El martes, en el Palacio Libertad de Buenos Aires, a puerta cerrada, el administrador de la DEA presentó a Omar García Harfuch ante delegaciones de más de 100 países y lo llamó amigo. Terrance Cole repasó sus casi dos décadas de servicio público y lo describió como socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos. Mencionó el atentado de 2020 en el que murieron dos de sus escoltas y dijo ser consciente del riesgo personal que el cargo implica. A García Harfuch le tocó el mensaje principal de la ceremonia inaugural.
Al lado hay que poner la otra escena de la misma semana. El jueves anterior, Andrés Manuel López Beltrán anunció por carta que Estados Unidos le canceló la visa. La misiva, fechada en Teapa, acusa a Marco Rubio y a Christopher Landau de haber ordenado la revocación; la embajada respondió que los expedientes de visado son confidenciales. Al hijo del expresidente se le retira el documento sin que nadie enseñe un papel, y el gobierno mexicano se entera por Instagram. Es el caso cincuenta y tantos de una lista que sigue creciendo. El martes, la Presidenta añadió el dato que a mí más me inquieta: México ni siquiera lleva un registro de esas cancelaciones, porque el Departamento de Estado sostiene que son trámites individuales y no un asunto entre Estados.
Ése es el clima. Aranceles, designaciones de narcoterrorismo, expedientes que nadie muestra y una retórica que trata a México como problema antes que como socio. Por eso importa tanto lo del martes. En medio de todo eso hay un funcionario mexicano al que Washington escucha, invita y sienta como par frente a cien países. No es una concesión que nos hicieron: es uno de los contados activos que este país tiene sobre la mesa ahora mismo. Y hay que decirlo sin rodeos, porque aquí se volvió costumbre sospechar de quien logra llegar a esa mesa. La alternativa a la interlocución no es la dignidad, es que las decisiones sobre México se tomen sin México, como se tomó la de Andy.
La Presidenta contó que su gobierno había decidido primero no ir, por la historia reciente de la DEA con México, y que consultó al gabinete antes de autorizar el viaje. La votación salió unánime. Con la carta de López Beltrán circulando ese mismo día, mandar al secretario era la decisión incómoda. La silla vacía habría sido el gesto fácil, el que además se vende como respuesta digna al agravio.
Y no fue a pedir permiso. Fue a cobrar. Presentó la caída del promedio diario de homicidios dolosos, de 86 a 42, 51 por ciento menos. Sumó 63 mil 500 detenidos, 518 toneladas de droga y 2 mil 725 laboratorios desmantelados. Y los 92 objetivos de alto impacto trasladados a Estados Unidos, que en esa sala pesa más que cualquier discurso. Sobre esos números puso las condiciones: responsabilidad compartida, reciprocidad, pleno respeto a la soberanía. Coordinación sin subordinación. Fijar eso desde un podio de la DEA, con el escándalo de las visas encima, es lo contrario de la sumisión que algunos quisieron leer en el viaje.
Tampoco es cortesía diplomática. Mario Maldonado escribió la semana pasada que en el Departamento del Tesoro resumían su percepción del secretario en dos palabras, “Harfuch understands”, y recordó la foto del embajador Ronald Johnson presentándolo como interlocutor del acuerdo que reabrió las inspecciones al aguacate michoacano. Ese aguacate es empleo y regiones enteras de Michoacán. Se salvó porque había alguien a quien llamar. Con las visas no lo hubo, y ahí está el resultado.
Sé que dentro de Morena la cercanía incomoda. Medir la lealtad en kilómetros de distancia respecto a Washington es una manera bastante pobre de cuantificarla. Harfuch pagó esta carrera con sangre, la suya y la de su equipo, en una emboscada en Reforma que casi lo mata.
Falta lo grande, que es de Estado y no de una persona: convertir esa confianza en canales que sobrevivan a los secretarios, con un protocolo que obligue a Washington a avisar cuando marque a un político mexicano. Mientras llega, celebremos lo del martes. En la peor semana de la relación bilateral, un mexicano abrió la conferencia antidrogas más importante del hemisferio y dijo en qué términos quiere cooperar este país. Ojalá se nos hiciera costumbre aplaudir eso.
