La malteada educativa
En la educación ocurre que quienes logren conectar con las aspiraciones profundas de los estudiantes, al tiempo que les ayudan a aprender más, tendrán más posibilidades de ser atractivos para sus alumnos y ofrecerán un terreno más fértil para desarrollar el conocimiento, la ciencia o la sabiduría. No se trata sólo de llevar a cabo el aspecto funcional de la educación (dar clases y otorgar títulos), sino también el social y emocional
En una tienda de alimentos, un grupo de consultores se dedicó a estudiar qué productos tenían mayores ventas y a entender la lógica detrás de las decisiones de compra de los consumidores. Tras analizar varios artículos, descubrieron que las malteadas eran las más vendidas. Además, tenían un comportamiento curioso: se vendían mucho más por las mañanas que por las tardes.
Los analistas entrevistaron a muchos consumidores para descubrir qué elementos de las malteadas resultaban tan atractivos. Las hipótesis originales apuntaban a la cantidad de chocolate, el sabor, etcétera. Sin embargo, se dieron cuenta de que lo que realmente lograban las malteadas no era saciar una necesidad alimenticia, sino cumplir una función específica: las personas que compraban las malteadas tenían por delante un trayecto largo y aburrido hacia sus trabajos. Así, la malteada era el acompañante ideal, superando a cualquier fruta; quitaba el hambre, saciaba y, además, duraba más tiempo, haciendo el camino más placentero. Por si fuera poco, se podía conseguir rápidamente antes de tomar el transporte, ideal para trabajadores con prisa.
En el mundo comercial, las empresas que logran conectar profundamente con sus consumidores no son sólo aquellas que entregan un magnífico producto o servicio, sino las que resuelven una necesidad más profunda a través de ese producto o servicio. Es lo que Clayton Christensen llama el job to be done, la tarea que resuelve esa necesidad profunda y por eso resulta tan eficaz. Disney, por ejemplo, no sólo ofrece magníficos parques de diversiones, también es la posibilidad de olvidarse de los problemas, recordar momentos agradables o dejar volar la imaginación hacia mundos atractivos.
No todos los productos resuelven cuestiones de fondo, pero el principio de Christensen siempre aplica de alguna manera en el mundo empresarial. Me preguntaba si aplica de igual modo a la educación, especialmente en un mundo como el actual, donde la educación tradicional tiene ofertas paralelas, como aquellas ofrecidas por empresarios e influencers, quienes están dispuestos a pagar a personas para que no estudien en la universidad y aprendan en la práctica.
Al elegir universidad, los prospectos buscan un lugar que les otorgue un título universitario, pero también tienen necesidades más profundas: preparación para enfrentar el mundo profesional, herramientas para resolver problemas futuros, experiencias agradables que hagan el camino más disfrutable mientras consiguen un título, expandir sus conocimientos para entender mejor el mundo que los rodea, elevar sus aspiraciones humanas para conectar con la belleza o la bondad, e incluso, como decía John Henry Newman, ser capaces de “cultivar lo improductivo” en un mundo pragmático y eficientista.
La alta cultura, por ejemplo, no busca ofrecer productos o servicios para saciar a los consumidores. La cultura evoca emociones intensas que se conectan con lo bueno y lo bello. Ahí reside su fuerza de captación y su poder de persuasión. Lo mismo ocurre en la educación: quienes logren conectar con las aspiraciones profundas de los estudiantes, al tiempo que les ayudan a aprender más, tendrán más posibilidades de ser atractivos para sus alumnos y ofrecerán un terreno más fértil para desarrollar el conocimiento, la ciencia o la sabiduría. No se trata sólo de llevar a cabo el aspecto funcional de la educación (dar clases y otorgar títulos), sino también el social y emocional.
La “malteada educativa” actual a veces se percibe como descolorida, sin sabor o con propiedades insuficientes. No se trata sólo de mejorar sus cualidades educativas y su formato, sino de conectar con las razones profundas por las cuales los padres y los estudiantes siguen deseando la “experiencia universitaria” y, por tanto, ofrecerla de modo más completo y con mayor sentido.
