Esperpento
Quienes presenciaron los Juegos Olímpicos de Sidney 2000 en la pantalla de cristal seguramente recordarán cómo el andarín Bernardo Segura, tras haber recibido la tercera amonestación, lo que implicó su descalificación en los 20 kilómetros de caminata, con aire ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Quienes presenciaron los Juegos Olímpicos de Sidney 2000 en la pantalla de cristal seguramente recordarán cómo el andarín Bernardo Segura, tras haber recibido la tercera amonestación, lo que implicó su descalificación en los 20 kilómetros de caminata, con aire indiferente, al círculo rojo que le mostraba el juez, se mantenía impertérrito mientras era entrevistado. Los aficionados al atletismo estaban totalmente ciertos de que el caminante había sido descalificado. Y, sin duda, él lo sabía desde antes de cruzar la meta y entendía perfectamente el sentido y significado del mensaje directo que recibía, en juego claro de protagonizar el papel de víctima de una gran injusticia; su conducta de engaño, malicia y farsa era la de conmover y sacudir a los desconocedores y hacerles creer que era el ganador de la medalla de oro. Algo semejante ocurre con la clavadista Paola Espinosa, quien parece ignorar que el tercer sitio que consiguió en la prueba de trampolín de tres metros de clavados sincronizados, en el Campeonato Mundial de Gwangju 2019, con su compañera Melanie Hernández, no fue un logro de calificación personal a los Juegos Olímpicos de Tokio, sino que, conforme los criterios universalmente difundidos por la Federación Internacional de Natación (Fina), la plaza no es para los clavadistas, sino para el país que representan.
En el 2004, cuando estaba fresca la excepcional actuación de Laura Sánchez y Paola Espinosa en el Mundial de Barcelona 2003, la clavadista Adriana Jiménez ganó para México la plaza olímpica para Atenas 2004. Como ocurre en los países que cultivan la bárbara y sangrienta fiesta de toros —me parece que pertenece al notable escritor y periodista español Manuel Vicent, del diario El País, la frase de: “Si el toreo es cultura, entonces el canibalismo es gastronomía—, además del tremendismo, se vive en una atmósfera en la que impera la pasión por rendir culto con devoción eterna al ídolo o a las figuras deportivas. Las autoridades del deporte descartaron a Adriana y le otorgaron la plaza a Paola Espinosa.
En el 2008 fue Jashia Luna la que conquistó la plaza olímpica para México. El criterio fue que Paola debía ser la elegida para Beijing. Este procedimiento lo conoce la clavadista. Ella sabe que el sitio que logró con Melanie en Gwanjgu no les pertenece a ellas sino a México. En el esperpéntico, intrascendente y largo culebrón se suma, para mayor confusión, que quien tiene la jerarquía deportiva de establecer los criterios de selección olímpica es la Federación Mexicana de Natación. Sólo que Paola, ligada íntimamente a este organismo, dispara dardos al órgano del deporte de gobierno. Y éste, para mayor embrollo, se manifiesta impertérrito, impasible, acaso ni se da por enterado ni le importa, que el sujeto Kiril Todorov, titular de la FMN, está empeñado en llevar al abismo a la natación.>