Mientras estas líneas se imprimen, los ojos del planeta entero están fijos en las pantallas y en las canchas norteamericanas. El Mundial se encuentra en su etapa más vibrante, cada gol se grita con el alma, las tribunas son un mar de banderas, cantos y pasiones, y las butacas de los estadios lucen abarrotadas por miles de aficionados que celebran la vida a través del futbol. Es, sin duda, una hermosa fiesta de la humanidad. Sin embargo, en este Café de Kyiv, quiero invitarlos a mirar hacia otra clase de estadios: aquellos donde el único sonido es el eco del silencio y la devastación.
Mientras el mundo celebra el juego limpio, en Ucrania, la infraestructura deportiva ha sido un blanco sistemático de la agresión rusa. Estadios emblemáticos que alguna vez albergaron la Eurocopa o partidos de la Champions League hoy muestran heridas de guerra desgarradoras. Pienso en el Estadio Spartak, en Kyiv, cuyas tribunas quedaron reducidas a escombros por bombas de media tonelada; en el moderno complejo deportivo de Kharkiv o en el Estadio de Chernihiv, donde el césped verde fue sustituido por un gigantesco cráter de misil. Para un país como México, que respira y vive el futbol en cada barrio, ver un templo deportivo destruido es ver un pedazo de comunidad arrebatado.
Pero el daño más profundo no es el hormigón armado ni el pasto quemado. La verdadera tragedia de los estadios ucranianos radica en sus butacas vacías. Esas gradas no están sin gente por falta de afición, sino porque miles de los hinchas, entrenadores y futbolistas que solían llenarlas hoy ya no están. Algunos cambiaron los cantos de la tribuna por las trincheras para defender su hogar y cayeron en combate. Otros, trágicamente, eran niños y familias enteras cuyas vidas fueron truncadas por los bombardeos nocturnos en zonas residenciales. Cada butaca vacía y rota en un estadio ucraniano representa una voz silenciada, un sueño mundialista que no pudo ser y un asiento vacío en la mesa de una familia ucraniana.
A pesar de que el horror intente apagar los reflectores, el espíritu deportivo de nuestra nación se niega a morir. En ciudades que viven bajo el asedio constante, nuestros jóvenes siguen jugando al futbol en canchas comunitarias parchadas, deteniendo el juego cuando suenan las sirenas antiaéreas y reanudándolo con más fuerza en cuanto pasa el peligro. Jugar se ha convertido en nuestro mayor acto de rebeldía y resiliencia.
Al ver rodar el balón en las fases finales de este Mundial, el pueblo ucraniano no siente envidia de la alegría global, al contrario, la celebra y la abraza, porque sabemos lo hermoso que es vivir en paz. Nuestro único ruego a la comunidad internacional es que, en medio de la euforia de los estadios llenos, no olvidemos el mensaje de las butacas vacías en Ucrania.
El deporte nos enseña que el partido no termina hasta el último minuto y que la justicia siempre debe prevalecer sobre la trampa. Ojalá los reflectores del mundo no dejen en el olvido a quienes defienden su derecho a vivir y que, muy pronto, los gritos de gol y libertad vuelvan a llenar las tribunas de una Ucrania pacífica y europea.
*Embajador de Ucrania en México
