Una montaña rusa de 61 días

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Happy birthday, S.

La pérdida de gobernabilidad, tras el escándalo al interior del INE, ha llegado en el peor momento posible. La elección intermedia de los EEUU, a celebrarse el día de mañana, 3 de noviembre de 2026, tendrá repercusiones inmediatas no sólo para el presidente norteamericano y la nación que representa, sino para el mundo entero. En especial, cabe advertirlo, para México.

El resultado, a unas cuantas horas de celebrarse los comicios, parecería estar definido. La política económica de la administración norteamericana ha sido un fracaso para la ciudadanía de a pie, quien ha terminado por pagar el costo de los aranceles en sus compras cotidianas; la guerra contra Irán sigue resultando incomprensible para el grueso de los electores, quienes han sufrido las consecuencias en el precio de los combustibles desde que inició el conflicto. La postura ante Ucrania ha hecho evidente la cercanía del mandatario con su homólogo ruso; las políticas migratorias, y los excesos del ICE, lo han alejado de un sector del electorado que apenas hace dos años se le había arrojado a los brazos. En Brasil, la semana pasada, quien era su apuesta para consolidar el poder regional tuvo que salir por piernas tras una derrota estrepitosa; en Israel, tras las elecciones apenas del martes, su principal aliado aún no sabe si logrará seguir al frente del gobierno.

Las encuestas han sido implacables con un mandatario que no supo, y quizás nunca quiso, cumplir con sus promesas de campaña: de no suceder algo por completo inesperado, la suerte parecería estar echada en este momento. Cualquier cosa podría pasar, sin embargo: desde el voto oculto de sus seguidores más acérrimos, hasta una operación de falsa bandera para dar un golpe de efecto en el último minuto, las posibilidades de un triunfo republicano continúan abiertas aunque cada vez son menos probables. “Voten como si yo estuviera en las boletas”, urgió el presidente estadunidense a los asistentes a sus mítines, tratando de enardecerlos: el problema para el mandatario, para su propia desgracia, es que al parecer ha logrado convencerlos. 

El cambio es inminente, de una manera o de otra: ya sea que los republicanos conserven las dos cámaras, o que los demócratas logren arrebatárselas, el periodo que transcurrirá entre la elección intermedia y el inicio de la siguiente legislatura será una verdadera pesadilla. No sólo para la política norteamericana, sino para el resto del mundo: una montaña rusa de 61 días hasta la instalación de la próxima legislatura, durante los cuales la geopolítica mundial se moverá al ritmo de un mandatario que lo mismo puede descender a la desesperación absoluta que elevarse a la satisfacción de la venganza visceral. En ese carro, lo queramos o no, nuestro país se sienta en el lugar de al lado.

El escándalo al interior del INE, sin lugar a dudas, llega en el peor momento. Los dimes y diretes, las posiciones encontradas, las revelaciones de corrupción que, día con día, acorralan a un régimen que se debate como una bestia herida que aún no se ha dado cuenta del peligro verdadero que se avecina. La pérdida de gobernabilidad es real, a pesar de la popularidad de la titular del Ejecutivo en las encuestas; la posibilidad de llegar a acuerdos complejos, aún en situaciones graves de alcance nacional, cada vez se vuelve más difícil. La polarización podrá ganar votos cuando es necesario, pero al final siempre termina por cobrar facturas.

Nadie sabe, todavía, cuál será el resultado de la elección que habrá de tener lugar en unas cuantas horas: lo que sabemos, sin lugar a dudas, es que cambiará el rumbo de la historia. El futuro inmediato de nuestro país se define en estos mismos momentos, sin que podamos hacer nada al respecto: lo que suceda, a partir de mañana, dependerá de la capacidad de la Presidenta de la República para lograr acuerdos con los opositores a los que hoy ataca por una lealtad mal entendida. El tiempo habrá de decirlo todo, sin duda, muy pronto: tan pronto logremos bajar, por fin, de la montaña rusa en la que estamos a punto de embarcarnos.