Cien años con Manolete
Mañana se cumple un siglo del natalicio del IV Califa, Manuel Rodríguez. El torero de la posguerra, el amigo de Dalí, el muso de Joaquín Sabina y el amante de Lupe Sino. Volverán las imágenes entre el matador y el Miura llamado Islero, en aquella trágica tarde de Linares

CIUDAD DE MÉXICO.
Cada vez que se escribe de Manolete llega de inmediato la imagen morena del cordobés frente a Islero, el Miura que hizo inmortal al hombre antes de fallecer en el ruedo. Brincan anécdotas sobre el IV Califa, como se le conoció al matador de mirada triste y carnes magras. Aquél, cuya nariz afilada y cicatriz junto a la comisura del labio se multiplicaron en los diarios de España. El torero de la posguerra, el amigo de Dalí, el muso de Joaquín Sabina. También fue el rival del diestro Luis Miguel Dominguín y el amante de Lupe Sino, la que dicen lo llevó a la perdición.
Mañana se cumplirá un siglo de que el mejor torero llegara a este planeta. Lo hizo en Córdoba, España, rodeado de rosarios, crucifijos, muebles viejos, pasodobles, capotes y monteras. Dicen que la decisión de convertirse en torero en los años de la posguerra era por traer el estómago vacío. Manuel Laureano Rodríguez Sánchez lo fue por dos razones: venía de una dinastía taurina que se había arruinado. Había, pues, hambre y las ganas de torero.
El primer Manolete fue su abuelo, banderillero sin suerte. El segundo fue su padre, con el mismo apodo y la mala fortuna del primero. Así que aquel niño de largas piernas y orejas prominentes buscaría salir de la pobreza probando las suertes en el ruedo. Él decía que quería torear en su natal Córdoba, sin saber que en un futuro no muy lejano se convertiría en el Monstruo de todos los ruedos. Incluyendo el lejano y desconocido Méjico (sic).
Aquel Manolito que posaba para sus primeras fotos en un caballito de cartón, tomó la alternativa a los 22 años, el 2 de julio de 1939 en Sevilla, con Chicuelo como padrino y Gitanillo de Triana el testigo. Este último estaría también en la última corrida del matador.
Y los amantes de los ruedos comenzaron a repetir su nombre. Lo mismo los gritones que narraban las crónicas taurinas que se escuchaban en los radios de grandes bulbos y documentales en blanco y negro.
Como aquella tarde en Las Ventas de Madrid, otra vez en julio (1944). Manolete lidió a Ratón, el último de la tarde, de la ganadería portuguesa de Pinto Barreiros. La faena consagró al hombre vestido de luces, premiado con las dos orejas de la bestia. Dicen que en aquella plaza madrileña todavía se escuchan ecos de la ovación.
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Joaquín Sabina retrata (De purísima y oro) la manera en que el encumbrado matador de toros y su enamorada eterna se conocieron. “Maestro, le presento a Lupe Sino, lo dejo en buenas manos, matador”. Eran los años de la posguerra, el fascismo y la hambruna.
Lo que escribe Juan Soto, uno de sus biógrafos, es que ella se llamaba Antonia Bronchalo Lopesino, mejor conocida en los caros burdeles como Lupe Sino. Era una mujer adelantada a su tiempo, con quien, según el escritor, Manolete conoció el sexo, el amor, el whisky, la cocaína y las noches flamencas. Una novia imposible, con quien vivió sus últimos cuatro años de vida.
El personaje murió a los 30, como 30 el número de las cicatrices que se tatuó en los ruedos. La mujer de ojos verdes trabajaba en el bar Chicote. Fue una pesadilla en tacones para doña Angustias Sánchez, madre del torero idolatrado.
En sus años de gloria, Manolete era asediado por periodistas, artistas e intelectuales que tenían cierto agrado con aquel matador de toros, quien se acercaba lento al burel, de frente, y lo hipnotizaba con el capote. Un torero vertical. Como una estatua. Y certero como pocos con el acero.
Salvador Dalí lo inmortalizó en un cuadro surrealista llamado Torero alucinógeno. En la delirante ofrenda del catalán, el rostro del matador aparece en un torso femenino. A un lado de la figura, el paseíllo. Ambos artistas, el del pincel y el del capote, fueron acusados de ser simpatizantes de Franco.
Escribe Francois Zumbiehl (Mañana toreo en Linares) que “Manolete estaba dispuesto a arriesgar y sacrificar la vida para estar lo más arrimado al toro”.
Comenta que Manuel Rodríguez tenía una personalidad muy fuerte, aunque muy poco comunicativo. “Y cuando se vestía de luces, era muy exigente consigo mismo”.
Miles de aficionados a los toros en el Méjico (sic) de los años 40 fueron testigos de su manera de tomar el capote. Fue en la inauguración de la Plaza México (5 de febrero de 1946) y lo esperaban los diestros mexicanos Luis Castro El Soldado y Luis Procuna. Aquella tarde, el español se convirtió en el primer torero en obtener una oreja en la Plaza México. Fue ante Fresnillo, el segundo de la tarde. Procuna lo secundaría.
Aunque Manolete se presentó en nuestro país un año antes, en El Toreo de Cuatro Caminos. Lo hizo al lado de Silverio Pérez y Eduardo Solórzano. Fueron tantas sus ganas de triunfar que Manolete recogió la oreja del toro en turno en la enfermería, tras ser cogido al tirar a matar. El Faraón de Texcoco (Silverio) exclamaría: “Si hoy toreo con ese que se arrima tanto y quiero estar por encima, es un buen momento para hacer el testamento”.
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La última sonrisa de Manolete en el ruedo de Linares… viste de rosa pálido y oro… lo espera Islero, Miura negro entrepelado y bragado de 495 kilos… el quinto toro de la trágica tarde del 28 de agosto de 1947… Manolete y Lupe Sino pensaban casarse en ese año… “es un torero de trucos baratos”, escupe Hemingway… “el gringo no sabe de toros”, sale al paso Luis Miguel Dominguín, aquel diestro que acompaña a Manolete en el ruedo maldito… Islero le corresponde al torero que enamora a las artistas gringas… Manolete se lo arrebata… el Miura está en los entablados… se miran maestro y bestia… estatuas de piedra… Manoletina con la diestra, toreo lento y pasodobles… Gitanillo de Triana es el tercero vestido de luces… la mirada de Manolete en el burel cansado, la espada en la diestra… silencio en el ruedo. La hora se acerca… hombre y bestia cruzan las miradas… hay sangre en la arena… pánico en sol y sombra… el tiempo se detiene… el toro herido alcanza al enemigo y lo lanza como trapo… la ingle derecha del matador sangra a borbotones… Islero queda tendido en el ruedo… Manuel Laureano Rodríguez Sánchez agoniza en la enfermería… “qué disgusto se va a llevar mi madre”, dice… la vida que se va… le he visto morir matando, le he visto matar muriendo.
Mañana se cumplen cien años del nacimiento del mejor torero de todos los tiempos. Volverán las fotos, los videos y miles de charlas en torno al diestro. Como aquella tarde, volverán el hombre y la bestia a enfrentarse en Linares. El torero dibujará la última sonrisa. Después, el eterno enfrentamiento. Manolete su apodo, Islero el de la bestia.

Elegía a Manolete
¡Pero si no puede ser
lo vi con mis propios ojos
y no lo puedo creer!
¿ Sabe usted una cosa, mare?
¡Hoy ha muerto Manolete
en la plaza de Linares!
Qué momento más tremendo.
Lo he visto morir matando
le he visto matar muriendo.
Fue un torito traicionero
de la raza de Miura
que le llamaban Islero.
Mucha casta, más bravura.
¡Malhaya sea la fama
de los toros de Miura!
Pero si no puede ser..
¡lo vi con mis propios ojos
y no lo puedo creer!
¡Linares, Linares!
enluta tu corazón
con crespones y alamares
que ha muerto de la afición
el pilar de los pilares.
Tiene los ojos cerraos
el mejor de los toreros
también se llamó Manuel
lo mismo que el Espartero.
El as de los ases fue
mezcla de gitano y moro
Manolete el cordobés
su vida dejó en un toro.
En Córdoba se ha enlutao
el más alto minarete
que en la plaza de Linares
mató un toro a Manolete.
Autor: Salvador Ruiz de Luna

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