¿Quién escribió la tragedia de Teuchitlán?
A los míos, in memoriam. López Obrador sabía lo que estaba pasando. “Bueno, es muy lamentable la desaparición y luego encontrar a las víctimas en fosas clandestinas”, afirmó el expresidente en su conferencia de prensa del 9 de ...
A los míos, in memoriam.
López Obrador sabía lo que estaba pasando. “Bueno, es muy lamentable la desaparición y luego encontrar a las víctimas en fosas clandestinas”, afirmó el expresidente en su conferencia de prensa del 9 de junio de 2023, tras la noticia del hallazgo de una fosa común con 57 cuerpos en el municipio de Tlajomulco, Jalisco. “Esto último que sucedió en Jalisco tiene que ver con denuncias que ya se habían presentado”, señaló.
“Ya se están haciendo investigaciones, hemos estado atentos a este caso y a otros”, añadiría con firmeza. “En lo que corresponde a Jalisco, se está trabajando en coordinación con el estado, y también tomando en cuenta algunas recomendaciones del gobierno de Estados Unidos, sobre todo en este asunto. Acerca de los desaparecidos en el país, se está haciendo ahora un censo nuevo para tener plena certeza de cuántos desaparecidos hay realmente”.
Un censo nuevo. La cifra de homicidios disminuía, mientras que la de los desaparecidos se disparaba a niveles escandalosos. La violencia continuaba, mientras tanto, y el presidente tuvo la idea de realizar un “censo” para depurar una cifra que no se ajustaba con su narrativa. Esdeque: “Lo que sucedió es que no se actualizaban los censos, y entonces se empezaron a dar cifras”, aseguró. Ya a nosotros nos llamaba la atención que había más desaparecidos en nuestro gobierno que en todo el tiempo de los anteriores gobiernos. Imagínense, ¡nos comparaban y teníamos más desaparecidos que en la época de la guerra de Calderón!”, afirmó el 1 de agosto, tras ser cuestionado sobre las variaciones inverosímiles que comenzaban a reportarse.
López Obrador sabía lo que estaba pasando: el presidente de la República sabía, al mismo tiempo, lo que era capaz de hacer. La cifra de desaparecidos reconocidos, que a finales de 2023 —en el momento de presentarse el reporte oficial— registraba 110,964 personas, se redujo de un plumazo a tan sólo 12,377 números. “La falta de investigación, de búsqueda y diligencias básicas se evidenció con la fallida información mínima sobre las personas desaparecidas que le corresponden a las fiscalías general y locales”, señalaron las colectivas involucradas al darse a conocer las nuevas cifras. “Y a la terrible realidad de que no son autónomas”, añadirían. “En la mayoría de ellas están los perpetradores de las privaciones ilegales de la libertad, o los cómplices de quienes desde los grupos criminales han desaparecido a nuestros seres queridos”, aseguraron. “Están desapareciendo a nuestros desaparecidos”, era la consigna que terminaría por diluirse entre el marasmo de acontecimientos, reales o ficticios, utilizados cada mañana para fijar —o distraer— la agenda pública. Para algo se inventaron las conferencias mañaneras…
Hasta que el horror nos golpeó en el rostro, una vez más. De manera violenta, brutal. Las imágenes de los campos de exterminio en Teuchitlán no son sino dantescas: el reclamo oficial para “dejar en paz” al expresidente que admitió saber lo que estaba pasando, y decidió no hacer nada al respecto, no sólo resulta inapropiado por la propia investidura de la titular del Ejecutivo, sino que representa una grave falta de respeto a las víctimas de las políticas públicas fallidas a las que hoy se pretende añadir un segundo piso.
En Teuchitlán, como en Ayotzinapa, fue el Estado. Las responsabilidades son distintas, sin embargo, y la indolencia —al menos culposa— de la administración anterior deja poco lugar a las dudas. La estrategia de “abrazos y no balazos” fue un fracaso absoluto, desde su primer planteamiento; un despropósito deliberado que nunca arrojó algún resultado mesurable, y cuyas consecuencias hoy se siguen contando, en términos de vidas humanas, lo mismo en las calles de Jalisco, Sinaloa o Guanajuato que en las de Baltimore, San Francisco o Portland. Una tragedia que no escribió Genaro García Luna, aunque se le pueda acreditar el prólogo: una tragedia cuyo único autor se llama, y se seguirá llamando, Andrés Manuel López Obrador.
