De purísima y oro; un tipo llamado José Tomás

El maestro que se pega al toro y que se para en lugares en los que otros ponen la muleta tiene una cita hoy, en el ruedo de la Plaza México

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Foto: Héctor López-Archivo

CIUDAD DE MÉXICO.

Hay en su mirada una señal de autismo, como si en su mundo sólo existieran él y la bestia que presiente la muerte. En su pierna izquierda un tatuaje dantesco, hecho a fuerza de una cornada que casi le arrebata la vida. Una veintena de cicatrices que hacen de su cuerpo el mapa de un torero. Se llama José Tomás. Los que lo han visto en el ruedo (no hay otra manera, porque el diestro se ha peleado con la TV) dicen que es un marciano vestido de purísima y oro, el goleador prohibido del Atleti, el mismo al que el abuelo Celestino Román le destrozó los balones cuando chaval con el fin de que no perdiera el rumbo hacia los toros.

Se llama José Tomás. Y cuentan los testigos, los que tienen el privilegio de conseguir un sitio en la plaza escogida, que el español no le tiene miedo a la muerte. Lo acusan de buscarla, que se ha parado donde los otros matadores ponen la muleta.

Los periodistas taurinos dicen que no sabe hablar y que por ello les da la espalda. Se molestan al enterarse que el hijo pródigo de Galapagar prefiere que sea el cantante Joaquín Sabina el que entre a la intimidad de sus palabras. O que el diestro se atreva a tomar la pluma y, de puño y letra, escriba el Diálogo con Navegante, aquel toro marrón entrepelado de 478 kilos que por poco le quita la vida en la Plaza de San Marcos y suele aparecerse en sus sueños.

Hace ya más de 20 años que tomó la alternativa en la México, de manos de Jorge Gutiérrez y Manolo Mejía como testigo. Él buscaba que fuera el maestro Silveti quien le hiciera los honores, pero cuestiones médicas lo impidieron. Dicen los viejos cronistas que se hizo novillero en México, porque no tenía la edad suficiente para titularse en los grandes ruedos españoles.

Y fue, por cruzar muy pronto el Atlántico, que José Tomás le tomó el gusto a lo mexicano: los toros nerviosos y arrogantes, los tacos y el picante, el tequila y el mariachi, cuya guitarra le recuerda constantemente que así se llamó su primer toro en la Plaza México, Mariachi.

Mención especial merecen las canciones del otro José, el mexicano. Aquél que un día escuchó José Tomás cuando toreaba en el campo y ‘despacito, muy despacito’ se fue metiendo en su corazón. Los que han cruzado palabras con el diestro comentan que el madrileño suele tararear frases de José Alfredo Jiménez antes de coger capote y muleta.

Con el tiempo y mucho valor, José Tomás regresó a su terruño y conquistó Madrid y Barcelona. El mundo entero. Les enseñó a sacar pañuelos, a olvidarse de Franco y hablar en catalán. Volver a hablar de toros como en los tiempos de Manolete, el que por cierto tiene obsesionado a José Tomás. El usar el traje de luces con los colores del torero fallecido e intentar la Manoletina no es mera casualidad.

José Tomás ha logrado que sus contemporáneos parezcan simples chambelanes. De Enrique Ponce, de quien ha dicho que le tiene miedo a los toros, piensa que trata a la bestia muy a la distancia. ¿El Juli?, los críticos le auguraban un promisorio futuro, pero ante el arte de José Tomás, aseguran que se convirtió en su Salieri.

El toreo es arte y no números, mas resulta interesante observar que el español suma 627 orejas, 17 rabos y 909 reses a lo largo de sus más de 20 años de pisar los ruedos desde que tomó la alternativa. No hay plaza que no se rinda a sus pies. Las reglas las impone el matador y los empresarios obedecen.

El único que se atrevió a faltarle el respeto se llamó Navegante. Casi le arranca la vida. En realidad se llamaba Velador y tenía seis años de edad. Ocurrió el 24 de abril de 2010 en San Marcos, su plaza favorita. Marcado con el número 87 de la letra A, de la ganadería de Santiago, el toro negro entrepelado, de 478 kilos y rebautizado horas antes por el ganadero en cuestión, Navegante intentó acabar con el torero para dar paso a la leyenda. Como si fuera un trapo y no un hombre de 70 kilos, el animal lo levantó con el cuerno izquierdo clavado en la pierna zurda del sorprendido torero. Durante eternos segundos lo zarandeó. Tiempo suficiente para abrir una herida en la que cabía un puño y por la que se le escapaba la vida a borbotones.

Momentos de pánico. José María Napoleón, cantante de aquellas tierras y amigo del torero herido, abraza a José Tomás (el padre). “¡Se me muere mi hijo, se me va!”, los gritos en sollozos de un hombre viejo que con el tiempo aceptaría que “los grandes toreros han tenido muchas cornadas. Y mi José Tomás no entiende otra manera de torear si no es pegado al toro”.

La sangre se le iba como grifo de agua. La voz de la plaza pedía donadores de un tipo raro de sangre (A negativo) y muchos espectadores corrieron a formarse para regalar su plasma al diestro agonizante. Un boquete de 15 centímetros de profundidad y casi dos litros regados en la arena, dejando un camino manchado hasta la enfermería. Los creyentes aseguran que José Tomás murió esa tarde y que resucitó en el hospital. Por eso le dicen el dios de piedra. El quinto evangelista. El diestro español que hoy lleva sangre mexicana en sus venas.

Navegante era el quinto toro de la tarde y el segundo para el madrileño. Aquella ocasión alternaba con Rafael Ortega y El Payo.

Aseguran que la cabeza de Navegante está colgada en la pared de una modesta casa, a tres calles de donde ocurrió su muerte. Que una mujer llamada Ana Gabriela Carrillo Robles pagó 20 mil pesos por ella.

Tiempo después apareció, ante cámaras y micrófonos, un José Tomás con un manchón blanco en el cabello y el rostro endurecido. Juran que el miedo del toreo envejece, y que mirar a la muerte a los ojos te hace caer en la locura. Quizá por ello es que José Tomás confiesa que en muchas noches se le apareció Navegante. Que se hicieron amigos. Lo dijo en la presentación de su libro Diálogo con Navegante.

“El toro se me aparece en muchos momentos. A veces le puedes preguntar, otras intentas descifrar las reacciones inesperadas. A algunos encuentras respuesta, a otros no. El toro siempre es imprevisible. En este territorio la muerte está presente y para superarla, de la primera a la última embestida, hay que ponerse en el sitio”.

Hubo un tiempo que el matador decidió abandonar los ruedos. Lo hizo de puntitas y en silencio. Cinco años de ausencia (2002-2007) en los que el madrileño se vistió de paisano, se dejó la barba e intentó cumplir su capricho de jugar a la pelota, como lo soñó de chamaco mirando al Atlético de Madrid. Jugó, sí, pero en Estepona y en un equipo  de amigos llamado El Macarena.

También le dio por leer, por ejemplo la historia de Ava Gardner. Se titula Beberse la vida y cuenta los amores de la diva, entre ellos el torero Dominguín. También sus pasiones como los toros, el flamenco, el alcohol y el trasnoche.

Fue el tiempo en el que se hizo amigo de Joaquín Sabina, confesarse admirador del trovador y sus letras bohemias, especialmente aquella de Purísima y oro y Sin embargo. Luego vendría su amistad con José María Napoleón, quien le dedicó un paso doble con mariachi y las canciones de José Alfredo.

Hoy, José Tomás volverá a la México, al ruedo que Manolete y José Tomás pisaron. Afuera de la plaza un cartel que dice: “ya no hay boletos”, mientras aficionados de otros países toman carreteras y aviones para intentar ser testigos del último mito del toreo.

José Tomás dice que se imagina toreando al son del mariachi. Nosotros lo imaginamos vestido de Purísima y oro y pegarse peligrosamente al animal en turno. En el ruedo el silencio. José Tomás se enfrenta al toro y se dibujan dos estatuas en movimiento. Despacito, muy despacito.