La ingeniería de Cárdenas

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Cuauhtémoc Cárdenas murió la noche del miércoles, a los 92 años. Seis días antes había cancelado, por motivos de salud, la conferencia con la que iba a abrir un congreso sobre la ultraderecha en Xalapa. A esa edad todavía lo invitaban a hablar de los peligros del poder sin freno, el tema que lo ocupó casi toda la vida. 

Los obituarios repiten, y con razón, la cronología del ingeniero de la transición. Hijo del general Lázaro Cárdenas, 25 años en el PRI, senador, gobernador de Michoacán de 1980 a 1986, fundador del PRD el 5 de mayo de 1989, candidato presidencial en 1988, 1994 y 2000, primer jefe de Gobierno electo de la capital en 1997. Todo eso es cierto y no alcanza. La cronología dice qué hizo; no dice qué entendió antes que casi todos: que el problema de México nunca fue quién mandaba, sino cuánto mandaba una sola persona.

La Corriente Democrática nació en 1986 dentro del propio PRI y su petición era modesta, casi de oficina: que el partido escogiera a su candidato presidencial con reglas conocidas y no con el dedo del presidente saliente. Por modesta resultó explosiva. Tocaba el centro del sistema, la facultad de un hombre para elegir a su sucesor y gobernar sin que nadie lo detuviera, y la respuesta fue cerrarles la puerta. Cárdenas tenía a la mano el camino cómodo de callarse y esperar su turno. No lo tomó.

Tampoco lo hizo solo, y conviene decirlo con nombres. Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez llegaban a la discusión, como él, con la tarea hecha. Ifigenia, economista, se tomaba los números en serio. Porfirio, jurista y parlamentario de oficio, sabía que las instituciones se defienden con reglas y con palabra; en septiembre de 1988 fue el primer legislador en interrumpir a un presidente en pleno informe, el de Miguel de la Madrid. Entre los tres hubo lectura, discusión y desacuerdo, y de ese roce salió un movimiento con ideas y no solo con inconformes. Hoy ninguno está. Porfirio murió el 9 de julio de 2023, a los 89 años. Ifigenia, el 5 de octubre de 2024, a los 94, días después de entregar la banda presidencial a Claudia Sheinbaum.

Ahora Cárdenas. La noche del 6 de julio de 1988 se cayó el sistema de cómputo, y la elección la organizaba la Secretaría de Gobernación, es decir, el gobierno que estaba en juego. Cárdenas pudo convertir esa noche en una revuelta y escogió construir un partido. Perdió otras dos veces y en 1997 ganó la jefatura de Gobierno de la capital. Eso también es ser hombre de Estado: saber que una democracia se arma despacio y que quien la quiere de golpe suele terminar mandando solo.

¿Por qué desconfiaba tanto de la concentración del poder? Creo que por una razón de oficio y otra de familia. La de oficio: quien manda sin contrapesos pierde la información más valiosa, la de en qué y cómo se está equivocando. La de familia: era hijo de un presidente que entregó la banda en tiempo y forma, y sabía que esa disciplina no es natural, se construye con reglas, leyes e instituciones y se pierde por comodidad.

No dejó de pensarlo cuando dejó de competir. Renunció al PRD en noviembre de 2014, y todavía en 2022 expresó su preocupación por la autonomía del INE ante la reforma electoral. No era una postura de partido, sino de principio: la autoridad que cuenta los votos no puede depender de quien los recibe.

Hoy los homenajes llegan de todos lados. Sheinbaum escribió que Cárdenas vive por siempre en la historia de México; López Obrador, que sin él la realidad política del país sería otra. Es una unanimidad merecida y también cómoda, porque a los muertos se les aplaude fácil. El homenaje difícil es el que incomoda a los vivos: preguntarse cuánto poder queda repartido, si las instituciones que él ayudó a volver autónomas lo siguen siendo, si el Congreso discute o sólo avala y aplaude, si la vara con que se mide a quien manda es la misma para todos. No me toca contestar por nadie. Pero la vara es suya, y no conozco una mejor.

Cárdenas era ingeniero y sabía que una estructura aguanta porque reparte la carga. Con el poder pasa igual: cuando todo el peso descansa en un solo punto, lo que se rompe no avisa: sólo se rompe (sobre todo si tiene demasiadas fisuras acumuladas).