No es ideología: es castigo

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hace apenas un lustro, los analistas hablaban con entusiasmo de una “segunda marea rosa”. López Obrador en México; Boric en Chile; Petro en Colombia; Lula de vuelta en Brasil: la izquierda parecía dueña del continente. Hoy el mapa cuenta otra historia. De 14 elecciones recientes, 11 las ganaron fuerzas de derecha, frente a apenas tres victorias de la izquierda. La derecha gobierna ya en una decena de países: Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú y República Dominicana. El péndulo volvió a su oscilación.

La tentación fácil es explicarlo con ideología: los pueblos “viraron a la derecha”, abrazaron el conservadurismo. Pero esa lectura es perezosa. Lo que ha ocurrido no es una conversión ideológica, sino algo más simple y demoledor: un voto de castigo. La derecha no gana tanto por la fuerza de sus propuestas como por el rechazo acumulado hacia los gobernantes de turno. El votante latinoamericano no se ha vuelto neoliberal; se ha vuelto impaciente.

La primera causa es la economía. El progresismo construyó su legitimidad sobre la promesa de redistribución y bienestar, y esa promesa se derrumba cuando choca contra el bajo crecimiento y el encarecimiento de la vida. Bolivia es el caso paradigmático: tras casi 20 años de hegemonía del MAS, una crisis económica y la escasez de combustible pusieron fin al ciclo, mientras su mejor candidato de izquierda no alcanzó siquiera 9% de los votos. Ningún discurso sobre justicia social compensa una alacena vacía.

La segunda es la seguridad, y aquí la izquierda ha sido incapaz de responder. Atrapada entre su crítica histórica a la mano dura y la urgencia real de la gente, quedó paralizada. Ecuador fue el único caso en que el oficialismo se revalidó, precisamente porque Noboa ganó prometiendo combatir al crimen organizado. La izquierda sólo retuvo el poder donde adoptó la agenda de orden de la derecha. Quien no responde al miedo, pierde frente a quien promete eliminarlo.

La tercera, más dolorosa, es interna: el desgaste del poder y la incapacidad de renovarse. Donde el oficialismo de izquierda perdió de forma abultada, lo hizo con demandas insatisfechas y sin relevo generacional. Los movimientos que llegaron como insurgencias se calcificaron en aparatos. Petro gobierna con niveles de desaprobación cercanos a 57 por ciento. El caudillismo que la izquierda denunciaba terminó reproduciéndolo en su propio seno.

Hay un cuarto factor: Washington. La política hemisférica de Trump ha reforzado la convergencia entre la derecha latinoamericana y EU. Pero su impacto es ambivalente: en Argentina y Honduras fue determinante para Milei y Asfura; en Brasil, en cambio, la presión externa puede resultar contraproducente al activar reflejos de defensa soberana.

Y aquí el matiz que un análisis honesto no puede omitir. La narrativa del “giro a la derecha” es real, pero exagerada. Paz en Bolivia ganó desde el centroderecha; Noboa perdió un referéndum, y si Lula vence en octubre, México y Brasil quedarían fuera de la tendencia. El cuerpo electoral no profesa una fe ideológica estable: profesa desconfianza. Lo que prevalece es la volatilidad del voto, que hace un lustro castigaba a la derecha y ahora castiga a la izquierda.

Ésa es la lección de fondo. La izquierda no perdió porque sus ideas dejaran de importar, sino porque confundió la llegada al poder con la transformación de la realidad, y gobernó como si la paciencia del electorado fuera infinita. No lo es.

La marea rosa se retira. Pero quienes celebran su retirada harían bien en recordar que las mareas, por definición, regresan. La pregunta no es si la izquierda volverá —volverá, como siempre—, sino si habrá aprendido algo en la resaca. Porque el votante latinoamericano ya demostró que no premia banderas. Premia resultados. Y castiga, sin piedad y sin ideología, a quien no los entrega.