA ha roto al mezclar con cinismo de lo más rastrero la calidad evanescente del deporte del futbol con la política. Infantino hace reverencia al tótem del poder y del dinero. La claque y la manada, desde su anonimato, aceleran la transformación de la sociedad y los valores. De un sujeto de tal calaña puede esperarse todo.
Inquieta tan sólo de modularlo vaporosamente en la ingravidez de la palabra que conceda en el Azteca, en plena inauguración del Mundial, el Premio de Literatura FIFA al autor de un libro reciente que ni siquiera, se afirma, el propio autor ha leído, pero que ya circula en cantidades industriales; opaca, en volúmenes, las ediciones de los primeros libros de Dickens, Vargas Llosa, Fuentes y otras celebridades juntos. Premio FIFA al libro destinado a quienes simulan ser lectores.
COI y FIFA, los organismos más poderosos del planeta, sus presidentes, el belga Henri de Baillet-Latour y el francés Jules Rimet, se separaron por sus ideas de amateurismo y profesionalismo en 1925; y en 1930 se crea la Copa Jules Rimet. Sólo que la FIFA se aleja cada día más de los valores del deporte. La CE de FIFA debe cancelar reconocimientos que deshonran futbol y deporte. Simulación política que, en el fondo, oculta otros fines.
