Hay una estadística que repite el gobierno: el promedio de homicidios dolosos en el país disminuyó 46%, al pasar de 86.9 casos diarios en septiembre de 2024 a 47.3 en mayo de 2026, según datos presentados por la titular del SESNSP, Marcela Figueroa. Mayo, además, fue el mes con menor incidencia de homicidios dolosos en los últimos 12 años, y el promedio de enero a mayo —50.4 diarios— no se veía desde 2016. El día en que arrancó el Mundial, el 11 de junio, el país registró 30 homicidios dolosos, la tercera cifra más baja del año, y el 16 de junio, se rompió el mínimo de la última década. Veintiséis de las 32 entidades muestran la misma tendencia descendente mes a mes, lo que sugiere ya no una anomalía estacional, sino un patrón estructural.
El balón rueda y la sangre que se cuenta en la calle deja de correr con la misma velocidad. La hipótesis es casi folclórica —treguas tácitas entre células del crimen, gente frente al televisor en vez de en la esquina disputada, un país entero mirando hacia la pantalla en lugar de hacia la puerta— y el gobierno, que necesita una narrativa de triunfo después de años de hartazgo, no se va a detener a matizarla. Que la cifra sea real no la vuelve, todavía, una explicación.
Lo que sí está documentado desde hace más de una década es la otra mitad del fenómeno, la que no cabe en la mañanera. La Universidad de Lancaster revisó los partes policiales de Lancashire durante los Mundiales de 2002, 2006 y 2010 y encontró que los reportes de violencia doméstica aumentaron 26% cuando la selección inglesa ganó o empató, y 38% cuando perdió. En Colombia 25% más violencia doméstica durante el Mundial de 2018 y 38% durante el de 2014, en los días de partido de la selección. En EU, los estudios sobre la NFL documentan un repunte de casi 10% en violencia de pareja en las ciudades cuyo equipo, favorito para ganar, termina perdiendo. El alcohol, la tensión y la euforia no se quedan en el estadio: entran a la sala.
México no es la excepción, y esta vez no hizo falta esperar al final del torneo para que se encendieran las alertas. ONU Mujeres advirtió que las llamadas a líneas de emergencia por violencia familiar pueden subir hasta 30% durante los grandes eventos deportivos, y la Red Nacional de Refugios lanzó, antes de que rodara el primer balón, la campaña La violencia contra las mujeres no es parte del juego, tras documentar que los casos de violencia familiar venían en aumento entre marzo de 2025 y marzo de 2026. Unicef fue más lejos: su representante en México, Fernando Carrera, citó estudios del Banco Interamericano de Desarrollo para advertir que el Mundial podría intensificar la violencia contra mujeres, niñas y niños dentro de los hogares. Para abril ya se acumulaban más de 87 mil casos de violencia familiar a nivel nacional, y dos de las tres ciudades sedes en México figuran entre los cinco estados con más llamadas al 911 por este delito. El telón de fondo no ayuda: en 2025 se registraron 721 víctimas de feminicidio según el SESNSP, y la relatora especial de la ONU calificó la violencia contra mujeres y niñas de “alarmante” y advirtió que se mantiene en niveles epidémicos, con un promedio mundial de 137 asesinadas cada día, 60% a manos de su pareja o de un familiar.
Ahí está el nudo, gordiano como pocos: el mismo ingrediente produce dos estadísticas opuestas según el lugar donde se descargue. Si ocurre en la calle, entre desconocidos o entre células del crimen organizado, se cuenta como pacificación y se presume en la mañanera. Si ocurre en la sala, entre quienes deberían cuidarse, casi nunca se cuenta, porque la víctima vive con el agresor, depende de él, y la denuncia implica quedarse sin techo antes que sin miedo. El país que presume su mejor mayo en homicidios en una década no ha encontrado todavía cómo presumir ni cómo resolver el costo doméstico de la misma fiesta.
Se entiende la tentación de quedarse sólo con el dato que halaga, el de un cierre de año con la cifra de homicidios más baja en 35 años, pero ninguna celebración nacional debería medirse sólo por lo que deja de pasar en la calle. Habría que preguntarle a la Secretaría de las Mujeres, a la Conavim, a los refugios que ya operan saturados, cuánto presupuesto recibieron para sostener la otra mitad de la fiesta: la que no sale en el marcador ni en la mañanera ni en ningún festejo.
