La educación, la educación y la educación

Andrés Oppenheimer entrevistó a quien fuera presidenta de Finlandia, Tarja Halonen, y le preguntó cuál era la fórmula para que su país ocupara los primeros lugares en rankings relacionados con cuestiones económicas, sociales y políticas. Halonen respondió que su ...

Andrés Oppenheimer entrevistó a quien fuera presidenta de Finlandia, Tarja Halonen, y le preguntó cuál era la fórmula para que su país ocupara los primeros lugares en rankings relacionados con cuestiones económicas, sociales y políticas. Halonen respondió que su país tenía tres secretos: “La educación, la educación y la educación”.

Finlandia pasó de ser un país con una economía agraria a un exportador de productos de alta tecnología. Para lograrlo, un pilar fue establecer una estrategia educativa de largo plazo y ser consistentes en ejecutarla. Su foco se concentró en capacitar a sus maestros y otorgarles un alto estatus social. Los maestros de primaria necesitan tener una maestría en universidades acreditadas y sólo uno de cada 10 aspirantes al magisterio logra entrar. El profesorado de primaria gana entre 3,600 y 5,600 euros al mes. El crecimiento dentro de ese rango depende de su experiencia, títulos académicos y méritos docentes.

También Corea del Sur es un ejemplo exitoso. Aunque hace unas décadas era más pobre que muchos países latinoamericanos, en su reconstrucción posguerra optó por acuerdos de política pública de largo plazo, solidez en la educación y una cultura que, entre otros aspectos, premia la innovación. Su sistema educativo es más rígido que el finlandés, aunque ha encontrado otro camino hacia los resultados sobresalientes.

Países como China e India han optado también por modelos educativos meritocráticos, exigencia en la calidad de los docentes y foco en mejores rendimientos de los alumnos. Finlandeses, coreanos, chinos e indios pueden discrepar en metodologías pedagógicas, pero todos han logrado consistencia y compromiso en sus modelos.

En México, lastimosamente, la situación es distinta. Si bien durante algunas décadas se logró un avance en la escolaridad promedio del mexicano, el sistema seguía presentando importantes fallas. Durante la pandemia, la estadística oficial mostró que la deserción escolar –desde el nivel básico al superior– creció a casi el 10% de la matrícula total. Y si bien es cierto que nuevamente las cifras descendieron tras el fin de la contingencia sanitaria, el nivel sigue siendo alto, agravado por el analfabetismo funcional, embarazo adolescente, desempleo, baja calidad de muchos servicios educativos públicos, sólo por mencionar algunos de los factores más incisivos.

No dudo que, en estos tiempos de promoción política frente a las elecciones del 2024, los números de la educación en México volverán a ser parte del debate. Sin embargo, tendrían que ser más protagónicos; no sólo en el discurso, sino en las estrategias de fondo. A diferencia de países que han tenido desarrollos importantes en lo económico, lo político y lo social en las últimas décadas, en nuestro país parecería que conducir la administración pública es un medio para avanzar en los intereses de la corriente política en el poder, y no un servicio al bien común. Si bien soy consciente de que existen discrepancias entre corrientes políticas, también es cierto que existen temas donde el sentido común nos induce al consenso: nadie quiere crisis, todos queremos reducir la pobreza y todos queremos una mejor educación. En esa línea, es deseable lograr acuerdos, más allá de sexenios, ideologías o intereses particulares.

En nuestro país, parecería que la educación, más que un bien público, es un trampolín político. Son conocidas las historias de los sindicatos de la educación, su vinculación a fuerzas políticas y su influencia para los triunfos electorales, así como el regreso de favores una vez que se asume el poder. La educación es tan importante que debería depender de proyectos de largo plazo y de alianzas de todos los agentes sociales. En Finlandia, su Ministerio de Educación fue planeado y preservado así.

Para alcanzar estos acuerdos hay que evitar también las falsas dicotomías, tan presentes en la retórica política y mundial contemporánea. Puede haber distintas concepciones sobre las horas de asignación a las ciencias naturales y sociales. También existen teorías pedagógicas más constructivistas o tradicionales que no dejan de navegar en las aguas de lo opinable. Pero es evidente que todos los niños necesitan la ciencia, las matemáticas o la comprensión lectora. Si se acuerdan esos mínimos comunes con aspiraciones magnánimas en el largo plazo, los estándares mejorarían.

La historia también nos deja claro que el consenso es posible. Por ejemplo, después de la época franquista —en una situación de violencia propiciada desde la ETA hasta los GRAPO, pasando por la ultraderecha o incluso la policía—, el izquierdista Santiago Carrillo y el coalicionista Adolfo Suárez lograron ponerse de acuerdo y sacar adelante una tambaleante democracia. En Dinamarca, Bertel Haarder, de centroderecha, afirma que la política sobre el modelo del bienestar del ideólogo de izquierdas, Dragsted, es válida. El polarizado Chile parecería estar encontrando ahora mayor estabilidad al intentar evitar lo que lastime profundamente al otro extremo político.

Es también entendible que un país con tantas necesidades en materia de seguridad, honestidad y pobreza pueda pensar que la educación no es la prioridad. Sin embargo, como decía Piaget, la educación también confiere autonomía intelectual para distinguir el bien y el mal, que, al faltar, es raíz precisamente de los mismos problemas, generando el círculo vicioso.

En este contexto, y deseando que existieran más acuerdos comunes entre extremos políticos en materias que tendrían que estar por encima de intereses partidistas y realmente enfocadas en el bien común, la educación tendría que ser el primer tema en agenda. A pesar de las notables diferencias con la cultura de Finlandia, me parece que la sentencia de su presidenta debería aplicarse a México. Además, como lo subrayaba Norberto Bobbio, la política es conflicto, pero debe prevalecer el consenso.

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