24 días para Noroña
Veinticuatro días. Eso es todo el tiempo que Gerardo Fernández Noroña ha considerado suficientes para que Grecia Quiroz procese el asesinato de su esposo. Veinticuatro días para llorar, para explicarles a sus hijos pequeños que papá no va a volver, para soportar el ...
Veinticuatro días. Eso es todo el tiempo que Gerardo Fernández Noroña ha considerado suficientes para que Grecia Quiroz procese el asesinato de su esposo. Veinticuatro días para llorar, para explicarles a sus hijos pequeños que papá no va a volver, para soportar el peso de una viudez que llegó con una ráfaga de balas. Veinticuatro días que, para el senador, son más que suficientes para que esa mujer se sacuda el duelo y se lance, ambiciosa y calculadora, a conquistar la gubernatura de Michoacán.
Porque así funciona la mente de Fernández Noroña: como la del león que cree que todos son de su condición. Si él respira por la ambición política, entonces todos los demás —especialmente las mujeres— deben estar movidos por los mismos instintos voraces. No se le ocurre que Grecia Quiroz pueda estar haciendo algo mucho más simple y digno: honrar la memoria de su esposo, continuar el proyecto por el que él murió, demostrarles a sus hijos que ante la violencia se responde con valentía, y ofrecerle a los ciudadanos de Uruapan la esperanza de que no están abandonados.
Pero no, para Fernández Noroña eso es impensable. Entonces la llama “fascista”, “de ultraderecha”, “ambiciosa”. La acusa de “politizar” la muerte de su esposo cuando lo que ha hecho es exigir que se investigue lo que Carlos Manzo había señalado antes de morir. Y lo hace, por supuesto, el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Ahí está él, ejerciendo violencia política contra una mujer que está viviendo uno de los momentos más devastadores que un ser humano puede experimentar.
Hasta Citlalli Hernández, secretaria de las Mujeres, tuvo que pedirle “empatía” y “sensibilidad”. Cuando tu propia correligionaria tiene que recordarte que existe la empatía, quizá sea momento de cerrar la boca. Pero Fernández Noroña no se retractó. Subió a tribuna a reafirmarse: Grecia Quiroz “ha decidido asumir una posición de ultraderecha fascista” y “la ambición se le despertó”. Como si el dolor y la ambición fueran mutuamente excluyentes. Como si las mujeres tuviéramos que elegir entre ser víctimas pasivas y dignas de compasión o actoras políticas merecedoras de escrutinio, pero jamás ambas cosas al mismo tiempo.
Lo que Fernández Noroña no entiende es que hay una diferencia abismal entre criticar las posiciones políticas de alguien y cuestionar sus motivaciones en el momento más vulnerable de su vida. Su insensibilidad no es sólo un problema de modales. Es la manifestación de una cultura donde el poder se siente con derecho a descalificar a las mujeres que se atreven a hablar, en especial cuando su testimonio resulta incómodo. Es la expresión de un machismo que no soporta que una mujer en duelo no se quede callada.
Grecia Quiroz no ha tenido tiempo de llorar en paz porque la violencia que le arrebató a su pareja también le impuso un dilema: continuar o abandonar. Eligió continuar. Eso no es ambición. Eso es dignidad, coraje. Y si además tiene aspiraciones políticas legítimas, ¿cuál es el problema? ¿Las viudas deben abstenerse de la política por un periodo de luto determinado por “señores” como Fernández Noroña?
El senador, que ha construido su carrera sobre el performance mediático y el escándalo permanente, no puede imaginar que alguien actúe por razones distintas a las suyas. No puede concebir que para Grecia esto sea una urgencia de no permitir que el asesinato de su esposo quede impune; de demostrar que el crimen no silencia, y de mantener viva una esperanza en una ciudad aterrorizada.
La insensibilidad de Fernández Noroña es, al final, una confesión: nos dice mucho más sobre él que sobre Grecia. Nos dice que no soporta que una mujer en duelo tenga la dignidad de señalar a los poderosos de su propio movimiento; que prefiere revictimizar antes que escuchar, y descalificar antes que reflexionar.
Veinticuatro días en los que Grecia Quiroz se convirtió, para él, de víctima digna de compasión a “oportunista fascista”. Veinticuatro días que son una radiografía perfecta de todo lo que está mal en nuestra clase política: la incapacidad de ver a las mujeres como seres humanos completos, que pueden estar en duelo y en lucha al mismo tiempo, que pueden ser madres y políticas, viudas y valientes, vulnerables y poderosas. El león siempre creerá que todos son de su condición.
