¿Por qué le hacen eso a la Presidenta?

Vianey Esquinca

Vianey Esquinca

La inmaculada percepción

Hoy la Presidenta está atrapada entre la lealtad heredada, la presión pública, los sátrapas y una realidad que ya no cabe en las mañaneras. Cada movimiento que hace, cada declaración que emite tienen un costo. Si defiende, carga con el muerto político; si suelta, traiciona los acuerdos que la pusieron donde está. Si guarda silencio, se considera complicidad, y si habla demasiado, cada palabra se usa en su contra. Definitivamente está en una posición incómoda en la que no existen salidas limpias; si acaso, menos sucias.

El affaire Rubén Rocha es sólo un ejemplo de lo que vive la mandataria. El ahora exgobernador de Sinaloa no cayó de golpe; lo hizo como caen los políticos mexicanos del partido gobernante en turno: en cámara lenta, con dignidad fingida y una licencia de por medio. El morenista se fue volviendo insostenible, aguantando lo que pudo, sostenido por una lógica interna y por su cercanía con Andrés Manuel López Obrador. Por eso, Claudia Sheinbaum, durante su conferencia del jueves, hizo lo que se interpretó como una defensa y respaldo al sinaloense. Más de uno se preguntó entonces ¿por qué le hacen hacer eso a la Presidenta? ¿Por qué la obligan a caer en el ridículo de la contradicción? ¿Por qué debilitan de esa manera su envergadura? ¿Por qué la obligan a tratar de explicar lo inexplicable y defender lo indefendible? Sin embargo, a medida que pasaban las horas, todo indicaba que esas desafortunadas declaraciones eran más una contención interna; lo que defendía era el pacto con Palenque.

Sheinbaum enfrenta un sistema de obligaciones que asumió como parte del cargo. Hay deudas que no se firmaron, pero se asumieron; alianzas que no se eligieron, pero se respetan; personajes que no se invitaron, pero tienen que estar; impresentables que son inatacables porque forman parte “del movimiento de la transformación”. La Ejecutiva llegó con un mandato propio, pero también con maletas que no puede abandonar en la banda de equipaje del AIFA.

Así, mientras el gobierno intenta mantener las piezas unidas con cinta adhesiva, éstas se desmoronan. En Estados Unidos no entienden de movimientos ni de transformaciones: la cancelación de visas y la filtración de listas de políticos, sobre todo de Morena, vinculados con el crimen organizado, dejaron de ser versiones difusas, para tomar forma. Esto, sin embargo, no es noticia nueva; en México era un secreto a voces, un tema recurrente de sobremesa. No es que Estados Unidos sepa más, sino que aquí se hace mucho menos.

Ante los escándalos que se han destapado desde Estados Unidos, las estrategias de la negación, el discurso de la soberanía, culpar a Felipe Calderón, hablar de Genaro García Luna, señalar que son casos aislados, decir que el PRI robó más, argumentar persecución o intereses políticos quedan rebasadas.

La 4T construyó su legitimidad diciendo que no eran como los anteriores, pero los casos de vínculos con el crimen o la corrupción tienen el mismo libreto y los mismos ingredientes que los regímenes anteriores, sólo que con distinto reparto. Eso está generando un desgaste y una erosión silenciosa que le comienza a pasar factura a la propia Presidenta, que ha visto disminuir su popularidad en las encuestas independientes. Esto puede acentuarse si siguen saliendo casos que ella tiene que defender públicamente.

Por ahora, obligar a Rocha y al alcalde de Culiacán a pedir licencia le da cierto respiro. Sólo hay que recordar que las licencias no resuelven nada, sólo mueven el problema de lugar. Es como cambiar un mueble de sitio para no verlo, aunque siga ocupando espacio. La historia no se cierra; en realidad apenas empieza.