Bannister trepó al Everest en la pista de ceniza de Oxford
“Cada mañana en África se despierta una gacela. Sabe que tiene que correr más rápido que el león más veloz si no quiere morir devorada. Cada mañana en África se despierta un león. Sabe que tiene que correr más rápido que la más lenta de las gacelas si no ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
“Cada mañana en África se despierta una gacela. Sabe que tiene que correr más rápido que el león más veloz si no quiere morir devorada. Cada mañana en África se despierta un león. Sabe que tiene que correr más rápido que la más lenta de las gacelas si no quiere morir de hambre. No importa si eres león o gacela. Cada mañana, cuando salga el sol, empieza a correr todo lo que puedas”.
Relato africano y frase motivacional que se le atribuye a Roger Bannister.
El espíritu humano buscaba otros horizontes.
El 17 de julio de 1945 el atleta sueco Gunder Hägg, en la pista de Malmoe corrió la milla en 4:01.4. Dos meses atrás había finalizado la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos había perdido cerca de 500 mil soldados, mientras que la URSS, entre soldados y civiles, con el acentuado horror en el sitio de Leningrado, 27 millones de personas.
En junio de 1946 José Stalin da a conocer un manifiesto que en uno de sus puntos contenía el objetivo de convertir a la URSS, con el auxilio de científicos, especialistas y entrenadores, en una superpotencia en Educación Física y Deporte, con la idea de mostrar el poder político y social del sistema. Se siembra y nace la ciencia aplicada al deporte. De 11 enfrentamientos en Juegos Olímpicos, la URSS ganó siete y EUA cuatro.
Los franceses Maurice Herzog y Louis Lachenal conquistan la cumbre del Annapurna en condiciones dramáticas, heroicas, el 3 de junio de 1950. Y tres años después, con el mundo en busca del último gran desafío, sir Edmund Hillary y el sherpa Tensing Norgay escalan la cumbre del Everest, de ocho mil 848 m de altura sobre el nivel del mar. Se habían descubierto continentes, ríos, montañas. El hombre había llegado al Polo Norte con Peary, y en el Polo Sur quedan vivas, eternas, las imágenes de victoria del noruego Roald Amundsen, y de lucha y muerte del capitán Robert Falcon Scott con la tragedia de su expedición.
La hazaña de Hägg fue posible porque Suecia no intervino en la Segunda Guerra Mundial. En aquella época, científicos, aficionados, deportistas, mantenían la idea de que los cuatro minutos en la milla representaban los límites del hombre. Romper ese muro era imposible. Al aproximarse el atleta, se desplomaría muerto de un colapso.
El 6 de mayo de 1954, ráfagas de viento helado agitaban las banderolas y levantaban nubecillas de polvo en la pista de ceniza de Iffley Road, en Oxford. Unos tres mil aficionados esperaron pacientes con la esperanza de presenciar uno de los más grandes acontecimientos del deporte. Poco después de las seis de la tarde el viento amainó.
Las zancadas de Roger Bannister, de 25 años de edad, iban detrás de las liebres Chris Brasher y Chris Chataway. “Faster, faster”. Más rápido, arengaba Bannister en los primeros metros. Brasher se retrasó y Chataway marcó el paso y protegió del viento a Bannister, quien corrió en solitario los últimos 200 metros.
Al cruzar la meta, el cronómetro marcó 3:59.4. Sufrió un síncope. Se había trepado al Everest en la pista de Oxford.
Bannister rompió los moldes de las ideas que imperaban en aquella época. Fue un precursor que rompió las barreras mentales. Los nombres de grandes atletas parpadean. El de Bannister permanece inmarcesible en el tiempo y en el espacio. A lo imposible le dio dimensión humana.
Su récord duró 46 días. Lo rompió el australiano Landy con la ayuda de Chataway en Turkú. Otros 36 atletas cruzaron en 1954 la frontera de los cuatro minutos. Como Hillary abrió el camino a la cumbre.