“¿Quién dijo primero que nadie que México era un narcoestado?”, reflexionaba Porfirio Muñoz Ledo en la entrevista que concedió a Adela Micha poco antes de morir, en 2023. “Porfirio Muñoz Ledo”, continuó con el alivio de quien se libera de una carga demasiado pesada. “Para Andrés no es ningún secreto”, aseguró a la periodista el viejo político que, a sus 90 años de edad, parecía empeñado en limpiar su conciencia.
“Él lo sabe, sabe lo que yo sé y sabe muchas cosas que yo no sé”, declaró quien había colocado la banda presidencial sobre el exmandatario en 2018. “Puedo decir muchas cosas, pero no las voy a decir porque ya las dije. Porque están en la caja fuerte de un banco, para mi seguridad personal”, aseguró mirándola a los ojos. El viejo político, en sus últimos años, parecía entender que su ciclo terminaba y aprovechaba cualquier oportunidad para desvincularse de su antiguo aliado y limpiar su propia imagen. Las contundentes declaraciones de Muñoz Ledo, en el marco de la reunión plenaria de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina —la COPPPAL— suenan muy distinto a la luz de lo que hemos vivido en los últimos años.
“Debe entender Andrés Manuel López Obrador que su contubernio, o alianza con el narco, no es heredable”, advirtió el político con firmeza. “Como lo han hecho siempre, se entienden con el que va a llegar”, explicó. “Ya no va necesitar el narco del presidente”, apuntó refiriéndose al entonces titular del Ejecutivo. “Habrá el peligro de que exijan más a los nuevos actores, y ya no van a necesitar de él”, señaló con certidumbre el hombre que conoció los engranajes de la política mexicana quizá como ningún otro de su generación.
El país era muy distinto en aquel entonces. Eran otros tiempos: los de las visitas frecuentes a Badiraguato, los abrazos en vez de balazos, la negativa constante sobre la existencia de laboratorios clandestinos para el procesamiento de fentanilo en México. Los tiempos de la soberbia, de la improvisación, de las mentiras que poco a poco han terminado por derrumbarse ante la evidencia, a pesar de los esfuerzos del oficialismo y sus comunicadores a modo. La llamada cuarta transformación nació viciada de origen, y su segundo periodo en el poder se debe tan sólo al miedo que tiene la gente de perder los apoyos sociales: el miedo ha sido, para Morena, una herramienta electoral que utiliza con frecuencia. Una herramienta, para su desgracia, que también sabe usar Donald Trump. Y quizá con más destreza.
“La presidenta tiene una voz hermosa, pero los cárteles de las drogas son quienes en realidad controlan México”, ha señalado el mandatario estadunidense en repetidas ocasiones al referirse a nuestro país. “Si el gobierno mexicano no hace su trabajo lo tendremos que hacer nosotros”, fue la advertencia expresada ante la opinión pública. El gobierno norteamericano ha seguido los cauces legales hasta ahora, y la solicitud de detención de los 10 de Sinaloa se realizó de acuerdo a los tratados suscritos por ambos países. “Ya no estamos hablando de cooperación, estamos hablando de injerencia”, fue la respuesta de la Presidenta mexicana desde la tribuna. “Porque primero vienen por unos y luego vendrán por otros”, advirtió Claudia Sheinbaum la semana pasada, reflejando el temor real del gobierno mexicano sobre el objetivo final de la Fiscalía norteamericana.
“Para Andrés no es ningún secreto”, espetó Porfirio Muñoz Ledo al denunciar al gobierno de su antiguo aliado como un narcoestado. “Él lo sabe, sabe lo que yo sé y sabe muchas cosas que yo no sé”, la frase lapidaria que define la causa raíz del miedo que hoy se percibe al interior del movimiento desde el Palacio Virreinal hasta La —mismísima— Chingada. La Oficina del Fiscal del Distrito Sur de Nueva York, mientras tanto, continúa recabando evidencias. Hasta el momento, cabe remarcarlo, no hay información oficial sobre el destino final de aquello que Muñoz Ledo resguardaba, con tanto recelo, en las bóvedas de su banco. El viejo era maquiavélico, sin embargo…
